No hay dónde esconderse (Universidad de Halden 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

dos

ROWAN

Paso la tarjeta para entrar, enciendo los fluorescentes por bloques, uno a uno, y elijo el rincón junto a la jaula de sentadillas. Luego me pongo a trabajar, disfrutando de los quince minutos de cada día en los que no tengo que resolver los problemas de nadie más.

Quince minutos después, puntual, el móvil se ilumina en el banco.

Lo cojo, apoyo el codo en la rodilla y le doy a aceptar.

—Hola, papá —digo.

—¿En la sala de pesas?

—Sí.

—Bien. —Una pausa—. ¿Has estado trabajando el tiro de muñeca como hablamos? Tienes que tener una salida limpia grabada para Acción de Gracias, porque si quieres invitaciones a los campus de desarrollo…

Suspiro, y luego doy gracias de que no me oiga.

—Ya lo sé, papá. Estoy en ello con los entrenadores y dicen que he mejorado mucho desde el año pasado…

—Bien, bien. ¿Cómo pinta el equipo? —Sigue adelante a la fuerza, porque hasta las llamadas con su hijo son un punto de una lista para Daniel Hale—. ¿Y Gavin?

—El equipo bien —digo, porque esa es la verdad fácil, y luego hago una pausa, porque lo de Gavin, el capitán, cuesta más de explicar—. Gavin es Gavin. Está bien.

—Mm. —Hay una pausa—. Un líder puede parecer que está bien mucho tiempo antes de dejar de estarlo, Rowan. Conviértete en el siguiente de la fila, porque eso es todo el juego, en el deporte y en los negocios.

—Ya. —Las palabras me salen ya en piloto automático—. Te oigo.

—Bien. Que tengas buena sesión. Hablamos.

La línea se corta antes de que pueda responder nada, y dejo el móvil boca abajo en el banco. Lo que no le he dicho es que, por lo general, he sido el siguiente de la fila toda mi vida, incluido para Gavin estos últimos meses.

Podría decírselo a mi padre, pero no lo haré.

Porque si se lo digo, no pensará bien . Pensará listón superado , y el listón subirá. Porque si le das a Daniel Hale una victoria, hace el juego más difícil, hasta que llega un nivel que no hay forma de superar.

Cargo otro disco y vuelvo al trabajo.

La puerta zumba unos diez minutos después, y Sebastian entra por delante de todos, con una sudadera gris que ha vivido décadas mejores y la cara haciendo eso de cuando quiere una conversación pero no quiere parecer que la quiere.

—Eh —dice—. Quería pillarte.

—Me has pillado.

Suelta la bolsa.

—Theo está hablando del transfer portal.

No me muevo.

—Es un novato, Seb. Se presentó hace tres días…

—Lo sé, tío. Solo te lo digo. Le preocupa el tiempo de hielo.

—Novato —repito—. Tres días.

—Ya. Lo sé. Él no.

Somos dos tíos que hemos pasado juntos por la mierda de unas cuantas temporadas. No me está pidiendo que haga nada, pero me lo dice porque sabe que lo haré. Él sigue viviendo en Ironwood House, la casa compartida del equipo, así que se entera de cosas que yo no.

—Vale —digo.

Asiente, aliviado, y va hacia la barra. A mitad de camino se para y se gira a medias.

—Otra cosa…

—Mm. —Me preparo para el golpe.

—¿Puedes cubrirme el trabajo de Shelton? —dice—. He cogido un turno extra en la tienda del club…

El trabajo de Shelton es un trabajo en grupo del primer día, de la primera semana, que un profesor especialmente sádico manda por correo a sus alumnos antes de la primera clase. No es negociable —vale el 20 por ciento de la nota— y no hay una sola persona en la clase que quiera hacerlo.

Seb interpreta mi silencio como reticencia.

—Lo necesito. Te deberé una.

—No me debes nada —digo—. Lo hago yo.

—Te lo agradezco. —Se lo dice al suelo.

—Anda, a levantar.

Va, los dos empezamos a levantar, y los demás van llegando a lo largo de los siguientes veinte minutos.

Luca llega primero, hablando por teléfono:

—…y entonces va y me dice, no me llamo Madison, me llamo Madeline, y he tenido que salir de dentro de ella y pillar cacho a toda leche …

Suelta la bolsa y cuelga, y luego se lanza directo a la autopsia del fin de semana sin comprobar si alguien se lo ha pedido. En noventa segundos ha propuesto una fiesta, organizado un café para ponerse al día y trasladado la cena del equipo del jueves.

Nikolai llega el siguiente.

—Buenos días —dice.

Dos palabras, que para él es prácticamente un sermón, dichas con un acento ruso que hace que cada frase suene como un pequeño acto formal.

Va vestido de negro de arriba abajo, con un reloj caro y la expresión de un hombre que ha aceptado que esta mañana le tocará sudar pero no está demasiado contento con ello.

