Capítulo 6
seis
SLOANE
Llevo dos horas con esta toga y ni siquiera he llegado aún a la fiesta.
Después de tutoriales de YouTube, tres imperdibles, un cinturón que le he cogido prestado a Ivy y un brazalete dorado de una chica del final del pasillo, he terminado.
El resultado es un vestido de tubo color marfil ceñido a la cintura, los dos hombros cubiertos, el bajo hasta la pantorrilla, más la corona de laurel sintético que Luca entregó ayer.
Parezco una pieza que podrían exponer en el ala de arte griego y romano del Met.
Pero cuando Ivy sale del baño, todas las decisiones que he tomado en las últimas dos horas se vuelven erróneas. Porque, aunque lo que lleva puesto es técnicamente una toga, es una toga en el mismo sentido en que una servilleta es técnicamente ropa.
Se la ha colocado de forma que la abertura le queda muy arriba en el muslo izquierdo.
Por arriba, lleva un hombro al aire y el otro haciendo un trabajo estructural que la primera copa echará a perder.
Lleva su melena corta recogida detrás de las orejas y se ha hecho algo en el delineado que le pone los ojos azules un poco salvajes.
Me pilla la expresión en el espejo y sonríe de oreja a oreja.
—¿Te gusta? —dice.
Entorno los ojos.
—¿Esa es mi sábana?
—Era tu sábana. —Se recoloca el tirante—. Ahora es una toga.
Quiero decirle que no puede ponerse eso, pero no puedo, porque se lo ha puesto y está espectacular, que es lo que fastidia. Parece que se ha vestido en cuarenta segundos y ha aterrizado en un sitio mucho mejor que el que yo he intentado alcanzar durante dos horas.
—Estás genial —digo.
—Parezco la novia guarrilla de un centurión —dice, satisfecha—. Y tú…
—No.
—…pareces la carabina que se asegura de que las carabinas se comporten.
Hago como que no la he oído y me aplico una capa de brillo en los labios, porque después de la noche en el Lantern voy a por un rollo recatado, sobre todo cerca de Mason.
Detrás de mí, en el espejo, Ivy se ajusta el nudo de la cadera, lo que aparta la tela del pecho y me ofrece un montón de teta por el lateral.
Me pilla la mirada en el espejo, de pronto seria.
—¿Estás bien? Estás poniendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La de cuando dices que estás bien cuando te pregunto.
—Estoy bien.
Sigue mirándome, esperando a que ceda.
—No es nada —digo.
—Es algo…
—Hay un chico en mi cabeza. Pero da igual, porque no va a pasar.
—¿Mason? —dice—. Creía que eso ya estaba en marcha.
Dudo medio segundo, puede que menos, pero Ivy lo pilla y se le ilumina la cara.
—¿No va a pasar?
—No, sí que va. —Vuelvo a dudar—. Es solo que…
Suelta un chillido, encantada.
—Estás saliendo con Mason y hay otro chico ocupándote sitio en la cabeza. Sloane Avery. Menuda guarrilla estás hecha. Me dan ganas de llorar. Suéltalo todo.
—No hay nada que soltar.
—¿Quién es?
—No te lo pienso decir.
—Sloane.
Y esa es la parte que no puedo darle. De toda la gente de esta universidad, Ivy es la que podría ayudarme a desenredarlo y la única a la que nunca puedo contárselo, porque el chico es su hermano y todavía no estoy segura de cómo reaccionaría.
—No hay nada que contar —repito.
Me observa un momento más, con los ojos clavados en mí, así que me pongo a guardar el maquillaje en la estantería. Pero, sea lo que sea lo que ve, le borra la sonrisa de la cara, y cruza la habitación y me aprieta la muñeca.
—Vale —dice—. No voy a insistir. Pero quienquiera que te enseñara que desear algo era peligroso se equivoca. Así que, sea quien sea, cuando estés lista, te ayudaré a que ocurra la magia.
—Gracias, Ives —digo.
—De nada —dice—. ¿Vamos?
Asiento y salimos de Sterling House y caminamos hasta Ironwood House —conocida en el campus como la Hockey House— con los brazos entrelazados. Se pasa el camino hablándome de un chico de su seminario de historia del arte que no para de intentar explicarle a Caravaggio.
Mientras andamos, sus sandalias repiquetean contra la acera, doradas y de tiras y una locura. Noto que tirita a través de nuestros brazos entrelazados, pero no lo reconoce, y esto se lo respeto aunque quiera darle mi abrigo.
Ironwood ya está a tope cuando llegamos: la música retumba, la luz se derrama por todas las plantas y hay gente en el amplio porche delantero con vasos y vapeadores. Alguien ha colgado una pancarta de sábana sobre la barandilla del porche que reza TOGA IN EXCELSIS en rotulador morado.
—Ay, Dios mío —dice Ivy, apretándome el brazo—. Está fatal de la cabeza. Me encanta.
Dentro está mejor. O peor, según cómo te sientas respecto a 150 personas en sábanas apretujadas en una casa victoriana de alquiler. Pero, lo más importante para la visión de Luca, hay cuencos de uvas de verdad en cada superficie plana y coronas de plástico en cada cabeza.
Luca nos ve entre la multitud y se acerca con los dos brazos abiertos.
—Hijas mías —dice, y entonces ve a Ivy—. Cristo en un carro.
—Hola, Luca —dice Ivy, poniéndose las manos en las caderas y retándolo a que diga algo sobre su modelito… o sobre la falta del mismo.
