Epílogo
Ninguna esperó a que el despertador sonara.
Anxela y Sofía repasaban los últimos mensajes entrantes, ajenas al parloteo incesante de sus hijas. Garbiñe, ella, obser-vaba su café con leche intacto.
—Mamá, ¿te encuentras bien?
—Tengo ganas de vomitar. Ya se me pasará.
El retumbar de unas campanas interrumpió la conver-sación: «A las dos y cuarenta y dos minutos de la madrugada, los salmonteños han saltado la reja de la ermita de la Virgen del Rocío para sacarla en procesión por la aldea.
Ahora empieza el camino de vuelta para las ciento veintisiete her-mandades después de un fin de semana en el que hasta un millón de personas se ha concentrado en la aldea del Rocío».
Sofía bufó y apagó el televisor. Después de comprobar la pantalla de su móvil, anunció:
—Confirmado. La Conferencia Española de Religiosos pide que acudamos media hora antes del acto. Aurora me comenta que han preparado una sala apartada para que las supervivientes podamos estar tranquilas antes de la petición de perdón de las monjas.
—¿Una sala apartada para que estemos tranquilas? ¿Qué se piensan? ¿Qué estamos histéricas? No necesitamos tranqui-lidad. ¡Tenemos más rabia que trauma!
—A mí, no me sorprende... Después de que nos hayan cen-surado parte del vídeo que vamos a proyectar, ¿qué se puede esperar de esta gente?
—Si creen que no vamos a denunciar los suicidios de las internas y el robo de bebés, ¡la llevan clara!
—Yo me he pasado la noche entera viendo y escuchando los testimonios de las supervivientes para llorar a gusto antes de enfrentarme a las religiosas. A ellas, hoy, no pienso regalarles ni una sola lágrima.
—Quienes tienen que llorar son ellas, las monjas...
—Yo no quiero sus lágrimas. Tampoco su perdón. Quiero su vergüenza.
Con un dedo en alto, Anxela terminó de leer un nuevo men-saje.
—¿Quién es? —se impacientó Eva.
—Es Aurora. Nos confirma la hora de la reserva en el restaurante. A las dos y media.
—¿Cómo está ella? ¿Nerviosa?
Anxela levantó una mirada sorprendida.
—¿Aurora? ¿Nerviosa? ¡Para nada! Lo que está, es harta de tanta agitación a su alrededor.
—Ella siempre tan imperturbable.
Sofía se levantó de un salto ignorando los achaques de sus setenta y cinco años. Dio una palmada autoritaria y declamó:
—¡Basta ya de cháchara! Llegó la hora.
Asomada a la ventana, Igarne vigilaba la calle.
—Tienes razón. El taxi ya nos espera. —Con gesto preo-cupado, se acercó a su madre y posó una mano sobre su hom-bro—. ¿Estás lista, ama ?
Garbiñe bebió de un trago su café.
—Ninguna náusea me impedirá disfrutar de este día.
Los treinta y siete grados de la capital abofetearon al clan a su salida de la estación de Chamartín. El asfalto desprendía el calor acumulado por la mañana. Entre un mar de vehículos, los taxistas discutían a la espera del próximo cliente.
—A la calle Isaac Peral número dos, por favor.
Tras indicar el destino a la conductora, Igarne se dio la vuelta para comprobar el rostro de su madre.
—¿Todo bien aquí atrás?
—No te preocupes, txiki . Lo que tengo ahora es hambre. ¡Mucha hambre!
Igarne sonrió y examinó la luna trasera.
—Las demás nos siguen. Ya no hay vuelta atrás... Her-manas, ¡aquí llega el clan!
La terraza del restaurante estaba casi desierta. Una mujer solitaria, menuda y de pelo rizado, leía con atención la carta de las bebidas. Alice e Isabel juntaron dos mesas mientras las madres vigilaban el final de la calle en busca de una silueta familiar.
—Chicas, hemos llegado muy pronto. Aún tardarán en lle-gar las demás.
Resignadas, Anxela y Garbiñe se acomodaron en sus asientos, entre sus hijas.
Sofía se resistía a alejarse de su puesto de vigilancia al tiempo que observaba de reojo a la clienta desconocida.
