No habrá más noche Epílogo #3
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Epílogo #3

La oscuridad era casi total. Solo el eco sordo de las voces permitía intuir la amplitud del espacio.

A la izquierda, centelleando en medio de una enorme pantalla panorámica, unas enormes letras formaban la palabra «PATRONATO».

Aurora y Anxela avanzaban a trompicones.

Pronto, desapa-recieron entre la maraña de cámaras y micrófonos que las asaltaron.

Los fotógrafos peleaban por conseguir la toma perfecta mientras los periodistas apartaban a empujones a sus rivales para recoger las primeras declaraciones.

Zarandeadas, Garbiñe y Sofía intentaban seguir a sus amigas en medio del revuelo.

Desde el público, hasta ahora sumido en un rumor ronco, se elevó un rugido ensordecedor.

Junto a Aurora, Anxela se llevó la mano al pecho y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra.

Emergiendo de las tinieblas, centenares de siluetas aplaudían y vitoreaban con furor.

En pie, un océano de mujeres gritaban la rabia contenida durante décadas en un único clamor: ¡AURORA!

Erguida frente a un auditorio desatado, la escritora levantó los brazos.

La niña enojada, la Bicho Raro, recibía la ovación atronadora con una sonrisa serena.

Apartaba una y otra vez su melena para mostrar, entero y despejado, su rostro pletórico.

Las palmadas retumbaban en la sala llena a rebosar.

Los silbidos de ánimo subían de intensidad hasta hacerse inso-portables.

Ni los gestos, ni las llamadas a la calma conseguían frenar la locura desatada.

«¡Gracias, Aurora! ¡Gracias! ¡Gra-cias!».

La escritora se sentó en varias ocasiones en un intento inútil por aplacar la celebración que se alargaba ya más de diez minutos.

Pero el público desoía su llamamiento y seguía reclamando su presencia.

Aurora volvió a levantarse: frente a la prensa, alzó los brazos y, con los dedos, formó un triangulo.

Al instante, un mar de manos la imitó y recrearon el símbolo feminista.

Los gritos redoblaron. Riendo a carcajadas, Aurora recibía los abrazos de sus compañeras de lucha bañadas en lágrimas.

Perdido en medio de la vorágine, el clan, sacudido por el mismo espasmo, contemplaba la escena en éxtasis.

Por fin, el griterío remitió. A desgana, cada una fue ocupando su asiento. En primera fila, se situaba Aurora, flan-queada por Anxela, Garbiñe y Sofía. Detrás, sus hijas y la fa-milia Ayamonte se sentaron, rodeadas por las demás super-vivientes.

El silencio se impuso con las primeras palabras del presen-tador:

[8] —Buenas tardes a todas las personas que nos encontramos en este auditorio, un espacio de neutralidad que hemos con-vertido hoy en un lugar de encuentro, en un lugar de reflexión y sobre todo, y particularmente, en un lugar de memoria en el que la Conferencia Española de Religiosos, la Confer, va a llevar a cabo un acto de petición pública de perdón que conlleva una profunda significación y compromiso.

Acatando las consignas, las exinternas escuchaban el dis-curso de apertura sin protestar. Sin más interrupciones que alguna tos entre el público, el locutor dio paso a la inter-vención del presidente de la Confer.

—Buenas tardes a todos y a todas. Desde hace más de un año, en la Conferencia Española de Religiosos, venimos trabajando con la asociación dirigida por Aurora sobre las experiencias muy duras y dolorosas que muchas mujeres vivieron durante la época franquista, y hasta bien entrada la democracia, bajo el Patronato de Protección a la Mujer; una institución civil que viene de lejos pero que fue modificada sustancialmente en 1941 de la mano del régimen franquista.

Dependía del Estado a través del Ministerio de Justicia.

Aurora se inclinó hacia Anxela.

—Ya empezamos con las evasivas: «Franco, institución civil, Estado, Ministerio de Justicia»... Como si la cosa no fuera con ellos.

—...El propósito oficial del Patronato era la protección y reeducación de mujeres consideradas en riesgo moral y fun-cionó como un mecanismo de control social y de represión. Bajo su tutela...

—Y bajo la tutela de las congregaciones religiosas —pun-tualizó Aurora en voz baja.

—...muchas mujeres fueron privadas de su libertad y sometidas a un estricto código de conducta basado en los prin-cipios sociales y morales del momento. El contexto histórico de la dictadura...

—¡Allí está! Primera línea roja: el famoso contexto histórico .

Anxela desvió la mirada hacia el público. A su espalda, las compañeras aguantaban las ganas de hurgar en sus bolsos en busca del folio secreto.

—...Es un ejercicio de responsabilidad histórica y moral, una oportunidad para reconocer aquello que en el pasado no hicimos bien...

— Aquello se llama maltrato, no hicimos bien se dice golpeamos, insultamos, vejamos y robamos.

—...Para estas mujeres, su paso por los centros patro-cinados por el Patronato fue más una cárcel que un medio de promoción humana, como sí lo fue en cambio para otras mujeres en su paso por los centros...