—No puedes ir así vestida aquí. —Finge indignación—. Es escandaloso que un miembro de la comunidad de Halden se vista así en una fiesta de buen gusto.
—Ya empezamos —digo.
—Lo digo en serio. Le has dejado sin aliento al pobre chaval. —Señala detrás de él a Theo, que sujeta el vaso en un ángulo que pretende ser informal pero se acerca más a lo ensayado.
Theo tiene los ojos clavados en Ivy, empapándose de cada detalle escandaloso. Y cuando se da cuenta de que todos lo estamos mirando, Theo se yergue y le da un sorbo a su bebida, totalmente ajeno al hecho de que ahora está rojo como un tomate.
—¿El que finge que no estaba mirando? —resopla Ivy.
—Todos fingen que no estaban mirando —ofrezco.
—Él lo hace peor —dice Luca.
Me río, porque Luca e Ivy juntos son de esa clase de gente que llena una habitación solo con estar en ella. Luca ya está dirigiendo la noche como si fuera su orquesta, e Ivy irradia una seguridad que no se puede fabricar.
Son dos personas a las que admiro y dos personas que desearía desesperadamente poder permitirme ser.
Y luego está Theo, esforzándose tanto por parecer que encaja que prácticamente hay un letrero de neón que lo anuncia. Es una imagen y un rollo que reconozco, porque yo he sido igual durante meses, solo que con más práctica. Así que le dedico una sonrisa, y se pone aún más rojo que antes.
Antes de que Luca pueda decir nada más, una chica de la clase de Ivy grita su nombre desde el otro lado del salón. Ivy me hace un pequeño saludo con dos dedos y desaparece, y yo me quedo de pie en la entrada, viendo cómo la fiesta ocurre sin mí.
Respiro hondo y me adentro en el ruido.
Durante la siguiente media hora, me trabajo la sala. Encuentro a una chica de mi clase de comunicación cerca de las escaleras y le pregunto por nuestro trabajo en grupo. Me presenta a su compañera de piso, me río de un chiste y le hago un cumplido por su corona.
La chica Halden está operando a plena capacidad y los resultados son buenos.
Y entonces lo veo.
Rowan está junto a la cocina con Niko, el ruso, con el disfraz más vago posible: un trozo de tela blanca lisa echado por encima del torso, vaqueros debajo y zapatillas. Sin camiseta. Sin corona. Parece alguien a quien le han dado una sábana en la puerta.
Pero la tela se le ha resbalado, o puede que nunca estuviera bien sujeta, así que lleva un hombro y casi todo el pecho al aire. El algodón blanco traza una diagonal desde la clavícula hasta la cadera derecha, y todo lo que hay por encima de esa línea es simplemente…
Guau.
Estoy mirando. Sé que estoy mirando. Intento obligarme a parar y no puedo, no del todo, porque está pasando algo que ya ha pasado antes. Es eso que no pasa cuando estoy con Mason.
Eso que la boca de Mason sobre la mía debería iniciar y no inicia, el calor que su mano en mi muslo debería crear y no puede… está aquí, sin invitación, porque un chico con el que no estoy saliendo lleva mal puesta una sábana.
Pero, antes de que pueda pensarlo demasiado, una mano me encuentra la cadera por detrás.
—Te he encontrado —dice Mason, contra mi pelo.
Dejo que me bese la sien.
—Hola.
—Estás… —Se aparta para mirarme, con los ojos un pelín demasiado lentos.
No termina la frase, porque noto que está decepcionado. Es como si lo que esperaba de mí esta noche no se hubiera cumplido, aunque él tampoco se ha molestado mucho. Su «toga» es una camiseta blanca enorme que, no sé cómo, le sigue quedando bien.
Porque a Mason casi todo le queda bien.
Me presta solo un instante de atención y luego le lanza una sonrisa a alguien al otro lado de la sala y me mete en una conversación con dos de sus hermanos de Pi Sigma, un rubio alto llamado Whit y un tío más bajo cuyo nombre olvido de inmediato.
—Esta es Sloane Avery —anuncia Mason.
—Hola, Sloane —dice Whit.
—Hola —digo.
Whit está haciendo cálculos.
—Espera. Avery. ¿Como Owen Avery?
—El mismo —digo, forzando una sonrisa y sabiendo hacia dónde va esto.
—Trabajó en la campaña al Senado de mi padre. —Whit sonríe con suficiencia—. ¿Sigue con ese corte de pelo tan hortera?
—Ya te digo.
Whit se ríe y suelta tres preguntas más de seguimiento sobre mi hermano que ya he respondido antes en el mismo orden exacto, porque todos los chicos de Halden con un padre en las finanzas o la política —y son la mayoría— han conocido a Owen en algún momento y quieren que yo lo sepa todo al respecto.
Mientras la mano de Mason se acomoda en mi cintura, los chicos siguen y hablan del próximo partido y de si la nueva pareja de defensas aguantará. Mason lleva la voz cantante, y yo aporto donde puedo, haciendo esa pequeña y complacida inclinación de cabeza que mi madre me metió a fuerza de práctica.
Esa que dice que soy cálida y atenta y por favor continúa.
Mientras los chicos hablan, doy sorbos a un vino que Mason me ha puesto en la mano. No es el Barolo, no es nada con nombre y probablemente salió de una caja. Apenas lo toco, pero Mason se emborracha más de lo que debería a estas horas.
Y cuando sus ojos se fijan en algo, sigo su mirada.
—Uy, uy —digo.