No habrá más noche 52
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El grupo se había repartido por los asientos libres del tren que les llevaba a la parada de metro Guzmán el Bueno.

Garbiñe observaba a su hijo, sentado de espalda, junto a sus dos hermanas y a Alice.

Hablaban con entusiasmo, compartiendo anécdotas, recuerdos y proyectos.

El chirrido de las ruedas sobre los rieles engullía su conversación impidiendo que Garbiñe discerniera palabra alguna.

Se conformaba con seguir el movimiento caótico que el balanceo del vagón imprimía al pelo negro de Alejandro.

Frente a ella, Sofía intuyó sus pensamientos.

—Dale tiempo. Es más fácil para él conectar primero con Igarne. Al fin y al cabo, comparten una experiencia parecida. Les han robado parte de su pasado, de su identidad. Tendrán ansias por recuperar el tiempo perdido.

—¿Y yo no?

—Perdona mi torpeza. Sabes lo que intento decirte.

—Lo sé... Míralos. No paran de tocarse.

Sofía se dio la vuelta y comprobó cómo Alejandro pasaba su mano por la cabeza rapada de Igarne entre risas.

—Lo necesitan. Vosotras también no parabais de abrazaros al salir de Padre Damián. Fueron muchos meses sin derecho al contacto físico. Para ellos, fueron años...

—A mí, no me ha abrazado.

—Dale tiempo.

En unos asientos más lejos, Anxela y Aurora se sonreían sin hablar. La gallega jugueteaba con un largo mechón de su pelo plateado.

—Aún recuerdo el estropicio que hicieron las monjas con tu melena.

—Su me llamaba el «erizo albino». ¿Sabes algo de ella?

—Un día, me la crucé por la calle. Estoy segura de que me reconoció pero evitó el encuentro. Ya os lo dije: muchas exinternas no quieren saber nada de su pasado. Quieren olvidarlo, esconderlo. Respeto su decisión.

—Pero Su era tan valiente, tan comprometida con la polí-tica y la democracia... Pensaba que al salir, ella sería de las primeras en pelear por conseguir justicia. O venganza.

Aurora alzó los hombros.

—Tampoco sé nada de la Torre ni de la Flores. En realidad, no he vuelto a contactar con ninguna de las chicas de nuestra época en Padre Damián. Ya sabes que yo no gozaba de muy buena reputación: era la Bicho Raro...

—Ellas se lo perdieron entonces y se lo pierden ahora.

Aurora sonrió.

—Tu recuerdo me ayudó a sobrevivir en el manicomio.

Anxela se sonrojó.

—Nunca me perdoné tu sacrificio.

—Yo elegí mi destino. Tú no podías hacer nada. Y mira, la jugada nos ha salido bien: ¡estamos vivas!

—Pero no se ha hecho justicia. Las monjas nunca recono-cerán el daño que nos infligieron.

—Tiempo al tiempo, Hierbas. Nos pedirán perdón y te prometo que lo harán de forma pública. De eso, me encargo yo. Y tú estarás para presenciarlo.

Anxela examinó con curiosidad el semblante decidido de Aurora.

—¿Cómo piensas conseguirlo?

—Recordándoles todos los días de sus vidas que sobre-vivimos y asegurándome de que no lo olviden nunca. Y empezaremos hoy mismo.

Una ráfaga de aire frío sorprendió a la cuadrilla al salir del metro.

La comitiva siguió a Aurora que avanzaba con paso firme por la calle Julián Romea hasta llegar al número veintitrés.

Cuando se detuvo, alzó el brazo hacia un edificio acristalado.

Sobre la puerta de la entrada, grandes letras de acero inoxidable rezaban: «Universidad CEU San Pablo».

Sofía torció el gesto al reconocer el logotipo en forma de cruz moderna.

—¿Qué hacemos aquí, Aurora?

—Ya te lo dije: empezar a curar las heridas.

Mientras pronunciaba estas palabras, unos sacerdotes salían y bajaban los cuatro escalones que les separaban de la acera.

—¿Nos has traído a ver sotanas?

—Os he traído para enfrentaros con vuestros demonios. Crucemos.

De forma instintiva, Garbiñe agarró la mano de su hija. A su lado, Inmaculada pasó su brazo bajo el de Alejandro. Todos cruzaron sin perder de vista al cortejo de religiosos que parecían multiplicarse.

—¿Qué está pasando, Aurora?

—Acaba de terminar el acto de clausura del setenta y cinco aniversario del Instituto Secular de las Cruzadas Evangélicas. Ha tenido lugar en el Aula Magna de la Universidad de San Pablo. Estáis contemplando a la plana mayor de esta congregación.

Garbiñe empezó a temblar.

—No sé si quiero estar aquí.

—No temas, ama . Ya no estás sola. Míralos de frente, sin titubear.

Al pronunciar estas palabras, Igarne irguió su cuerpo y levantó la barbilla. Alejandro la secundó. Sofía sonrió y, con un movimiento de cabeza, invitó a las demás a plantar cara.

En medio de la multitud de religiosos, una figura, frágil y encorvada, intentaba bajar las escaleras sin perder el equi-librio.

Ayudada por otra monja de edad avanzada, la anciana se movía con dificultad mientras examinaba su entorno con una mirada opaca.

Un suave empujón la desestabilizó, provo-cando las quejas de su cuidadora.

Cuando la voz gangosa retumbó por encima del alboroto, Garbiñe reculó, horrorizada.

—¡Son ellas!

—¿Quiénes, ama ?

Garbiñe quedó muda. A su lado, el semblante de la señora Castillo se ensombreció.

—Tiene razón. Son ellas, las reconozco: la madre supe-riora, sor María, y su ayudante, sor Carmina.

Inmaculada se giró hacia Garbiñe con decisión y alargó el brazo. La vasca dudó. Por fin, cogió la mano tendida y dio un paso hacia delante.

Sor María alcanzó el último peldaño. Cuando levantó la cabeza hacia el clan, un mohín de disgusto deformó su boca.

Su cuerpo se enderezó y su rostro afilado recuperó la fiereza de sus años como superiora de la maternidad de Peñagrande.

Paseó por el grupo una mirada asqueada hasta clavarla sobre Garbiñe.

La vasca no vaciló y sostuvo su semblante desa-fiante.

La monja acarició el crucifijo que pendía de su cuello y sonrió con malicia.

Junto a ella, sor Carmina no se percataba de la situación y seguía tirando de la superiora para alejarla del tumulto.

Entonces, sor María observó cómo un hombre, al que no había prestado atención hasta ahora, se posicionaba entre Garbiñe y otra mujer y las rodeaba con sus brazos.

Un destello gélido atravesó los ojos de la religiosa.

Boqueaba de puro odio como un pez fuera del agua.

Preocupada por la lividez de su acompañante, sor Carmina pidió ayuda a dos sacerdotes y, juntos, los cuatro desaparecieron al final de la calle.

Aurora espiró todo el aire de sus pulmones y observó los rostros aliviados de sus amigas. Con aire triunfal, exclamó:

—¡Qué empiece la lucha!