—Buenas —digo.

Me hace un gesto con la cabeza y luego coge el banco más alejado del ruido.

Durante unos minutos somos solo los cuatro, y entonces entra Mason con un café con hielo que en ningún caso debería traer aquí. Ve el cartel de PROHIBIDO COMER Y BEBER, me ve verlo verlo, y deja el vaso justo debajo con una pequeña sonrisa de satisfacción.

Pongo los ojos en blanco y vuelvo a mi levantamiento.

Los demás van entrando con cuentagotas, y pronto la sala está llena y ruidosa.

Pero, aun cuando estoy de luto por la pérdida de mi tranquilidad, sonrío cuando Theo le suelta un chiste a Luca que hasta hace gracia, y luego se pasa los siguientes sesenta segundos catalogando a la vista de todos por dónde van los demás en el calentamiento.

Se esfuerza demasiado por encajar, lo que explica la angustia del traspaso.

El último en llegar es Gavin, el capitán, con los auriculares puestos, la capucha subida y una negativa total a cruzar la mirada mientras se dirige al banco del otro extremo de la sala. Hace un año habría entrado el primero con café para todos los de la sala y un chiste listo para disparar.

—Buenos días, capitán —lo llama Luca, sin mirarlo.

Gavin no levanta la vista.

—Está meditando —le dice Mason a la sala—. Dadle espacio al hombre.

—Lleva meditando desde abril —dice Luca—. Vale, el sábado montamos algo.

—Siempre montamos algo —dice Mason.

—Esto es algo temático —dice Luca.

—No —dice Niko, desde la máquina de poleas.

—Niko. Todavía no he dicho qué es.

Niko suspira.

—Nos estoy ahorrando tiempo.

—¡Theo! —Luca se vuelve hacia el novato—. Estás en la papeleta. ¿Temática?

Theo se incorpora a medias del estiramiento.

—Eh… ¿fiesta de togas?

Toda la sala protesta a coro.

—La fiesta de togas ha sido mi primera idea —dice Luca—. Vamos a hacer una toga de nivel .

—Eso es cualquier fiesta de togas —dice Mason.

—No. Cualquier fiesta de togas son togas, pero borrachos. Yo hablo de emperadores , con uvas y coronas de laurel.

—¿Y de dónde vas a sacar coronas de laurel en Vermont ? —digo.

—Rowan, eso es una cuestión de logística —dice Luca, suspirando—. Estamos en la fase de soñar .

—No queda mucho para el sábado —digo.

—Es lunes. Tiempo de sobra. —Cambia de objetivo—. Seb. Apóyame.

Seb, a mitad de serie, no levanta la vista.

—No.

Luca me reclama con las dos manos.

—Rowan. Voto de calidad. Ironwood, el sábado, emperadores romanos, pero cañón. Piensa en luz tenue, mi playlist y un número lamentable de novatas listas para emborracharse y tener percances de vestuario. ¿Estás conmigo?

—Estoy contigo. —Me encojo de hombros.

—¡Está conmigo! —Luca levanta el puño al aire.

—Está contigo —dice Niko— porque no merece la pena discutir.

Sonrío y vuelvo a las pesas, saco otra serie antes de darme cuenta de que Gavin no está levantando. Está tumbado en un banco, con los AirPods puestos y los ojos cerrados. Me acerco, me siento a su lado y espero. Tiene que saber que estoy ahí, pero se toma su tiempo para abrir los ojos.

Se saca un auricular.

—¿Qué pasa?

—Theo se está planteando el portal —digo—. Alguien tiene que hablar con él.

—Mm.

—Apenas ha empezado en el programa, Gav —insisto.

—Te he oído.

—¿Quieres hablar tú con él?

Se vuelve a poner el auricular.

—Habla tú con él. Se te da mejor.

Vuelve a cerrar los ojos, así que niego con la cabeza y resoplo, y luego vuelvo a mi entrenamiento. Los tíos siguen con las chorradas, pero yo estoy centrado en el siguiente trabajo, en la siguiente cosa que resolver y en el momento exacto de hacerlo.

Pillo a Theo en el soporte de las mancuernas cuando la sesión va tocando a su fin, colocando las de cuarenta libras en los ganchos equivocados. Las pongo en los ganchos correctos sin hacer un drama de ello, y aun así se da cuenta.

—Perdona, tío —dice.

—Tranquilo. —Sonrío—. ¿Te has instalado bien en Ironwood?

—Sí. —Duda, como sopesando cuánto decir—. Estoy… ya sabes. Primera semana.

—Ya.

—Seguramente sea que me estoy comiendo la cabeza —dice.

—¿Con qué?

—No sé cómo va a ser la rotación —suelta de golpe—. O sea, ¿voy a tener tiempo de hielo?

