Capítulo 10
diez
SLOANE
El ayudante de cátedra no aparece por el seminario de la tarde.
No llega tarde, ni desconectado, ni leyendo del móvil. Simplemente no está, la silla a la cabecera de la mesa vacía, con un grupo de estudiantes sentados alrededor en un silencio incómodo y la profesora Moreno sentada a un lado.
Moreno espera cuatro minutos, corrigiendo con su bolígrafo rojo y sin montar un número. Luego me busca la mirada y levanta la barbilla hacia la pizarra, y me intimida e impresiona tanto que estoy de pie antes de encontrar una razón para no estarlo.
Mientras diecisiete cabezas siguen mi recorrido hasta el frente, mantengo los ojos en la pizarra e intento parecer más serena de lo que me siento. Cuando estoy en posición, paso al capítulo tres, agradecida de haber hecho la lectura dos veces para no pensar en Rowan.
—El argumento de Mendez sobre el encuadre —digo—. ¿Quién quiere empezar?
Nadie quiere empezar.
Una chica de la primera fila me dedica una mueca de solidaridad, y por eso la adoro y a la vez quiero que se muera un poco. El resto me mira fijamente, esperando, y a estas alturas me doy cuenta de que quizá la mitad ha hecho la lectura y casi ninguno quiere abrir la boca.
—Vale, empiezo yo. —Golpeteo la página—. La afirmación de que los relatos públicos sobre la transgresión no son neutrales, de que siempre hay alguien que los redacta, encuadra todo el texto. ¿Alguien no se lo traga?
Prescott levanta la mano.
—Creo que exagera —dice, con esa paciencia que usan los hombres cuando ya han decidido que te equivocas—. El caso que cita tenía un registro documentado, así que el relato no lo redacta nadie, se limita a informar.
Dejo que eso repose, luego destapo el bolígrafo y escribo REGISTRO en la pizarra.
—Vale, pero el relato coloca el testimonio de la mujer después de la respuesta del comité, así que eso no es el registro, ¿verdad?
—Me giro—. En el registro de la investigación, el testimonio vino primero, y Mendez le da la vuelta, así que el testimonio se lee como reacción en lugar de como acusación.
—¿Y? —pregunta Prescott, a la defensiva, sabiendo que le están tendiendo una trampa.
—Pues que el encuadre narrativo, el orden de presentación, cambia quién tiene la agencia.
—Eso suena a manipulación.
—Es manipulación. —Sonrío—. Por parte del comité, que lo encubrió.
Alguien en mitad de la mesa se ríe, bajito, y noto que la sala se inclina hacia mí. Pero más que eso, por primera vez desde que llegué a Halden, siento la chispa de mí misma sin el impulso inmediato de volver a tragármela.
¿De verdad estoy disfrutando de esto?
—Pero si el resultado fue el correcto… —empieza Prescott.
—¿Y lo fue? —digo, con la voz más rápida ahora—. La institución quería un resultado distinto al que quería la acusadora. Para conseguirlo, no necesitaban mentir. Solo necesitaban contar la historia en el orden correcto.
Golpeteo la pizarra.
—El relato es una historia que alguien contó en un orden concreto, y llamarlo el registro solo refleja quién ganó la discusión y quién la perdió. En este caso, ganó la institución, y a la chica que hizo la acusación la tachan de histérica.
Prescott abre la boca y la cierra, y la sala se inclina otra media pulgada, y dejo de comprobar. Dejo de vigilar si mi voz suena demasiado alta, si mis manos se mueven demasiado y si estoy acaparando demasiado la sala.
Prescott sigue rebatiendo, lo cual es genial, la verdad, porque cada vez que insiste encuentro una forma más afilada de decir lo que quiero decir. Cuando voy por la mitad de una cita del capítulo cinco de memoria, una chica pregunta por qué página, y se lo digo sin mirar, y arquea las cejas.
La hora se va en un instante, la sala en efervescencia, y después de que la gente recoja, un par de ellos dicen buen debate al salir, con ese tono ligeramente atónito que significa que no esperaban ninguno. Estoy tapando el bolígrafo y recogiendo mis cosas cuando Moreno me pilla.
—Sloane —dice—. ¿Tiene un minuto?
Lleva una bolsa de tela que parece haber ido al posgrado y vuelto, y la deja en una silla, y saca un artículo grapado con las esquinas dobladas, líneas subrayadas en tres colores distintos y notas al margen.
—Lo ha llevado muy bien —dice—. Es la primera vez que la veo así.
—Gracias —digo, con la voz pequeña, educada, ensayada.
—Busco una ayudante de investigación. Me gustaría que se planteara aceptar el puesto.
—Me tiende el artículo—. Es algo en lo que estoy trabajando.
Trata sobre el encuadre narrativo en casos de escarnio público.
Léalo, y si es capaz de traerme una opinión que valga algo, hablaremos de si es la persona adecuada para el trabajo.
Cojo el artículo.
—Lo leeré —digo.
Sonríe, solo con la comisura de la boca.
—Ha hecho un trabajo muy bueno esta noche.
Y entonces se ha ido, así que me quedo de pie con el artículo contra el pecho, sintiendo una chispa de orgullo que no sentía desde hacía mucho. Lo primero que pienso es no se lo cuentes a mamá todavía , y decido no mirar por qué.
