51 #2
—Recibí tres cartas idénticas a estas durante mi inves-tigación.
Provenían de otras supervivientes de Peñagrande y, al igual que Garbo, todas negaron haberlas escrito.
Esta no era más que una de tantas artimañas que usaban las Cruzadas para hacerse con los bebés y aparentar cierta legalidad.
Señora Castillo, ¿usted fingió su embarazo?
El ama de casa hundió la cabeza.
—Sí. Sor María me aconsejó que colocara un cojín sobre mi vientre, bajo la ropa, unos meses antes de la llegada de Alejandro para que la gente no sospechara nada.
—¿Y sigue afirmando que al principio pensaba que era una adopción legal? ¿Tener que simular su embarazo no le pareció sospechoso?
—En aquel entonces, ser estéril era un estigma vergonzoso.
Más aún en una familia poderosa y conocida como la de mi exmarido.
Santiago estaba tan decepcionado por mi infer-tilidad que me plegué a todas sus exigencias y acepté el subterfugio del cojín.
Aunque, al final, resultó que yo no era la responsable de no conseguir formar una familia.
—¿Qué quiere decir?
—Al año de fallecer Santiago, volví a casarme y me quedé embarazada enseguida.
Aurora puso los ojos en blanco.
—Otra vez... Las mujeres siempre eran las culpables, pasara lo que pasara.
En el Patronato encerraron a muchas chicas por tener hijos frutos de una violación, a menudo incestuosa, o por ser rechazadas por sus novios.
Mientras tanto, fuera, los maridos obligaban a sus mujeres a asumir la deshonra de la infertilidad sin pensar ni por un segundo que ellos podían ser el problema.
Siempre igual. El hombre siempre tenía la razón y la mujer era la que pagaba las conse-cuencias.
En este instante, la puerta de la vivienda se abrió y unas carcajadas llenaron el espacio. Una voz masculina conversaba con una mujer de risa cristalina.
—¡Mamá! Ya hemos llegado.
La señora Castillo estaba paralizada. Unos pasos se acercaron.
El tiempo se dilató. Por fin, un hombre delgado, de pelo negro y ojos brillantes apareció en el salón, acompañado por una joven de unos veinte años.
La pareja contempló al grupo con desconcierto.
Sus miradas interrogaron a Inma-culada que permanecía inmóvil, el rostro descompuesto.
—Alejandro... —consiguió balbucear.
Alarmado, el hombre se acercó y sostuvo a su madre por el brazo.
—Mamá, ¿qué te pasa? ¿Quién es esta gente?
Alejandro miró de reojo a las ocho mujeres que esperaban, mudas. Sus ojos se posaron sobre Garbiñe y un ligero estreme-cimiento sacudió sus hombros.
—Estoy bien —lo tranquilizó Inmaculada al tiempo que tiraba de él hasta llegar a la altura de Garbiñe—. Te presento a Purificación.
Alejandro tragó saliva y se llevó las manos hasta su cabello oscuro.
Madre e hijo se observaron sin emitir palabra.
A su alrededor, el clan se había apartado y contemplaba la escena conteniendo la respiración.
Solo Igarne permanecía al lado de la vasca, sin soltar su mano.
Pasaron unos minutos eternos antes de que Alejandro avanzara un paso y preguntara:
—Eres mi madre... ¿verdad?
Garbiñe giró su rostro desencajado hacia la señora Castillo. Inmaculada juntó las palmas en un intento por mantener el control de su cuerpo y explicó:
—Cuando mi hija, Esperanza, vino al mundo, ya no pude soportar más la mentira.
No pude seguir ocultándole a mi hijo la verdad de su historia.
Pero, sobre todo, no pude tolerar por más tiempo el daño que le hicieron a su madre biológica.
El daño que le hice yo... Espe y Alejandro me regalaron una vida llena de amor.
Amor que entre todos, le robamos a usted, Garbiñe.
