Epílogo #4
—Las supervivientes convertimos el dolor en causa y hemos sobrevivido al tubo fascista más profundo que mente pueda imaginar: una institución contra las mujeres que se llamó Patronato, la mayor aberración del siglo XX prolongada hasta 1985 sin que nadie hiciera nada.
A nosotras, la democracia nos debe diez años de vida y, en este caso, la responsabilidad es del Gobierno de España y del Ministerio de Justicia».
El público rugió.
—Ningún médico se alertó de tantos cortes de venas que se producían en los mismos lugares y tampoco de las suicidas. No importaba. Se justificó como intentos de fuga. El Patronato no tiene muertas en las cunetas. Tiene muertas que se quitaron la vida.
El clan sonrió: Aurora desafiaba la prohibición de la Confer de hablar de las suicidas.
—Las embarazadas parían como animales, ayudadas por otras internas menores de edad en un quirófano cual matronas recién graduadas, trabajando como bestias con la barriga en la boca. Desapariciones forzosas y adopciones irregulares en la llamada maternidad de la Almudena conocida como Peña-grande.
Los aplausos redoblaron. A la derecha, los representantes de la Confer callaban, los brazos cruzados y los labios ocultos.
Desde el fondo de la sala, unas voces empezaron a corear unas palabras confusas.
Todas las cabezas giraron hacia el origen del clamor.
El alarido, acompasado por el ritmo hipnótico de las palmadas, se extendió hasta que el mensaje llegó nítido a los oídos de Aurora.
Alejandro se había levantado, junto a su hermana y a Inmaculada.
Con una mano sobre el hombro de Garbiñe, sentada delante de él, repetía con furia la consigna general:
«¡Robos de bebés, robos de bebés, robos de bebés!».
—Sí... robos de bebés. —Aurora hizo una nueva pausa para seguidamente gritar—: ¡Por supuesto que sí!
De nuevo, el público estalló en aplausos y vitoreó a la oradora mientras, en el ala derecha, las cabezas negaban y se humillaban. Aurora siguió con la descripción de las medidas que tomaban las monjas para quebrar a sus internas hasta concluir:
—Todo estaba perfectamente creado para que nada se supiera y nos tomaran por mentirosas o exageradas.
Nuestra existencia no va más allá de los centros como se ha dicho.
Acogerse a esa definición es ofensivo, por demás.
No somos las locas, las casquivanas, desobedientes o vagas que pre-tenden colar con expresiones subliminales.
Sabemos leer entre líneas, porque aprendimos a hacerlo, y si algo no somos... ¡es imbéciles!
El auditorio estalló en un rugido violento.
Suicidios, robos de bebé, maltratos, racismo contra las gitanas, petición de responsabilidades... Aurora no dejó títere con cabeza. Terminó su discurso agradeciendo a todas las mujeres que apoyaron su lucha: investigadoras, activistas, pen-sadoras...
Por fin, concluyó:
—Y si hubiera que dar las gracias de verdad a alguien del Patronato de Protección a la Mujer; gracias a don Jaime Cor-tezo, el último presidente del Patronato que se levantó del despacho, visitó los reformatorios y dijo que eso no se podía volver a repetir, que era una monstruosidad.
Lo cesaron al año siguiente. ¡Gracias, señor Cortezo!
Aurora abandonó el escenario bajo los aplausos de cente-nares de personas en pie.
Al cabo de largos minutos, los ánimos se calmaron.
Tras una breve presentación, las tres representantes de las órdenes religiosas recorrieron el espacio que las separaban del atril.
Sus siluetas se recortaban frente a la pantalla en la que el nombre del Patronato había desaparecido para dar paso a grandes rectángulos luminosos.
Dentro de cada haz de luz, seis letras mayúsculas formaban la palabra «PERDÓN».
La superiora de las Oblatas fue la primera en entonar el mea culpa :
—Nos dirigimos hoy con humildad y profundo dolor a todas ustedes.
A todas las fallecidas, vivas, a sus familias que pasaron por estas instituciones y sufrieron bajo nuestra tutela.
Reconocemos que durante décadas, muchas jóvenes y mujeres adultas fueron internadas en nuestros centros en contra de su voluntad.
El clan vigilaba de reojo las reacciones a su alrededor. La portavoz de las Terciarias Capuchinas tomó el relevo:
—Pedimos perdón a todas aquellas mujeres que no fueron reconocidas en su dignidad y sus derechos, a quienes se les impuso una educación restrictiva y un modo de vida sin posibilidad de elección, así como a quienes se les hizo creer que su existencia estaba marcada por la culpa o la vergüenza.
