No hay dónde esconderse (Universidad de Halden 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

cuatro

ROWAN

Mason tiene el brazo apoyado en el respaldo de su silla, y la veo inclinarse hacia él.

Seb le roba otro sorbo a mi café.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Ya. —Mira hacia el otro lado de la mesa, a Mason y a Sloane—. Seguro.

Sé lo que ha hecho mi cara, y no va a volver a pasar.

Me bebo lo que queda del café mientras los demás siguen hablando, y solo miro a Sloane una vez, justo cuando Mason dice algo y ella se ríe.

Pero es la misma risa pulida que lleva usando desde que él se sentó, no la del patio.

Entonces aparto la mirada, porque quedarme fijado en ellos sería raro, y si estoy aquí, no puedo no mirar.

Lo que significa que es hora de irse.

De todas formas, tengo otras cosas que hacer , me digo.

Lo primero de la lista es un hombro que necesita hielo.

Pero también hay mensajes que responder, una sesión temprana de pesas en el gimnasio, y no me cabe duda de que tendré que pillar a Theo para ver si el hecho de que Mason le haya quitado el sitio se ha convertido en algo que vaya a arrastrar durante días.

—Me piro —digo.

—Buuu —dice Luca.

Me echo hacia atrás en la silla, saco un billete de veinte de la cartera y lo meto debajo de mi taza. Luego me dirijo a la puerta, le doy una palmada en el hombro a Seb al pasar y le digo a Luca que sus coronas van a quedar genial. Me hace una peineta, encantado.

No miro a Sloane ni a Mason.

Cuando salgo y echo a andar, el campus está casi en silencio ya, su energía de después del partido dispersada en fiestas de casas y habitaciones de residencia.

El camino está vacío salvo por una pareja cogida de la mano cerca de las escaleras de la biblioteca y un puñado de gente sentada fuera de los cafés y los restaurantes.

Entonces cruzo el patio, y ese momento vuelve.

Ella agachada sobre los ladrillos, riéndose de su propio desastre durante un segundo entero antes de recomponerse y volver a guardárselo dentro. Esa es la parte que se me quedó grabada: la cara ensayada resquebrajándose, y ver a la chica de debajo antes de que lo cerrara todo con llave.

Mi piso está fuera del campus, en Ridgeview, a diez minutos de Ironwood House y de todo el ruido de casa compartida de hockey. Me mudé a mitad del semestre pasado, y no me he arrepentido de la decisión, la verdad, porque siempre está oscuro y en silencio cuando llego.

Esta noche no es una excepción.

Me quito los zapatos de una patada en la puerta y los alineo junto a los otros pares antes de ir al congelador a por una bolsa de hielo.

Es el hombro con el que cargué contra un chaval de Briarhaven en el primer periodo —la carga que Sloane defendió—, y le doy quince minutos de tratamiento sentado en el borde de la cama, aguantando como un crío en la consulta.

Cuando termino, pongo la alarma. Las cinco y media, para llegar al gimnasio a las seis.

Aguanto unos cuarenta minutos en la cama antes de decidir que el sueño va a seguir esquivándome. Pero aunque mi cabeza no deja de volver a Sloane, me digo que es el hombro y las otras cosas que tengo que hacer, porque al menos esos son problemas que sé manejar.

Me levanto, me pongo el chándal y voy a la cocina. Las encimeras están limpias, pero paso la esponja por ellas de todas formas. Mientras lo hago, siento las piernas de cemento de las rodillas para abajo, el dolor de después del partido golpeándome por fin, pero eso no es nada nuevo.

Aclaro la esponja entre una sección de encimera y otra y sigo, pero no consigo escapar de los pensamientos sobre ella.

La forma en que se rió en el patio, alta y de verdad.

Luego el café, donde me pinchó y nos pusimos a pelotear —rápido, seco, lo más fácil que había hecho en toda la semana—, y entonces la risa de verdad se le volvió a escapar antes de que pudiera atraparla.

