Capítulo 3
tres
SLOANE
La grada de estudiantes ya es un deporte de contacto pleno y eso que el disco todavía no ha caído al hielo.
Estoy encajonada entre Ivy y un chaval con un gorro de Halden Hockey que tiene opiniones muy firmes sobre lo malísimo que es el portero suplente del equipo.
Mientras Ivy y yo intentamos mantener una conversación, The Den vibra de ruido y energía, y aunque no es más que un amistoso de pretemporada, se siente como un partido de playoffs.
—Vas demasiado arreglada —dice Ivy, encantada. Lleva una sudadera vintage azul marino de los Halden Ravens dos tallas más grande sobre una falda que me cabría en un bolsillo—. Vamos, que da pena.
—No voy demasiado arreglada. —Me miro el conjunto, finjo que no, y al final admito que sí voy demasiado arreglada—. Es un jersey informal.
—Un jersey informal de cachemira…
—Es una mezcla.
—Ya, ya.
Un grupo de chicos detrás de nosotras arranca un cántico de los Ravens, pero no cuaja.
—Deberíamos habernos sentado en las filas de arriba —digo, girándome a mirarlos—. Aquí abajo se está un poco… demasiado entregado.
Ivy resopla como si le hubiera propuesto ir a misa.
—Es la grada de estudiantes. Somos estudiantes. Es donde tenemos que estar.
—Oye, sé tomar mis propias decisiones. —Me pongo tensa con ella—. No siempre necesito seguir a la masa…
—Vale. —Ivy se vuelve hacia mí con la cara de quien está a punto de soltar una evaluación de desempeño—. Repasemos la semana —dice.
Mi cerebro me sirve otra vez al chico del patio: el lunes, todo el combo de ojos azules y torso esculpido, y dos minutos de conversación. El momento me ha vuelto a la cabeza mil veces esta semana, y sigo sin saber qué pensar al respecto.
—Mejor no —digo en cambio.
—Número de clubes a los que te has apuntado, Sloane.
—Cuatro. —Aprieto la mandíbula—. Que es un número razonable.
—Cuatro en cuatro días.
—Repartidos entre mis intereses.
—Tus intereses. —Sonríe de oreja a oreja—. Natación… club de jardinería… revista literaria…
—Me gustan las plantas… y los libros… y el agua…
—Club de preparación para Derecho.
—Me gusta… la estructura.
—Tú no vas a hacer Derecho.
—Estoy abierta a la idea.
—Sloane.
—Qué.
—¿Cuántas veces has levantado la mano en Introducción a la Comunicación esta semana?
Casi me río, pero atrapo la risa a mitad de camino y la someto porque el chico del gorro ha mirado y no necesito público. Sigo sentada en la grada de estudiantes, perfectamente agradable, sin destacar, o intentándolo, al menos.
Pero Ivy lo ha visto.
—Ah —dice—. Ahí está.
—¿Ahí está quién? —Suspiro.
—Esa chica. La que se acaba de reír.
—No me he reído —digo—. Y no he oído a nadie reírse.
—Te has reído como una persona y luego la has vuelto a meter en la caja. —Me da con el dedo en el brazo—. Pero apuesto a que, si la dejaras salir, admitiría que no le gustan ni la jardinería ni la revista literaria.
—Está superentusiasmada , eso sí, con encadenarse a la ruta de Derecho en la primera semana de primero —digo, tratando de desviar el tema.
—Sloane. —Ivy arquea una ceja—. Sé tú misma y ya.
—Estoy siendo yo misma. —Me aliso una arruga inexistente en los vaqueros—. Esta versión tiene mejor postura y menos incidentes.
—¿Sabes lo que pienso? —dice Ivy, y la voz ha perdido el tono de guasa—. Pienso que estás tan ocupada asegurándote de que nadie vea a la Sloane de verdad que no te dejas disfrutar de nada de esto.
No tengo una buena respuesta, así que no la doy, e Ivy lo deja pasar.
A nuestro alrededor, The Den sigue creciendo: la percusión de la banda retumbando, las luces hundiéndose en un azul marino profundo, y el videomarcador encendiéndose plateado mientras toda la pista se inclina hacia el túnel, esperando.
Pero por alguna razón no puedo evitar contárselo.
—La última vez que me dejé emocionar por algo en público, Ivy, se convirtió en una anécdota que la gente contaba en las fiestas. Así que sí, lo llevo todo medido, me presento preparada, hago el trabajo y no la lío. Y hasta ahora me ha ido bastante bien.
Se queda callada un momento —más callada de lo que la he oído nunca— y luego suspira.
—Sé que apenas te conozco, pero eso suena a correa, Sloane.
—Dejémoslo.
Me sostiene la mirada y luego levanta las dos manos.
—Dejado.
Pero cuando bajan las luces de la sala sé que no lo ha dejado.
No de verdad. Aunque dejado por ahora ya es suficiente, y mientras The Den se sume en la oscuridad de un solo trago, la multitud empieza a golpear las bandas.
Entonces una luz plateada barre el túnel, la música arranca y los Ravens salen al hielo patinando.
Me pongo de carne de gallina de verdad.
—Te lo dije —dice Ivy, sin mirar.
—Cállate.
Y así, sin más, estamos bien.
