Epílogo #2
¿Dónde estuviste? En las Oblatas de Carabanchel.
Me hacían pasar la lengua a lo largo de refectorio para que Dios me concediera el perdón de los pecados de mi boca.
Yo estuve en las de Segovia. Nos pegaban y nos obligaban a pedir limosna por las casas.
Por lo visto el trabajo gratis en los talleres no era suficiente.
Yo tuve a mi niña en Peñagrande. Mi padre me violó y me quedé embarazada.
A él, no le pasó nada pero a mí, me encerraron en esa maldita maternidad .
Las monjas sabían muy bien quién era el progenitor de mi hija.
Eso no les impidió dejar que él me sacará del centro durante un fin de semana.
Y volví, de nuevo, embarazada... ¡Estuve contigo!
¿De verdad? Sí. Fuiste todo un ejemplo para mí.
Sin ti, no habría sobrevivido allí dentro.
¡Dame un abrazo! ¿Saliste con tus bebés?
Sí. Yo no. Mi niña murió... o eso me dijeron.
Yo estuve con las Adoras . Cuando no obedecía sus órdenes, las monjas me pegaban con una toalla mojada.
Ya sabes, para no dejar marca. A mí me confinaron en una celda de castigo durante casi un mes: era tan diminuta que apenas podía sentarme y hacer mis necesidades en una lata.
Pensé que iba a morir y que nadie nunca se enteraría.
Yo organicé una gran fuga en Villalba con otras veintiocho internas.
¡Mujer! ¡Tú eres la instigadora de la famosa espantada de Villalba!
Yo estaba allí y vi volver a las chicas a las que los perros pillaron.
¡Fuiste toda una leyenda dentro de esos muros!
A mí, me encerraron con las Trinitarias.
Yo cosía muy bien. Al salir, no he vuelto a coger una aguja en mi vida.
Yo terminé en un psiquiátrico porque me negaba a comer: dos sesiones de electrochoques, unos cuantos comas insulínicos y me convertí en un autómata.
Yo descubrí la verdad de mi nacimiento hace apenas un año y medio.
Descubrí por casualidad que mi hermana era mi madre.
¿Cómo? ¿Me lo explicas? Mi familia era falangista: para tapar la vergüenza de tener una hija soltera preñada, mi abuela fingió mi embarazo con cojines.
Ahora sé que mi supuesta madre era en realidad mi abuela, mi hermana era mi verdadera madre y mis hermanos eran mis tíos...
¿Por qué han dejado una silla vacía en medio de la mesa?
Por las ausentes. Mi madre estuvo en una de las maternidades del Patronato: me contaron que, antes de que la encerraran, era una chica llena de alegría.
No sé si es verdad... yo solo conocí a una mujer sombría.
¿Alguien sale a fumar? ¡Cuidado, las fumadoras son carne de Patronato!
¡Comprueba que no haya ninguna celadora vigilando!
¡Descarriada! Pero, ¿por qué no traen la comida?
Pasaron tres horas. Tres horas de comunión completa.
Tres horas durante las que una energía compacta y tangible unió a todas las supervivientes, activistas, investigadoras y periodistas.
Todas ellas, mujeres hermanadas por un mismo sentir, una conexión fuera del tiempo y del espacio.
Tres horas durante las que ninguna de las presentes recordara comprobar sus relojes.
Garbiñe seguía comiendo sin parar, repicando del plato de su hija después de haber rebanado el suyo propio. Sofía se removió en su asiento y dio un discreto codazo a Anxela, a su lado. Ésta asintió y susurró al oído de Aurora. La escritora asintió a su vez y se levantó.
—¡Contubernio! —gritó al tiempo que se situaba en el centro de la «U»—.
Os pido un segundo de atención antes de irnos.
Tengo aquí unos carteles con la palabra «NO» impresa.
—Alzó una carpeta abultada—. Antes de explicaros el porqué de estas pancartas, recordad que nuestra conducta durante el discurso del presidente de la Confer tiene que ser intachable y más aún durante la lectura del mensaje de perdón de las monjas.
—No llegaste a decirnos quiénes son ellas exactamente. ¿Qué congregaciones representan?
—Son las superioras provinciales de las Oblatas del Santísimo Redentor, de las Terciarias Capuchinas de Nazaret y de las Adoratrices. —Un murmullo recorrió la larga mesa—. No quiero ninguna interrupción, ningún abucheo durante sus intervenciones. Solo silencio.
Anxela y Garbiñe apretaron sus manos entrelazadas.
—¿Silencio? A mí ya nadie me va a silenciar. ¡Bastante callé durante años!
—Aurora, ¿cómo no vamos a protestar? Todas sabemos que intentarán justificar sus delitos.
—Lo sé.
—Van a usar la misma estrategia, los mismos rodeos que emplearon en su comunicado anterior, el que anunciaba el acto de hoy. ¿Lo recordáis todas?
—Yo lo tengo aquí delante, en el móvil. Dice: «La posición de la Iglesia era diferente, las congregaciones también»...
—¡Pero si son las mismas que nos encerraron!
—...«Reconocer “aquello” en lo que no han acertado»...