Las supervivientes escuchaban en un silencio absoluto, obedeciendo las indicaciones de Aurora: ni un abucheo, ni una tos. Por fin, la superiora de las Adoratrices se preparó para finalizar el mensaje de las congregaciones religiosas:
—Hoy, ante vosotras, queremos renovar nuestro compro-miso. Un compromiso aplicable a todos nuestros centros y proyectos: compromiso de actuar desde la escucha activa, el respeto a la dignidad y derechos de toda persona, en concreto hacia las mujeres.
Sofía estrujaba el folio escondido entre sus piernas.
—Es como si las hubieran aleccionado. Sortean las pala-bras prohibidas —susurró al oído de Anxela.
La gallega asintió sin dejar de observar la figura imponente de la monja que ya acababa su discurso:
—Impulsaremos la reflexión hacia el interior de nuestros archivos con el fin de analizar con objetividad el impacto del Patronato de Protección a la Mujer en nuestra historia, siempre a través de la oración...
Aurora se enderezó.
—Ya empiezan...
Una voz lejana gritó:
—¡Yo ya he rezado suficiente!
—...y la creación de espacios sanadores y de reconciliación...
—¿Reconciliación?
—...desde nuestra fe...
—¡Y dale!
—...promoviendo encuentros de reflexión y reparación sim-bólica que contribuyan a la paz y al reconocimiento mutuo.
Un murmuro indignado recorrió la platea. Un clamor se elevó:
—¿Reparación simbólica? ¿Esto qué significa? ¡Queremos una reparación real!
Los primeros «NO» aparecieron sin que nadie supiera quien había dado la señal. Una a una, las hojas se elevaron por encima de las cabezas, zarandeadas por manos temblorosas. Poco a poco, el auditorio se levantó y las gargantas escupieron un «NO» ensordecedor.
A los pies de las religiosas, las primeras filas agitaban sus carteles con furia mientras la superiora de las Adoratrices se enfrentaba a sus detractoras:
—Hemos pedido perdón, todas. Todas nos hemos hecho eco del perdón.
Desde el fondo de la sala, un nuevo eslogan subía en inten-sidad:
—¡Verdad, justicia y reparación! ¡Verdad, justicia y repara-ción!
Por fin, las monjas decidieron retirarse bajo los abucheos.
Una infinidad de brazos se movían al compás de las tres palabras que resonaban sin interrupción.
Transportada por el centenar de voces unidas en un mismo aullido, Sofía tardó en percatarse de la ausencia de las más jóvenes del clan.
A lo lejos, su hija, Eva, se encaraba a los religiosos mientras Igarne y Alice, subidas sobre unos asientos, chillaban con todas sus fuerzas frente a los cuerpos medio girados de los simpatizantes de la Confer que les daban la espalda.
A su lado, Isabel inten-taba calmar a una mujer cuyo cuerpo temblaba con violencia.
Con ojos exorbitados, la afectada suplicaba a la joven com-prensión mientras sus labios balbuceaban palabras ininte-ligibles y las sacudidas le impedían mantenerse en pie.
—¡Chicas! ¿Qué pasa aquí?
Sofía, a pesar de su edad, había acudido veloz.
—¡Mamá! Un hombre le ha arrancado el folio de las manos a esta mujer y le ha ordenado que se callara.
La matriarca miró a su alrededor con calma. No le preo-cupaba encontrar al culpable sino asegurarse de que nadie más tuviera una actitud violenta. Con parsimonia, enjugó el rostro de la desconocida. La exinterna dejó de jadear y consiguió articular con dificultad:
—Me encerraron ocho años. ¡Ocho años de silencio y humillaciones! A mí, ¡ya nadie me hará callar!
La protesta duró quince minutos. Quince minutos sin que nin-guna autoridad pudiera detenerla. Quince minutos de gritos durante los cuales las voces se volvieron roncas hasta quedar afónicas. Quince minutos grabados a fuego en la memoria de todas las mujeres.
El clan salió entre empujones.
Ya fuera, los abanicos se agitaban con energía frente a los rostros congestionados. Garbiñe suspiraba de alivio cuando su hijo apretó su brazo:
— Ama , ¡han cortado el sonido!
Decenas de móviles empezaron a sonar. Un murmullo indignado se extendió entre las supervivientes.
—¿Qué está pasando? ¿Qué insinúas, hijo?
—Que la Confer ha cortado la retransmisión en directo en cuanto el público ha empezado a gritar «verdad, justicia y reparación». ¡Han eliminado los quince minutos de protesta!