Deslizo el artículo en la bolsa, y mientras me pongo el abrigo, noto la máscara volver a colocarse, pieza a pieza, sobre lo que acaba de pasar. Salgo del edificio y encuentro la explanada casi vacía, y voy a mitad de camino de vuelta a Sterling House cuando me vibra el móvil.
Es Ivy:
Los Ravens han perdido. 2-1.
Luego, un instante después:
Rowan se ha dejado el alma.
Me paro en mitad del sendero, el frío colándose por la chaqueta. Leo el segundo mensaje dos veces sin motivo, luego bloqueo la pantalla y sigo caminando, saboreando ya el chocolate caliente que voy a prepararme en cuanto cruce la puerta.
Pero mi mente vuelve a Rowan.
No hemos hablado de verdad de lo que pasó en la fiesta de togas. Apareció en la residencia cuando Ivy se venía abajo por lo de su tía, y lo vi mantenerlo todo en pie, pero eso era por Ivy, no por mí.
Lo he perdonado, pero no hemos estado solos el tiempo suficiente para decírselo, y no he averiguado qué le diría si lo estuviéramos. Corté con Mason hace tres días y no se lo he contado a Rowan, porque contárselo significaría admitir que hay un motivo para contárselo.
Y todavía no estoy ahí.
Sigo caminando, y es entonces cuando lo veo.
Está en el muro bajo de piedra de la explanada, ese en el que nadie se sienta porque, de noche, incluso en septiembre, es básicamente una losa de frío contra el culo. Lleva la capucha puesta, la bolsa a los pies, los codos en las rodillas y la barbilla entre las manos. No espera a nadie.
Solo está sentado.
No me ve. Eso es lo primero que me remueve. Rowan siempre me ve. En Maple & Main, a la puerta del Lantern, y durante toda la noche de la fiesta en Ironwood House, notaba que sabía dónde estaba yo. Pero ahora mismo mira los ladrillos entre sus zapatos.
Y no hay nada en su cara. Ni capitán, ni hermano mayor, ni solucionador de problemas. Parece un tío al que ha atropellado un camión hace cosa de una hora y todavía no ha encontrado la manera de levantarse. Pero no puede ser solo el partido, porque ya ha perdido partidos antes.
Parece pequeño, y Rowan nunca parece pequeño.
Cruzo hasta el muro y levanta la vista cuando estoy a tres pasos, y su cara reacciona por fases. Sorpresa, luego recomposición, luego el inicio de recomponerse en el tío que siempre está bien y siempre listo para ayudar, pero la recomposición se le rompe a media cara.
—Hola —digo, antes de que termine de recomponerse.
—Hola. —Intenta forzar una sonrisa, pero no llega.
—¿Te importa si me siento?
Aparta la bolsa con el pie.
—Claro.
Me siento. El muro está exactamente tan frío como imaginaba, y llevo un abrigo que no diseñó nadie pensando en «sentarse sobre piedra fría». Apenas hay espacio entre su pierna y la mía, y me doy cuenta mientras me meto las manos en los bolsillos.
—Ivy me ha escrito —digo, intentando concentrarme en cualquier cosa menos en ese hecho—. Por lo del partido.
—Ya. —Se frota la nuca—. No fue el mejor.
—Dice que te dejaste el alma.
Resopla.
—Se pelearía con cualquiera que dijera lo contrario, aunque me hubiera largado como Gavin.
—¿Quién?
Me mira de reojo, sin girar la cabeza, solo los ojos. Está decidiendo si pasar página sin contarlo. La boca hasta empieza a formar no pasa nada , y luego no lo hace, porque algo dentro de él está demasiado cansado para sostenerlo.
—Gavin —dice—. El capitán.
La última palabra le sale con algo parecido al desdén.
—¿Qué pasa con él? —pregunto.
—Está acabado. —Lo dice como si lo hubiera tenido en la punta de la lengua toda la noche—. Ha desconectado, y llevo toda la temporada cubriéndole, pero esta noche no podía cubrir y jugar a la vez. Perdimos, y yo… —Se detiene—. Perdona. No necesitas que te suelte todo esto encima.
—Lo he preguntado yo.
—Ya.
Ahora su rodilla presiona suavemente la mía. No sé cuándo ha pasado, y ninguno de los dos se mueve. Parece algo que él necesita, se dé cuenta o no, y parece algo que yo también necesito.
Porque, ahora mismo, parece tan solo.
—Los novatos no saben cómo gestionarlo —dice, más bajo—. Theo se ha llevado una carga fea esta noche y ha salido temblando. He tenido que ayudarle a superarlo porque nadie más lo hacía, y luego estaba otra vez saltando las bandas intentando mantenerlo todo en pie, y aun así perdimos, y yo—
La frase no termina.
Toma aire.
—Oye. —Le doy un golpecito con la rodilla, suave—. No te censures.
—A veces siento que tengo que hacerlo —dice—. Creo que todos lo hacemos.
No respondo enseguida, y me mira, y hay un destello de algo, reconocimiento, tal vez. Porque sus palabras confirman lo que pienso desde aquel día en el patio: es el único que ve a través de quien he estado intentando ser.
Yo también he estado cargando con una versión de él en la cabeza. Una que no es correcta ni justa. Es la versión a la que culparon en la fiesta de togas en lugar de darle las gracias. Es la versión con la que me enfadé, no la versión que perdoné.
Se nos da mal escondernos el uno del otro, resulta.
—Le he dicho a Mason que se acabó —digo—. Le he dicho que no va a funcionar.