—¿Aquello? No tienen ni tan siquiera el valor de nombrarlo. Ya lo diré yo en voz alta: ¡vejaciones, maltrato y trabajo forzado!
—¡Y suicidios!
—¡Y robos de bebé!
—Aurora, tú misma nos explicaste cómo nos prohibieron hablar de estos dos temas para llegar a un acuerdo y poder celebrar esta pantomima.
—Lo sé...
—Hasta han tenido la desfachatez de contarle al mundo entero que «a muchas mujeres que han pasado por estos cen-tros les ha servido como promoción personal y profesional».
—En serio... ¡Esto es de traca!
Aurora llamó a la calma.
—Por favor, chicas, dejad que me explique.
Lo que no podemos permitir es que nadie nos acuse de boicotear el acto.
Ahora bien, tenéis razón: ya sabemos todas que éste es un perdón-trampa : tratarán de echar balones fuera, arrojando la culpa de lo ocurrido a las circunstancias de la época y otras excusas sin sentido.
Así que estad muy atentas a cada palabra de las religiosas.
A la menor referencia al «contexto histó-rico», «institución civil», «marco del régimen franquista», «la fe» o «la oración» y demás eufemismos, levantaremos nuestro cartel de «NO» en silencio.
No al olvido y no a las palabras vacías sin justicia ni reparación. ¿Estamos de acuerdo?
—Sí, pero preguntarán por el cartel en la entrada.
—Escondedlo en vuestros bolsos. —Aurora agitó su paquete de chicles y se llevó el último a la boca—. Y ahora, sí: ¡nos vamos!
Garbiñe resoplaba y enjugaba su frente con el revés de la mano.
—Eres una cabezona, ama . Hubiéramos tenido que subir-nos al autobús como las demás.
—Sabes que no me gustan los espacios cerrados. No te preocupes, txiki : seguro que las buenas monjas nos han dejado botellas de agua en la sala de catarsis reservada para las super-vivientes.
Igarne sonrió ante la irónica referencia a las celdas de los reformatorios.
—Agua... ¡y aire acondicionado!
Frente a la entrada del edificio, un grupo de mujeres paseaban entre los innumerables medios de comunicación. A lo lejos, Alice y parte del clan las saludaban con entusiasmo.
—Ya han llegado todas. ¡Cuánta prensa!
—¡Mira! ¡La ministra de Igualdad ha acudido! ¡Y su ante-cesora en el cargo y eurodiputada también! —contestó Igarne mientras señalaba con discreción a las dos mujeres.
Sofía acudió al encuentro de Garbiñe y pasó un brazo bajo el suyo.
—¡Puedo andar sola! Te recuerdo que soy bastante más joven que tú —se quejó la vasca.
—Y más estropeada, Garbo. Aurora y Anxela ya están dentro.
—¿Por qué no entramos nosotras? ¿A dónde me llevas?
—Alguien muy especial te está esperando.
Sofía tiró de su amiga hasta un recodo del edificio. Res-guardados a la sombra, Alejandro, Espe e Inmaculada obser-vaban las piruetas de Puri, encantada con su flamante vestido blanco.
—¡ Amatxu !
La niña se abalanzó a los brazos de Garbiñe. Alejandro esperó a que abuela y nieta se separaran para saludar.
—Hola, ama .
Garbiñe sonrió al escuchar la palabra vasca y dejó que su hijo la estrechara con fuerza. Espe se unió al reencuentro. Ya liberada, Garbiñe se acercó a Inmaculada. Ésta encerró su mano entre las suyas y preguntó:
—¿Estás preparada?
—Yo, sí. ¿Y tú?
—Sin duda.
—Pues si todo el mundo está listo, ¡entremos!
En el vestíbulo reinaba una calma tensa.
Los periodistas vigilaban la entrada, al acecho de cualquier rostro ilustre.
Levantaban sus micrófonos a cada nueva aparición para, seguidamente, bajar el brazo con una mueca de decepción.
Otros asistentes vagaban por el recibidor y aprovechaban su frescura para resguardarse del bochorno.
—Hay poca gente.
—Falta media hora para que empiece el acto. Ya llegarán.
—Por aquí, chicas. La sala para las supervivientes está en el primer piso.
Igarne parpadeó hasta acostumbrarse a la luz cegadora de la estancia.
Tardó unos segundos en reconocer a las dos siluetas a contraluz que posaban para un fotógrafo: al lado de Aurora, Anxela forzaba una sonrisa frente al objetivo.
Detrás, el resto del clan contenía la risa ante el cuerpo rígido de la gallega.
Garbiñe se dirigió hacia un asiento libre.
Suspiró de placer al notar el aire acondicionado sobre su piel enrojecida.
Igarne ahogó un grito al descubrir una pila de botellas de agua exudantes.
Los treinta minutos pasaron veloces entre medias voces y vaivenes discretos. Una mujer de porte solemne apareció en el umbral de la puerta. Con tono melifluo, invitó a las supervivientes a acompañarla hasta el salón de acto. El clan la siguió en fila.
Aurora y Anxela encabezaban la comitiva. Inmóviles ante la puerta del auditorio, esperaban la señal de su anfitriona. Un murmullo apagado llegaba desde el interior de la sala. Por fin, la puerta se abrió.