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Garbiñe levantó la mirada hacia el imponente edificio señorial. Recordaba cada detalle de la elegante fachada de piedra blan-ca. La puerta doble del vestíbulo, siempre abierta, invitaba al clan a entrar sin anunciar su visita.
—¿Crees que seguirán viviendo en el mismo piso?
—Ahora mismo lo averiguaremos.
Sofía pasaba el umbral del inmueble cuando Anxela la detuvo.
—El apellido Ayamonte no aparece en el telefonillo pero sí el de la mujer, Inmaculada Castillo. ¿Llamamos?
—¿Y darles la oportunidad de avisar al portero para que nos eche?
Sin dar más explicaciones, la líder del grupo avanzó por el recibidor.
Aurora se encogió de hombros y la siguió.
Las demás la imitaron. Garbiñe permaneció inmóvil frente a la aldaba de bronce.
Su hija se acercó y observó el extraño ritual que su madre llevaba a cabo: la mano sobre el picaporte, la vasca sonreía con melancolía.
—¿Qué haces?
Garbiñe retiró los dedos.
—Cada vez que venía a trabajar, antes de subir, acariciaba esta cabeza de león. Pensaba que estaba hecha de oro, inocente de mí, y me imaginaba robándola para luego venderla y con el botín, escapar lejos de Madrid.
—Entiendo que pensaras que fuera valiosa. —Igarne con-templó el elegante vestíbulo—. En este barrio, todo es lujo y apesta a dinero.
—Estás en el distrito de Salamanca, txiki : la milla de oro de la capital. Aquí solo vive la élite madrileña. Por eso, en aquel entonces, nos pareció una buena oportunidad, tanto a mí como a Sofía, que yo entrase a cuidar de un niño de tan buena familia.
Igarne apretó los labios.
—No es oro todo lo que reluce.
—Subamos.
El sonido del timbre resonó en el interior de la vivienda.
Unos pasos rápidos se acercaron a la puerta.
Agrupadas en el amplio pasillo de la cuarta planta, las ocho mujeres intercambiaban miradas nerviosas.
Sofía se posicionó frente a la entrada, con Garbiñe a su espalda.
La llave giró en el cerrojo. Una anciana, menuda y reseca, apareció.
Mientras frotaba sus manos húme-das sobre un uniforme impoluto, observó al clan con descon-fianza.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarles?
Sofía dio un paso.
—Buenos días. Me llamo Sofía Duhalde y ésta, es Garbiñe Uriarte —explicó al tiempo que tiraba del brazo de su ami-ga—. Trabajó como niñera para los señores Ayamonte, hace mucho tiempo.
—Me conocen como Purificación Uriarte —corrigió Garbiñe.
La sirvienta frunció el ceño y contempló a las dos visitantes de arriba abajo. De repente, su rostro se iluminó.
—Sí... ¡Me acuerdo de la pequeña Puri! Soy Juana, la gobernanta. ¿Me recuerdas?
—¡Por supuesto, Juani ! Qué alegría volver a verla.
El ama de llaves respondió con una sonrisa para, segui-damente, volver a arrugar el entrecejo.
—¿Por qué han venido?
Sofía carraspeó y empleó un tono afable.
—Quisiéramos entrevistarnos con los señores.
Juana ladeó la cabeza.
—Querrá decir con la señora. Don Ayamonte faltó hace mu-chos años.
Sofía torció el gesto y recuperó la compostura de inmediato.
—¡Cuánto lo siento! Pero, ¿la señora estaría dispuesta a reci-birn...
—¡Juana!
Una voz interrumpió la conversación. Sin darle tiempo a su empleada para explicar la situación, la señora Castillo apareció y examinó al grupo de mujeres reunido en el corredor. Cuando sus ojos se posaron sobre Garbiñe, su rostro palideció.
—Buenos días, doña Castillo.
Garbiñe desafiaba a su antigua patrona. Inmaculada Casti-llo suspiró y dejó caer sus hombros.
—Hola, Puri. Llevo años esperando tu visita. Por favor, pasa. Pasad todas.
En fila india, la comitiva siguió a Juana hasta una amplia sala.
Bañado por la tímida luz de invierno, el salón se abría frente al parque del Retiro.
Garbiñe daba vueltas sobre sí misma mientras contemplaba la lujosa estancia.
No reconocía ni los muebles de diseño moderno ni el brillante parquet de espiga que reflejaba los grandes ventanales cual espejo impoluto.
Nada quedaba del antiguo estilo clásico y ostentoso del que tan orgulloso se mostraba el fallecido propietario.
Inmaculada adivinó los pensamientos de su antigua niñera.
—Cuando Santiago murió, cambié toda la decoración. Estoy muy contenta con el resultado.
La frivolidad del comentario irritó a Igarne. Se disponía a intervenir cuando Aurora la detuvo. La joven se mordió el labio inferior y cruzó los brazos. Sofía tomó la palabra:
—Señora Castillo, intuyo por su comentario al recibirnos que conoce las razones de nuestra visita.
La anfitriona asintió.
—Juana, por favor, prepara café. —Cuando la empleada hubo desaparecido, Inmaculada invitó a sus convidadas a sentarse. Ninguna movió un músculo—. Hablemos de pie, entonces. Puri, no sé por dónde empezar...
—Garbiñe. Me llamo Garbiñe.
—Muy bien... Garbiñe. Supongo que tu presencia en mi casa significa que has descubierto la verdad sobre mi hijo, Alejandro.
— Mi hijo. Ander. Y deje de tutearme. Ya no soy ninguna niña a la que pueda despreciar.
