No hay dónde esconderse (Universidad de Halden 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

once

ROWAN

Ataco el mismo párrafo cuatro veces, pero sigo sin saber explicar qué es una moneda con paridad fija.

Y es porque Sloane está sentada frente a mí en una mesa de la segunda planta de la Bellamy Library. Está inclinada sobre un artículo que le dio la profesora Moreno, y no tiene ni idea de lo increíblemente guapa que está.

Mientras se concentra, no dejo de mirarla a hurtadillas: el lápiz que entra y sale de su boca, las cejas juntándose, los labios repitiéndose una frase en silencio antes de fruncir el ceño ante la página y subrayar algo con fuerza.

Decido que este es su mejor ángulo, porque es ella.

Sin máscara.

Solo Sloane.

Arrastro mi atención de vuelta al capítulo siete, porque, aunque haya jugado un partido esta noche, no hay escapatoria de las finanzas internacionales. Pero no consigo concentrarme, porque cada vez que llego al final de un párrafo, mis ojos se van hacia ella.

Tengo suerte de que la segunda planta de Bellamy a las diez y media de un viernes esté desierta, porque si no alguien podría pillarme mirándola.

Tal como están las cosas, no hay nadie más aquí, en el silencio de un edificio a punto de cerrar.

Solo espero poder despachar el capítulo siete antes de eso.

Pero cuando levanto la vista, me está mirando.

Pillado.

—¿Qué? —digo.

—Has movido mi rotulador —dice—. Ahora está paralelo a mi cuaderno…

—Ahora está perfecto —digo.

—También me has cuadrado los libros. —Señala con la cabeza el montón de libros junto a mi codo, con los lomos alineados—. Esperaba que a lo mejor me ordenaras los apuntes.

Sonrío, y ella me devuelve la sonrisa, luego se inclina hacia delante y vuelve a su artículo.

Después de mantener la mirada fija en ella, intento con el capítulo siete otra vez.

Consigo media página antes de sentir que me observa, y cuando levanto la vista, la sostiene un instante de más, luego baja los ojos a la página.

El lápiz vuelve a su boca, y sigo su labio inferior en lugar de leer una sola palabra. Cuando se inclina sobre el artículo, mis ojos bajan al escote de su jersey antes de que los suba a la fuerza, y la pillo pillándome. Esta vez no aparta la mirada.

—Has leído esa página cuatro veces —dice sonriendo—. O es muy difícil, o lo soy yo.

—Tú, sin duda —digo—. Háblame del artículo.

Gira el artículo para que pueda verlo.

—El encuadre narrativo. Sostiene que las instituciones no tienen que mentir sobre lo que pasó cuando estalla un escándalo. Solo tienen que contar la historia en el orden adecuado, aunque eso signifique silenciar a las víctimas y disculpar a los culpables.

—Sigue.

Hace una pausa, con una ceja que sube ligeramente, escéptica.

—¿En serio?

—Estoy aquí sentado fingiendo que aprendo sobre tipos de cambio.

—Bueno, en ese caso…

Me dedica otra vez esa sonrisita ladeada, luego se ilumina, con las manos en movimiento y la voz acelerándose en una parte que la enfada, y bajando después en una parte que la hace pensar. Y decido que me equivocaba, porque su cara de estudio no es su ángulo más hermoso.

Este sí.

Habla con las manos como si no pudiera evitarlo: gestos rápidos y cortantes, como si estuviera troceando el argumento y recolocando los pedazos en el aire. Me habla del artículo, de dirigir el seminario y de que Moreno le ha pedido que sea su ayudante de investigación.

La veo intentar tragarse el orgullo y no conseguirlo.

—Eso te sienta bien —digo.

Entorna los ojos.

—¿El qué?

—El orgullo —digo—. La seguridad.

—Gracias. —Me dedica una sonrisita que no consigue guardar, luego vuelve a su página.

Después trabajamos en silencio. Del bueno. Del cómodo. Recoge los pies bajo el cuerpo en la silla, y la pequeñez del gesto —el modo en que no se frena, ni se obliga a comportarse como es debido— me dice que ahora mismo no está interpretando un papel.

Entonces su mano se desliza por la mesa y se posa sobre la mía, y con la otra cierra el libro.

—Háblame de los tipos de cambio.

—Prefiero no hacerlo —digo—. Y… eh… no llegué a terminar el capítulo. Distraes demasiado para estudiar contigo.

—Tú tampoco eres fácil, con tanto mirar y tanto ordenar —dice, usando la mano libre para empujar mi bolígrafo unos grados fuera de escuadra, y observando después cómo mis dedos se mueven hacia él antes de que me contenga—. Haces eso con todo, ¿verdad? Ves algo torcido y lo arreglas.

—Un reflejo —digo.

—Lo sé. —La guasa desaparece de su cara, y su pulgar se mueve una vez, despacio, por el dorso de mi mano—. ¿Puedo preguntarte una cosa? Y si no quieres contestar, no pasa nada.

—Sí —digo, sin dudar.

Se queda callada un momento, como si estuviera decidiendo si decirlo. Luego lo hace.

—¿Por qué cargas con tanto por los demás?

La respuesta está lista antes de que termine. Alguien tiene que hacerlo. Estoy hecho así. No me importa.

Pero ella merece algo más que eso.

—Supongo que siempre lo he hecho —digo, tomando aire y mirando nuestras manos sobre la mesa—. La primera vez que recuerdo haberlo hecho, tenía catorce años. Ivy tenía doce, con aparato en los dientes y todo, y la pillaron robando un pintalabios en el CVS de Boston Post Road durante una excursión.