Un rumor recorrió la sala. Aurora sonrió con amargura.

—Segunda línea roja: hacernos creer que alguna mujer sacó algo de provecho de esas cárceles.

—...comprometernos aún más con el cuidado, la dignidad y respeto de todas las personas conforme a los principios evangélicos que profesamos...

—Conforme a la ley.

—...Ahora vamos a escuchar atentamente sus testimonios. Muchas gracias.

Desde el ala derecha de la sala, unos aplausos entusiastas rebasaron la tibia reacción del resto del público. Extrañada, Anxela intentó vislumbrar la platea lejana.

—Allí se sientan los altos cargos y los seguidores de la Confer —aclaró Aurora.

«Soy Churra y estuve ingresada bajo la tutela del Patronato de Protección a la Mujer».

El vídeo de los testimonios había empezado.

Las supervivientes, encabezadas por Aurora, subieron al escenario y se situaron a cada lado de la espec-tacular pantalla.

Mientras tanto, al final de la tarima, un joven aporreaba las teclas de un piano.

La molesta pieza bramaba por encima del sonido del documental.

Cogidas de la mano, Aurora, Anxela, Sofía y Garbiñe juntaban el ceño al unísono.

—¿Qué le pasa al pianista? ¿Se ha vuelto loco o qué?

—Ni que intentara cubrir las voces del vídeo...

Churra, Loli, María Jesús, Fátima, Micaela, Paca, Marimar, Rocío, Encarnación, Raquel, Natacha, Consuelo, Elena, María de los Ángeles, Fátima, Pilar, Garbiñe, Anxela.

Todas con-taron sus vivencias frente a la cámara.

También las anónimas, incapaces de verbalizar su propia historia.

Y las muertas. Veintidós testimonios. Veintidós relatos. Veintidós vidas.

Cada nuevo testimonio arrancaba aplausos enfurecidos.

«Las reglas dentro del recinto eran carcelarias», «Fui tes-tigo de esterilizaciones impuestas», «Vi muertes de bebés y a un niño de cinco años lo toqué: su cuerpo, estando muerto, parecía goma», «Cuando mi embarazo llegaba a su fin, mi tripa era tan voluminosa que casi fregaba más con ella que con mis manos desolladas», «Fui testigo del suicidio de mi amiga Soco y yo misma sufrí el robo de mi bebé» —Garbiñe apretó los puños y buscó a su hijo entre el público—, «Mi padre abusaba sexualmente de mí.

La solución de entonces fue sacarme de mi casa y llevarme al reformatorio.

Las cosas allí no mejoraron nada y, después de unos meses, decidí esca-parme y volver a mi casa.

Aún sabiendo lo que me esperaba allí, lo que había en el reformatorio siempre era mucho peor», «Los castigos eran especialmente crueles: frotamiento de orti-gas en la vulva por orinarse en la cama de forma reiterada, lamer el suelo dibujando cruces de saliva, desatrancar los váteres obstruidos a diario con las manos desnudas» —Anxela resopló con fuerza—, «Bofetadas, humillaciones, palizas, torturas como el uso de ortigas en el ano si se orinaba en la cama, duchas frías, ver cómo obligaban a mis compañeras a comerse su propio vómito o ser utilizadas para pedir limosna por las casas...

fueron algunas de las vejaciones que tuve que soportar», «Las monjas nos daban de comer lentejas con gusanos y fruta podrida», «Entré con quince años.

Tengo setenta y uno y aún siento escalofríos cuando veo a una mon-ja», «trauma», «daño», «dolor», «infierno», «abusos», «injus-ticia», «crueldad», «cárcel», «castigos», «no perdono», «no perdono», «no perdono».

La luz volvió sobre el escenario y sobre las supervivientes. En pie, el público estalló. Sin verter una sola lágrima, las exinternas respondían a la ovación con sonrisas y saludos emocionados.

En el ala derecha, ningún asistente se levantó. Unos pocos aplaudían con tibieza y rostro serio mientras otros escondían con la mano sus labios contraídos. Ajena a lo que acontecía a su alrededor, una mujer tecleaba un mensaje en su móvil.

Las supervivientes pasearon, una y otra vez, por el escenario y posaron para un enjambre de cámaras sin que la aclamación del auditorio remitiera.

Cuando por fin los aplausos aminoraron, volvieron a sus asientos.

Aurora, ella, se acercó al atril preparado sobre el escenario y acomodó el micrófono frente a su boca.

—Tengo cuatro minutos. —Marcó una pausa—. Solo tengo cuatro minutos.

Unas risas resonaron entre los espectadores. La escritora esperó, paciente, a que la calma volviera a reinar. Apartó su pelo oscuro y empezó:

—«Recuérdalo tú y recuérdalo a otros». Durante los últi-mos quince años de mi existencia, no he dejado de repetir este verso de Cernuda. Estaba sola y tenía una misión: España debía saber lo que fue el Patronato de Protección a la Mujer.

Aurora fue detallando cada una de las barbaries cometidas por la institución y las congregaciones religiosas. La platea escuchaba, absorta.