Con la punta de los dedos, comprobó su elegante moño bajo, se acercó y, sin previo aviso, interrumpió su lectura:
—Perdone... Usted ha venido a la comida de las supervi-vientes del Patronato, ¿verdad?
Dos ojitos azules sonrieron y viajaron desde la matriarca hasta el grupo vecino.
—¡Sí! Temía haber acudido demasiado pronto. Me llamo Idoia. ¡Encantada!
—¿Idoia? ¡Otra vasca! —exclamó Igarne—. ¡Ya somos ma-yoría!
Un escalofrío sacudió el cuerpo de la nueva compañera. Sin inmutarse, las mayores respondieron con una sonrisa cómplice mientras las más jóvenes intercambiaban miradas sorpren-didas.
—¿En qué reformatorio estuviste?
—Yo no soy una superviviente. Soy investigadora. Aurora me ayuda con mi tesis sobre la represión de la mujer en el País Vasco aunque ésta es solo una pequeña parte de un proyecto mucho más ambicioso... Tú eres Sofía, ¿verdad?
Idoia había vuelto a posar su mirada sobre la líder del grupo.
—Sí.
—Aurora me habló de ti. Me comentó que podrías aportar mucho a mi investigación.
—¿Sobre qué versa?
—Sobre las redes de comunicación entre mujeres desde el Medievo hasta nuestros días. Sobre los clanes familiares. Sobre las brujas.
Unas carcajadas resonaron a sus espaldas. Cargadas con maletas y mochilas abultadas, una cuadrilla de mujeres se había apoderado de la acera entre risas y palmadas.
—Aquí están los refuerzos del Norte —aclaró Idoia mien-tras se levantaba para saludar a sus amigas.
En el interior del restaurante, los clientes contemplaban con curiosidad la escena a través de la gran cristalera a medio abrir.
Bajo unas elegantes lámparas colgantes, una larga mesa en forma de «U» esperaba al nutrido grupo de supervivientes.
Provenientes de cada rincón del territorio, las exinternas fueron llegando en un goteo constante: rubias, morenas, pelirrojas, canosas, jóvenes, mayores, elegantes, extrava-gantes, discretas, escandalosas, con muletas, a la carrera, con andadores...
Todas guapísimas, engalanadas con sus atuendos de guerreras: pantalones azul eléctrico, vestidos vaporosos de flores chillonas, pendientes imposibles y pulseras multico-lores.
Un ejército de mujeres al que ya nadie obligaría a disfrazarse con el uniforme gris de la vergüenza.
Todas presentaron sus armas: sonrisas, abrazos y alegría. Estos eran sus escudos contra la mentira y el dolor. El miedo y el silencio habían huido, escondidos en un lugar remoto al que ya no pertenecían las supervivientes. Su mundo ahora era otro: el del amor y de la sororidad.
Se abrazaban. Se tocaban. Se reconocían. Un nuevo grito hizo girar todas las cabezas:
—¡Aurora!
Los tacones altos de la escritora resonaron entre la euforia y los vítores que su llegada provocó.
Con medio rostro escondido tras su melena oscura, Aurora dejaba que su vestido de muselina morada jugara con la brisa veraniega.
Con los brazos extendidos, dio una vuelta completa ante los rostros asombrados de su público.
Sonriente, respondió a los aplausos con una reverencia teatral.
—¡Qué guapa vas!
—¡Por supuesto! No pensaba presentarme de otra manera ante las monjas. Frente a ellas, iré estupenda para demostrarles que nada queda de esa niña retraída que intentaron acallar.
Todas la rodearon. Por encima de las cabezas, Aurora buscaba un rostro en concreto.
Por fin, su mirada se posó en Anxela, que esperaba sonriente a que liberasen a su amiga de su cárcel de cariño.
La escritora apartó con delicadeza a sus compañeras de lucha y se acercó a la gallega.
Extendió una mano y acarició la melena plateada.
Sin hablar, la guió hacia el interior del restaurante e invitó al clan a sentarse a su vera.
Las demás supervivientes las imitaron y ocuparon sus asientos entre brindis y aplausos.