—Ay, no.

—Ni siquiera lo quería. Solo quería llamar la atención. —Mi pulgar recorre el costado de la mano de Sloane—. Pero cuando el colegio llamó a mi padre, su asistente dijo que estaba en una reunión y que no se le podía molestar, así que me llamaron a mí. Tenía la gripe, con fiebre.

Sus dedos se tensan sobre los míos.

—¿Pero lo arreglaste igualmente?

—Tenía que hacerlo. —Me encojo de hombros—. Mi padre estaba ocupado, y mi madre estaba arriba con una de sus jaquecas. —Oigo salir la palabra y hago una pausa para asegurarme de que le parece bien antes de seguir—. Es el término que usamos en la familia.

No insiste. Espera.

—Así que falsifiqué una nota, fui en bici al colegio y luego vomité en el aparcamiento antes de entrar. —Me río—. Después entré en el despacho del subdirector y le dije que mis padres no podían venir, y se lo tragó, porque parecía que lo tenía todo bajo control.

La sala de lectura está tan silenciosa que oigo el reloj que hay encima del mostrador de referencia.

—Subí a Ivy a la bici. Lloraba. Yo pedaleaba con una mano en el manillar y la otra estabilizándola. —Mi voz adopta ese tono plano de siempre—. Cuando llegamos a casa, mi madre nos miró a los dos y dijo: «Ah, bien. Lo has arreglado», y luego volvió a la cama.

Me detengo y aparto la mirada. Al otro lado de la ventana, el viento ha arreciado, y las hojas caídas se dispersan de lado bajo la luz de la farola. Mantengo la tapa puesta, a duras penas, y vuelvo a entender por qué nadie más en el campus ha oído nunca esa historia.

Pero Sloane sigue sujetándome la mano, y su pulgar traza una línea sobre mis nudillos, despacio.

—¿Te sientes solo? —pregunta.

Me río, sorprendido.

—Tengo tanta gente en mi vida que algunas semanas casi no consigo aclararme. Ivy, los chicos, Coach⁠—

—Eso no responde a la pregunta —dice con dulzura.

Mi pulgar se detiene sobre su mano.

—Sí —digo al cabo de un rato—. Lo estoy.

Se queda ahí, entre los dos.

—Yo también —dice, pero no aparta la mano—. Rowan, yo⁠—

Se contiene.

—No hace falta que me lo cuentes, Sloane —es lo único que digo, dándole una salida.

—Quiero contarte el resto. —Se le quiebra la voz, y se ríe de sí misma, frustrada, secándose bajo un ojo con la base de la mano—. Ahí fuera, en el muro, te di el principio y luego me faltó el valor. Esta parte solo se la he contado a mi familia, así que⁠—

—Tómate tu tiempo.

Toma aire y lo suelta demasiado rápido.

Me obligo a quedarme quieto, con la mandíbula ya tensa.

—Le mandé fotos. —Se le encienden las mejillas, pero sus ojos sostienen los míos—. Del tipo que solo le mandas a alguien en quien… —Se detiene, se obliga a empezar de nuevo—. A alguien en quien confías del todo. Y las compartió. —Traga saliva—. No todas de golpe. La gente nunca entiende esa parte.

—Vale —digo, dejándole espacio para que continúe.

—Fue lento. Una mirada de reojo o un comentario. Pero luego le preguntaba a Harrison y ponía esa cara de ofendido, como si lo insultara solo con preguntárselo, y cada vez me marchaba sintiendo que la del problema era yo. Como si fuera una paranoica, o una celosa.

Mi mano encuentra la suya sobre la mesa y aprieta, porque no me fío de lo que podría salir de mi boca.

—Luego se enteraron mis padres. —Traga saliva—. Y ahí fue cuando se volvió real, porque de repente había abogados en nuestra cocina y todo el mundo hablaba de contención. No de justicia. De contención.

Ahora sus manos se mueven, rápidas y entrecortadas, sin coreografía.

—Tardé una semana en encararme con él. Lloré, grité. Pero para entonces su familia ya había hecho llamadas —su padre era senador estatal— y la postura del colegio era que la situación había que resolverla en silencio. Lo que significaba que la que tenía que irse era yo.

Sus hombros suben y bajan, y no deseo otra cosa que rodear la mesa y envolverla en un abrazo, del tipo que a veces tengo que darle a Ivy. Pero intuyo que no es lo que necesita ahora mismo, así que le ofrezco lo que parece querer: mi mano y mis oídos.

—Mis padres no estaban enfadados con Harrison. Yo les daba vergüenza. El lío, la escena, tener que explicarlo en el club la semana siguiente. Mi madre dijo… —Se interrumpe, niega con la cabeza—. Da igual lo que dijera. Lo que importa es que lo oí.

—Halden fue empezar de cero —digo en voz baja.

—Sí. —Aparta la mirada—. Vine aquí prometiéndome que nunca volvería a ser esa chica. Sería la chica Halden, igual que mi madre. Serena y agradable. No ocupar espacio, no hacer ruido y, sobre todo, no volver a convertirme en el escándalo.

—Te veo, Sloane —digo—. A la que habla con las manos.

No sabría decir qué expresión tengo, pero me duele la mandíbula de apretarla. Tengo la mano libre plana sobre la mesa, los nudillos poniéndose blancos, porque quiero encontrar a Harrison y partirle los dientes de un puñetazo.

Ella lo ve.

—Ahí está —dice con dulzura.

—¿El qué?

Su pulgar recorre mis nudillos blanqueados.

—Veo que quieres arreglar esto.