No habrá más noche 53
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El andén de la estación de Atocha ya se llenaba de viajeros cuando el clan llegó frente a su vagón. Garbiñe estiraba el cuello y retorcía sus manos mientras escrutaba el final del corredor. Solo quedaban veinte minutos antes de la salida del tren y Alejandro aún no había aparecido.

—No te preocupes, Garbiñe. Llegará a tiempo. Es un hom-bre puntual. Lo eduqué bien.

Garbiñe sonrió a Inmaculada. En ese instante, una niña subida a los hombros de su padre gritó a pleno pulmón:

—¡Abuuuuu!

Inmaculada levantó los brazos y corrió hacia la figurita de pelo oscuro. Ya en el suelo, la chiquilla cogió la mano de Alejandro y de su abuela, cada uno a un lado, y se balanceó con una risita aguda. Cuando llegaron frente a Garbiñe, la niña miró a su padre con incertidumbre.

—Sí, cariño. Esta es tu nueva abu . ¿Recuerdas cómo se llama?

La cría asintió sin apartarse de su lado. Su padre la empujó con suavidad. Garbiñe, con las piernas temblorosas, se arro-dilló y saludó con la mano.

—Hola, txiki . ¿Cómo te llamas?

—Puri.

Garbiñe levantó unos ojos desmesurados hacia su hijo. Ale-jandro e Inmaculada sonrieron. La vasca recuperó el aliento y tendió sus manos hacia la niña.

—¿Sabes una cosa? Yo también me llamo así. Aunque todos me llaman Garbiñe. Es nuestro nombre en vasco. ¿Te gusta? —Puri volvió a asentir y cogió las manos de su recién estrenada abuela—. ¿Qué te parece si me llamas amatxu ? Significa abu en vasco.

La chiquilla dio saltitos de alegría y sin previo aviso, se lanzó a los brazos de Garbiñe.

Ésta apretó el cuerpecito contra el suyo y respiró el olor de su pelo.

A su lado, unas Dr. Martens golpearon el suelo con impaciencia.

Garbiñe deshizo el abrazo y levantó la cabeza hasta descubrir a Igarne, los brazos en jarra y un enfado infantil dibujado en la cara.

—¿Qué pasa aquí? Puri, ¿no le das un beso a tu nueva tita ?

Igarne aupó a la niña y la hizo dar vueltas entre grititos estridentes.

Cuando todo el clan se hubo presentado a Puri, el aviso de la megafonía anunció la próxima salida del tren para Valencia. Alejandro apartó a Garbiñe mientras el grupo subía al vagón.

—Garbiñe, he estado hablando con mi mujer y nos gustaría visitaros para navidades... Si te parece bien.

—Me encantaría. Y a tu padre, también.

—He hablado un rato con él por teléfono esta mañana. En realidad, la idea es suya.

—Es un hombre muy testarudo. Hiciste bien en decirle que sí.

Alejandro sonrió. A su espalda, Puri saludaba a sus nuevas amigas reunidas contra las ventanillas del tren.

—Tienes que subirte ya o se irán sin ti.

Garbiñe espiró con dificultad. Con el cuerpo rígido, levantó una mano a modo de despedida.

—Hasta pronto, hijo.

Alejandro la retuvo y tiró de ella hasta estrecharla con fuerza.

—Hasta pronto, mamá.

Las siete mujeres ya estaban sentadas y esperaban la señal de cierre de puertas. Faltaban cinco minutos. Garbiñe seguía tam-borileando el cristal mientras observaba a su nieta que corría alrededor de las piernas de su padre. Sofía se levantó de golpe y salió del vagón.

—Ahora mismo vuelvo.

Sin bajarse del tren, frente a la puerta aún abierta, la matriar-ca llamó a la niña para que se acercara. Puri llegó a la carrera.

—¡Sofía!

—¡Ya recuerdas mi nombre! ¡Qué lista eres! ¿Te cuento un secreto?

—¡Sí!

—Yo también tengo unos amigos mágicos, ¿sabes? No los veo pero los puedo sentir. —La chiquilla abrió los ojos de par en par—. Un pajarito me ha dicho que tú tienes un don espe-cial, ¿verdad?

—¡Sí! ¡Yo sí puedo verlos y hablar con ellos!

—¡Qué bien! ¿Quieres que te enseñe a desarrollar tu don?

Puri aplaudió de pura felicidad.

—¡Sí, sí, sí!

—Muy bien. Pero tendrá que ser nuestro secreto…

La niña levantó el índice frente a sus labios y susurró:

—Lo sé.