La señora Castillo lloraba con amargura.
Alejandro la consoló y con delicadeza, la llevó hasta el sofá donde esperó a que el temblor remitiera.
Ya calmada, Inmaculada acarició el rostro de su hijo y, con una sonrisa débil, le dio permiso para seguir con el relato.
Alejandro se levantó y encaró el grupo expectante de mujeres.
—Cuando tenía dieciséis años, mi madre me contó toda la verdad.
Me explicó todos los detalles de mi adopción, me enseñó todos los documentos, incluida esta asquerosa carta —espetó mientras señalaba el folio aún en manos de Aurora.
Avanzó hasta Garbiñe—. Ella me dijo cuánto me quisiste y me cuidaste cuando eras mi niñera.
Me aseguró que era del todo imposible que una mujer como tú hubiera podido abandonar a su hijo y, menos aún, escribir una carta tan horrenda.
Me habló de la relación tan especial que surgió de inmediato entre nosotros dos...
—Miró de reojo a Inmaculada y suspiró—. Entonces, vi cuánto sufría mi madre: no solo por el daño que había causado sino, también, por el miedo a perderme.
Aún así, ella me propuso ir en tu busca.
Garbiñe estudió la figura encogida en el sofá.
—Yo no sabía... —su voz se entrecortó. Respiró hondo y notó la presión de la mano de su hija sobre la suya—. Esta es Igarne. Es tu hermana pequeña.
Alejandro ladeó la cabeza. Sus ojos se habían humedecido.
—Encantado, Igarne. —Desplegó el brazo e invitó a Esperanza a que se acercara. La joven sonrió con timidez y se unió al grupo—. Esta es Espe, mi hermana.
Igarne se apartó de su madre, vaciló unos segundos y estrechó la mano de la chica con torpeza. Sin tiempo a reaccionar, Espe devolvió el apretón. Cuando se separaron, Igarne contempló a su hermano de pies a cabeza:
—Eres igualito a mi padre. Quiero decir, a nuestro padre.
Alejandro disimuló el temblor de sus labios. La voz débil de Garbiñe los interrumpió:
—¿Por qué no me buscaste?
Alejandro contrajo la boca y suspiró.
—No quería hacerle daño a mi madre. Le dije que esperaría a que ella estuviera preparada...
y a que yo lo estuviera también. Sin verbalizarlo nunca, supongo que tomé la decisión de esperar hasta el fallecimiento de mamá, aunque eso signi-ficara arriesgarme a no conocerte nunca.
—Garbiñe apretó los ojos con fuerza—. Lo siento, Purificación.
Garbiñe levantó los párpados.
—Me llamo Garbiñe. Y no me pidas perdón. Tú, menos que nadie. ¡Que ya nadie más pida perdón!
Unas lágrimas pesadas colgaban de sus pestañas.
—Muy bien, Garbiñe. —Alejandro tendió la mano hacia ella pero detuvo el gesto—. ¿Cómo se llama mi padre?
—Ander. Como tú.
Alejandro arqueó las cejas.
—Olvidaba que soy vasco —bromeó arrancando una leve sonrisa a Garbiñe—. Ander ... Me gusta.
—¿Tengo nietos?
—Sí, tienes una nieta. —Los rostros de Garbiñe e Igarne se iluminaron—. Tiene cinco años y una imaginación desbordante: ¡tiene amigos imaginarios con los que mantiene conversa-ciones a diario! Dice que les ayuda a cumplir misiones... ¡Cosas de niños!
El clan intercambió una mirada cómplice y sonrió por lo bajo. Un incómodo silencio se abatió sobre el salón. Por fin, Aurora anunció:
—Creo que puedo ayudaros a todos a curar en parte vues-tras heridas.
—¿A qué te refieres?
—Mañana nos reuniremos de nuevo. Os llevaré a presen-ciar una escena muy interesante. Confiad en mí.