Durante el calentamiento se inclina sobre la barandilla, la barbilla en la muñeca, y se convierte en guía turística. Me señala al entrenador ayudante que todo el mundo jura que es un sádico, y luego me cuenta que el portero suplente —al que el chico del gorro sigue vacilando— es un ligón.
Pero cuando empieza el partido, hace algo que Ivy no hace.
Se queda callada, mirando el partido con una expresión que no es para mí: la mirada de alguien que creció en las pistas viendo a su hermano. Pero cuando me pilla mirándola, se la sacude de encima y hace un gesto hacia el hielo.
—Ahí está mi hermano —dice—. Rondando cerca de la portería y siendo responsable como siempre.
Hago un ruidito comprensivo y miro, pero no me detengo en él. He ido archivando las menciones que Ivy hace de su hermano bajo responsable, mayor, aburrido —porque Ivy se comunica exclusivamente a base de adjetivos y quejas—, pero desde aquí arriba se le ve rápido y potente.
El primer periodo es rápido. Más rápido de lo que pensaba que sería el hockey. Los chicos se estampan unos a otros contra las bandas, y suena como muebles rompiéndose. De vez en cuando suena un silbato, por motivos que todavía no entiendo, y en medio de todo eso vibro con una adrenalina prestada.
Entonces llega la carga.
Sale de un amasijo junto a las bandas, justo delante de nosotras: hay una maraña de camisetas, un delantero de Briarhaven se hace con el disco, y un Raven se le echa encima y lo entierra contra el cristal.
La grada de estudiantes estalla, la mano me sube de golpe a la boca y me pongo de pie de un salto.
El Raven que ha metido la carga traza un círculo cerrado y se desliza de vuelta hacia el banquillo, la cabeza gacha y sin mirar al público. Dejo que mis ojos se queden en él más tiempo del que pretendo, y es como si alguien avivara las brasas de un fuego que creía apagado el año pasado.
Pero me dejo mirar, porque nadie me está mirando.
Nadie salvo Ivy.
Bajo la mano de la boca.
—Qué.
—Nada.
—Ivy.
Sonríe de oreja a oreja mientras sigue mi línea de visión hasta el hielo, donde el Raven en cuestión se desliza hacia el banquillo tomándose su tiempo, y entonces se ríe —una nota corta, cariñosa, casi compasiva— y me rodea con los brazos apretándome fuerte.
—Ese es Rowan —dice—. Mi hermano.
Lo miro un segundo más —casco, visera, número, nada que me sirviera para distinguirlo en una rueda de reconocimiento— y luego a ella, y la mirada en mis ojos debe de delatarme del todo. En el hielo, el hermano de Ivy se sienta en el banquillo, mientras a mi lado su hermana me lee la cara.
—Ah —dice Ivy, observándome.
—No es nada —digo.
—Mmm.
Lo deja ahí, volviendo a girarse hacia el partido, la barbilla en la muñeca.
En el videomarcador, la carga se repite a cámara lenta, y veo al hermano de mi compañera de cuarto estampar a un chico contra el cristal por segunda vez en cuestión de segundos, y mi cuerpo hace exactamente lo mismo que hizo la primera vez.
Ivy tararea a mi lado, pero no le pregunto por qué.
Nos cuesta quince minutos solo salir de The Den.
Cuando Ivy y yo desembocamos fuera con la marea humana, un coro desmadrado del himno de la universidad estalla cerca.
Nadie me ha enseñado la letra, pero —¿cómo?
— Ivy se la sabe, y la revienta a pleno pulmón con el brazo enganchado al mío mientras caminamos.
—Escúchame —dice, cuando termina—. Necesito que te prepares.
—¿Para qué? —digo.
—Para la decepción aplastante de conocer a mi hermano.
—Ivy.
—Va en serio. —Me agarra de la mano y me arrastra a un lado del camino, mirándome fijamente a los ojos mientras los demás pasan de largo—.
O sea, lo quiero, pero es la persona más insoportable de nuestra familia, y eso es un campo extremadamente competitivo.
Contesta los mensajes con una sola palabra.
Ordena las cosas alfabéticamente. Desayuna exactamente lo mismo cada mañana de su vida.
—¿Las ordena alfabéticamente? —Sonrío—. Ya me cae bien.
—¡No! —Ahora se pone seria en ese plan Ivy que siempre dura tres segundos antes de volver a la guasa—.
Y el resto de esos frikis del hockey estarán ahí dentro sacando pecho y con esas sonrisas gilipollas de oreja a oreja porque han ganado.
Así que solo necesito que llegues preparada, Sloane.
Necesito que entres con las expectativas por los suelos y me prometas que no me vas a odiar después de la experiencia.
—Expectativas a ras de suelo, hecho. —Me río, no la risa grande, la manejable.
—Más bajas. En el sótano.
—Entendido.
Pasamos primero por Sterling a cambiarnos.
Yo cambio la mezcla de cachemira por un jersey más informal, e Ivy se quita la sudadera para ponerse otra sudadera que insiste en que es completamente distinta, porque tiene bolsillo.
El desvío nos come cuarenta y cinco minutos, y cuando estamos listas caminamos hasta Maple & Main, nuestra cafetería de siempre.
A estas alturas la cantidad de estudiantes ha menguado, pero todavía hay emoción en el aire.
Una manada de chicos con camisetas de los Ravens pasa trotando entre gritos, y uno le hace a Ivy una reverencia teatral como si fuera de la realeza, cosa que, dado que su hermano metió esa carga, más o menos es.