—No vas a jugar los primeros cuatro partidos —digo—. Puede que seis.

Aprieta la mandíbula.

—Vale —dice, pero el tono me dice que no está nada vale.

—A mí me costó dos meses de novato conseguir un turno de verdad —digo, apretándole el hombro—.

Los que van por delante de ti van por delante de ti por motivos que importan durante unas ocho semanas.

Después de eso, tu propio rendimiento empezará a importar más.

Pero no hables del transfer portal en la primera semana.

—Vale.

—Si dentro de unos meses sigues sintiéndote así, ven a buscarme.

Asiente, y los hombros le bajan media pulgada.

—Gracias, Rowan.

—De nada.

Me giro para coger la toalla, pero Mason está justo ahí.

—Papá del equipo —dice.

—Cállate.

Seb me cruza la mirada, pero no dice nada. No hace falta.

Termino antes que el resto porque he empezado antes que el resto, y ahora me muero de hambre. Un vistazo rápido a la app del comedor del campus me dice que en Benny’s Bagels hay cola hasta la calle, así que me doy una ducha rápida, me despido y salgo hacia el comedor.

La explanada es un circo, algo que debería haber previsto para las nueve de la mañana del día de la mudanza de los novatos. Hay familias con carretillas, padres escrutando los números de los edificios como si fueran jeroglíficos y chavales de dieciocho años fingiendo ser adultos.

Entonces la veo.

Está diez pasos por delante de mí, dirigiéndose hacia Sterling House y cargando con una bolsa de deporte y una caja.

Pero lo primero que noto es su forma de andar.

La barbilla al nivel, los hombros firmes, moviéndose como alguien que ha decidido que hoy va a salir bien tanto si a hoy le apetece como si no.

Ajusto la trayectoria para adelantarla por la izquierda, pero entonces la correa de la bolsa cede.

Mi brazo se dispara por reflejo aunque no haya nada que atrapar. La bolsa se escora y da contra el suelo, luego la cremallera cede y la bolsa se abre en mitad del patio.

Es como una explosión de ropa interior.

Se queda inmóvil. Un respiro, quizá dos. Sube los hombros y veo la decisión asentarse en su cara: no reacciones, no reconozcas la situación ni a nadie, solo recoge los sujetadores y las bragas y vete. Luego se agacha, empieza a recoger a manos llenas y se ríe.

Solo una vez, una nota, grave.

Es como si algo se le escapara, animándole la cara entera, y parece divertida y mona de una forma que no me había permitido notar en una chica desde hace un montón de tiempo. Pero entonces destierra la risa, y es como si todo su cuerpo se pusiera rígido.

No recuerdo haber decidido acercarme, pero cuando abro la boca tarda dos segundos enteros en registrar lo que digo como un chiste —contados de verdad, un-Misisipi, dos-Misisipi— antes de devolvérmela con algo rápido y un poco borde.

Tengo que esforzarme para no soltar una carcajada en una explanada pública, a una desconocida, el día de la mudanza. Así que, en su lugar, me agacho y la ayudo a recoger sus cosas, doblando las que hay que doblar, porque tengo una hermana y llevo años haciendo la colada.

Peloteamos, y el toma y daca va a un ritmo que no alcanzaba desde hacía tiempo. Es rápida, y cada vez que clava una buena, se estremece a medias, como si tener gracia infringiera una norma que ella misma se ha puesto, y entonces acelera un poco para tapar el respingo, lo que la hace más graciosa.

A mitad de camino, dice en voz alta algo de lo que se arrepiente. Se arrepiente antes de terminar la frase.

—No —digo, grave, involuntario, más cerca de un por favor de lo que me gustaría, y lo veo aterrizar en su cara.

Es un parpadeo que ella decide no mostrar.

Yo finjo que no noto que a mí también me atrapa.

Por fin, tras nuestro intercambio a bocajarro, junta las solapas de la bolsa y se levanta. Su gracias sale en una voz distinta de la que acaba de decirme que me meta unas bragas en la boca. Es neutra y con el volumen controlado.

Cuando se gira para marcharse, le digo que espere. Para mi sorpresa, espera, pero pierdo el valor de pedirle el número —la primera chica a la que he querido pedírselo en bastante tiempo—. Pero está esperando a que diga algo, así que me apresuro a buscar otra cosa que decir.

—Bienvenida a Halden —digo.

Aléjate de ella, me digo mientras me marcho.

Tengo el trabajo de Shelton, a Gavin que gestionar, una hermana de la que tengo que asegurarme de que ha llegado de una pieza y un novato al que acabo de bajar del alero. Y eso son solo los puntos de la parte de arriba de la lista, porque siempre hay más, así que no hay tiempo para citas.

Pero no puedo evitar repetir la risa, ese segundo antes de que se contuviera, luminosa con lo absurdo de todo.

Sonrío al pensarlo.