Epílogo #5
Alrededor, las quejas circulaban de boca en boca: «¡Lo han silenciado! ¡Lo han silenciado!», «A mí, me están diciendo que también han tapado el sonido ambiente durante la reproducción de los testimonios», «¡Han puesto el sonido del piano por encima!», «¡No se oyen nuestros aplausos!».
Garbiñe sonrió y encogió los hombros.
—No te preocupes, hijo. Por mucho que lo intenten, ya nadie podrá hacernos callar.
Mientras Aurora atendía a la prensa, el clan y la familia Ayamonte se alejaron para descansar en un banco cercano. Alice observó con curiosidad las decenas de rosas blancas que cubrían el suelo, el césped y los ceniceros de la entrada de la Fundación Pablo VI.
—¿Y esas rosas?
—La Confer tenía previsto entregar una rosa blanca a cada superviviente. Iban a representar a las ausentes... a las muertas —explicó Anxela.
—¿En serio? ¿Qué se ha creído esta gente? ¿Que lo de hoy iba a ser como en las telenovelas sentimentalistas del domingo por la tarde?
—Por lo visto, sí. En su cabeza, debía de sonar especta-cular —rió Anxela mientras extendía los brazos y parodiaba la escena—: las supervivientes entrarían todas juntas, llorosas y compungidas, entre muletas y andadores, mientras un público entregado aplaudiría con entusiasmo.
Nosotras, nos iríamos emocionando según avanzara el acto hasta que, a modo de colofón, las monjas nos regalarían, una a una, una rosa blanca simbólica.
Sí, chicas, este es el acto que nos tenían preparado las religiosas: una ceremonia sensiblera, repleta de perdones compartidos y abrazos desgarradores.
Pero nunca pudieron imaginar el desenlace de hoy.
No les cabía en la cabeza que la respuesta sería un grito de rebeldía, de rabia y de reivindica-ción.
—¡Pues mira que era de esperar!
El clan se había sumido en el mutismo cuando una voz resonó a sus espaldas:
—¡Bien hecho, chicas! ¡España ya conoce la verdad!
Todas giraron la cabeza. Frente al grupo, una mujer bajita sonreía con ojos cansados y con las manos en los bolsillos. A su lado, desde lo alto de su metro ochenta, su acompañante contemplaba al clan con expresión seria.
Anxela y Garbiñe se levantaron como resortes:
—¿Su?
—¿Torre?
Las exinternas del Padre Damián asintieron con una leve sonrisa. Garbiñe y Anxela se abalanzaron sobre sus amigas. Susana se dejó abrazar sin resistencia mientras Sandra in-tentaba relajar su cuerpo rígido.
—¡Sigues igual de expresiva, Torre! —bromeó Garbiñe. Sandra levantó los hombros, sin inmutarse—. Chicas, estas son Susana y Sandra, dos compañeras de encierro. —La vasca escrudiñó los alrededores—. ¿Dónde está la Flores?
Susana contrajo la mandíbula. Sandra contestó:
—Murió.
Anxela palideció.
—¿Qué pasó?
—Cuando volvió al pueblo, su padre le pegó tal paliza que la mató.
Garbiñe se llevó las manos a la boca.
—Nada que no hayáis escuchado ya —concluyó la Torre.
—¿Dónde está tu novia, Hierbas?
—Tú siempre tan sarcástica, Su —contestó la gallega—. ¡Mira! Aquí viene.
Aurora avanzaba, alegre, mientras saludaba y apretaba las manos de las mujeres que salían a su encuentro. Toda ella resplandecía hasta que sus ojos se posaron sobre Susana y Sandra. Su rostro mutó. Ya cerca del grupo reunido alrededor del banco, paró en seco, los brazos cruzados.
—Hola, Aurora.
—Hola, Susana. ¿Ya no me llamas Bicho Raro?
La exinterna esbozó una sonrisa y avanzó hacia la escritora.
—Me lo tengo bien merecido. Escucha, Aurora, en aquel entonces yo era una niñata, siempre segura de tener la razón.
Pensaba que lo había entendido todo antes que cualquier otra interna.
Me creía una mente privilegiada, una analista política adelantada.
Pero solo era una estúpida engreída. Te pido perdón.
No un perdón fingido como el de las monjas...
Un perdón real y muy trabajado, te lo aseguro.
Aurora desplegó los brazos y ladeó la cabeza.
—Tú siempre fuiste la más cuerda, la más espabilada —añadió Sandra, sumándose al perdón de su compañera que la observaba, ojiplática—.
Nos creíamos unas rebeldes pero la única que siempre plantó cara a riesgo de su vida, fuiste tú.
Gracias por ello y gracias por lo que has venido haciendo todos estos años.
El rostro de Aurora se relajó y tendió una mano amiga.
—Es de lejos la frase más larga que jamás te haya oído pronunciar, Torre.
Sandra aceptó el gesto y apretó la mano de la escritora.
—No es la primera vez que me lo dicen.
—Ya he escuchado suficientes disculpas por hoy —sentenció Sofía—. Es hora de ir a celebrarlo. ¡Vámonos!
Todas aplaudieron la iniciativa.
Mientras el grupo se alejaba del complejo de la Fundación Pablo VI, Sofía retuvo al clan.
—¿Qué ocurre?
—Mirad.
Desde lo alto de las escaleras, las siete compañeras contem-plaban al público reunido a sus pies. Centenares de mujeres reían y compartían abrazos.
Un intenso escalofrío recorrió el grupo. En voz alta, Sofía recordó las palabras de su mentora, Malén:
—El clan nunca fuimos nosotras siete, no. Ahora lo entien-do: el clan somos todas. Todas nosotras, las mujeres. Todas nosotras, las brujas.