Genial , pienso. Ahora estoy pensando en una chica a la que he visto dos veces y que seguramente se vaya a casa con Mason esta noche.

Terminadas las encimeras, abro la nevera. Hay un yogur dos días caducado. Sé que está bien, pero la fecha dice lo que dice, así que va a la basura. Reordeno el estante, empujando las cosas altas hacia atrás y acercando el bote de pepinillos.

Cerca, como el brazo de Mason en el respaldo de su silla, la media pulgada de espacio entre sus dedos y el hombro de ella. Y cuando pienso en ella inclinándose hacia él, se me tensa el estómago, lo cual no es del todo justo, teniendo en cuenta que la he visto dos veces y que no me debe nada.

Pero, por debajo de los celos —más simple y más tonto—, sé que la deseo. Aunque solo dejo que ese pensamiento se quede un segundo antes de tirarlo como el yogur, luego cierro la nevera y me quedo de pie en la cocina a oscuras sin nada más que limpiar.

El móvil vibra en la encimera de la cocina. El grupo, probablemente, u otro problema haciendo cola para mañana. No voy a mirar, porque esa lista está cerrada por hoy, y lo último que necesito es otro problema abierto que me quite el sueño.

Mientras estoy ahí de pie con las manos vacías y nada más que arreglar, ella emerge en mis pensamientos.

Nina.

Hace tiempo que no pensaba en ella, pero, como siempre, los pensamientos sobre ella vuelven en los momentos más raros. Este recuerdo, segundo año, sentados en el suelo de su habitación a las dos de la madrugada. Para entonces llevaba ya un rato llorando, y dijo la frase que se me quedó clavada.

—Eres el refugio de todo el mundo y la pareja de verdad de nadie, Rowan —dijo—. ¿Hay alguna parte de ti que sea capaz de simplemente estar y no andar siempre buscando resolver algo?

Intenté responder. Recuerdo mis manos abriéndose y cerrándose sobre las rodillas, buscando algo que sujetar o que hacer, pero lo que se me ocurría tenía la forma equivocada. Veía que caía mal antes incluso de terminar de decirlo, y las cosas empeoraban.

Se durmió, y una semana después habíamos terminado.

Con Nina empujada de nuevo al fondo y el piso todo lo limpio que puede estar, apago las luces y vuelvo a la cama. Pero el sueño sigue sin llegar, y casi cojo el móvil, no para mirar el grupo, sino para escribirle a Ivy y pedirle el número de Sloane.

Pero dudo, con el pulgar apoyado sobre el nombre de Ivy, porque ya sé exactamente qué haría con ese número.

Hay una versión de sí misma que le entrega a una sala —lisa, fácil, la que quiere que la gente se lleve—, pero ya dos veces he visto aparecer a la otra, rápida y de verdad, como el sol rompiendo entre las nubes.

Esa es la que perseguiría.

Y una chica que le enseña a todo el mundo la versión fácil mientras guarda la de verdad escondida es justo el tipo de cosa que en toda mi vida he sido incapaz de dejar en paz. Ella diría que no necesita ayuda. Nina diría que yo no puedo evitarlo. Ninguna de las dos se equivoca.

Así que no le escribo a Ivy.

Dejo el móvil boca abajo y me tumbo en la oscuridad, pero soy incapaz de sacudirme el hecho de que la deseo. No como un proyecto, no como algo que resolver, solo a ella. Y lo que quiero, más de lo que he querido nada en más tiempo del que recuerdo, es ser aquel del que no se moleste en esconderse.

Pero quererlo no cambia lo que haría con ello.

Así que hago lo único que sé hacer con un problema que no puedo arreglar: lo dejo a un lado por esta noche y me digo que aguantará hasta la mañana, aunque la mañana parece quedar muy lejos cuando no consigo pensar en otra cosa que no sea la mano de Mason en el respaldo de su silla.