La señora Castillo reaccionó con sorpresa.
—Yo nunca te... la desprecié. Siempre la traté con respeto y cariño.
—Sería por el sentimiento de culpabilidad que sufría enton-ces, si es que era capaz de sentir tal cosa —escupió Igarne, el rostro encendido.
—Esta es mi hija, Igarne. La hermana de Ander —explicó Garbiñe al comprobar el desconcierto de su adversaria.
Inmaculada pasó sus delicadas manos por su cara. Cuando las retiró, su rostro había envejecido. Con gesto cansado, se acercó al sofá de cuero blanco y se dejó caer sin importarle ya las apariencias.
—Mi exmarido era un hombre despiadado —empezó sin preámbulo—.
No sé si usted y la señora Duhalde se dieron cuenta de ello en aquel entonces, pero solía ser violento, no solo conmigo, sino también con Alejandro.
Nunca le levantó la mano encima al niño pero lo trataba con dureza e indiferencia.
Lo despreciaba por no ser su hijo biológico.
Jamás aceptó la idea de tener un hijo que no fuera de su propia sangre... un niño adoptado.
—Emplee la palabra correcta, señora Castillo: robado . Ustedes no adoptaron a Ander. Me lo robaron. Y si su marido no quería un hijo que no fuera suyo, ¿por qué aceptó acoger a un niño ilegítimo?
—Al principio, yo no sabía que la adopción fuera ilegal.
—No ha contestado a mi pregunta.
—Santiago era muy devoto. Cuando un amigo suyo le comentó la posibilidad de adoptar a un niño desamparado bajo la premisa de actuar como un buen cristiano, se dejó con-vencer y contactó con sor María.
—¿Se refiere a la superiora de Peñagrande?
—Sí. Nos aseguró que muchas internas deseaban darle a sus hijos una vida mejor de la que ellas mismas podían ofre-cerles.
—¡Mentira! La mayoría de nosotras nunca aceptamos sepa-rarnos de nuestros bebés.
—Me enseñó una carta suya explicando a su hijo las razones de su abandono.
—¡Yo nunca escribí tal cosa!
—Con permiso. Ahora mismo vuelvo.
La señora Castillo se levantó y desapareció por el pasillo.
Garbiñe se sentó frente al sofá solitario, la mirada perdida.
El grupo la rodeó formando un círculo protector.
Sola, Igarne permanecía firme frente al corredor, sus brazos ahora tendidos y rígidos a cada lado.
Con semblante tenso, vigilaba la vuelta de la señora de la casa.
Por fin, ésta volvió con una carpeta aferrada contra el pecho.
Con paso lento, se acercó a Garbiñe y le tendió el portafolio desgastado.
—Esta es toda la documentación que me queda de la adop-ción.
Garbiñe negó con la cabeza y señaló a Sofía. La líder del clan sujetó la carpeta con cuidado y extrajo una carta escrita a mano. Con tono firme, leyó su contenido:
[7] Llevo algo dentro de mis entrañas
que no lo puedo querer.
Pobrecito niño, que ahora vas a nacer,
si supieras lo triste que me pongo
cuando pienso lo que contigo voy a hacer.
Pero piensa, niño pequeño, que es mi deber.
Me gustaría que, si algún día te enteras
que tu madre no te quiso,
me puedas perdonar
porque, hijo mío,
yo no te puedo guardar.
No ya por mis padres, ni por dinero,
sino porque no te quiero.
Oh ! Pero no llores, mi niño pequeño,
que solo no vas a estar en el mundo.
Tendrás unos padres que te van a querer más
que nadie, y por supuesto, más que yo.
Purificación Uriarte Aracama.
Sofía terminó la lectura con apenas un hilo de voz. Cuando levantó la mirada del papel, descubrió el rostro descolorido de Garbiñe.
—Garbo, ¿estás bien?
Un gemido gutural brotó de su garganta. Igarne se arrodilló a sus pies.
Las dos mujeres lloraron largo rato juntas: una de pena, la otra de rabia.
Por fin, Garbiñe consiguió calmarse y acarició la cabeza rapada de su hija, apoyada sobre sus piernas.
Cuando la joven se apartó, Garbiñe se incorporó y enfrentó los ojos empañados de la señora Castillo.
—Yo nunca escribí esta basura.
—Lo supe en cuanto la conocí, Garbiñe. Cuando su visi-tadora social, la señorita Duhalde, contactó conmigo para proponerme sus servicios como niñera, enseguida reconocí los apellidos de la carta de abandono.
—¿Por qué aceptó que entrara en su casa una mujer capaz de renunciar a su propio hijo?
—Quería saber quién era usted. Quería entender cómo una mujer, bendecida con el regalo sagrado de la maternidad, podía desentenderse de su niño. Y entonces, la conocí y supe que todo era mentira.
—¿Por qué siguió con esta farsa? ¿Por qué dejó que cuidara de mi propio hijo sin conocer su identidad real?
—Era demasiado tarde. Yo quería a Alejandro con locura.
¡Era mi hijo! —Unas lágrimas pesadas rodaron por las meji-llas de Inmaculada—.
No podía separarme de él. Pero enseguida pude notar cómo Alejandro conectaba con usted.
Fue amor a primera vista. Mi corazón se partía en mil pedazos cada vez que mi bebé reclamaba sus brazos en vez de los míos.
Usted, Garbiñe, lo tenía como hechizado, como embrujado... Era amor en estado puro.
—La sangre llama a la sangre —concluyó Sofía.
Aurora, que había vuelto a leer la carta, intervino: