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—¿Hola?
—Hola, Aurora. Soy Sofía. Perdona por llamar tan tem-prano pero no aguantábamos más tiempo en la cama. Creo que ninguna ha dormido esta noche.
—No te preocupes. Yo tampoco he pegado ojo. Aún no he recibido noticias de mi contacto. Son las ocho. El Registro Ci-vil no abre hasta dentro de una hora.
—Lo sabemos.
—Veníos a casa. Os prepararé café con leche.
—Ya estamos en tu portal.
Aurora rió mientras descolgaba el telefonillo del video-portero.
Los bostezos se contagiaban alrededor de la mesita baja.
Las tazas humeantes esparcían el agradable perfume del café recién hecho.
Igarne escuchaba distraída la conversación de sus mayores cuando su móvil vibró en su bolsillo.
Con discre-ción, echó un vistazo a la pantalla, resopló y lo devolvió a sus vaqueros.
—¿Todo bien, brujita ? —preguntó Alice.
—Sí, no te preocupes.
—Tengo que preguntártelo... ¿Era Sam?
Igarne sonrió frente a la indiscreción de su amiga.
—Sí.
—¿No le contestas?
—No. Esa fase de mi vida terminó. —Igarne dio palma-ditas sobre el muslo de Alice, sentada a su lado—. Ya puedes quedarte tranquila, ¡cotilla!
—Me alegro. Otra cosa: ¿has vuelto a soñar?
—No. Pero no me preocupa. Soco ha cumplido con su co-metido. Ya se ha ido en paz. Lo noto.
A su lado, la mención de unos apellidos famosos llamó su atención:
—...me temo que tanto el doctor Vela como sor María Gómez Valbuena se saldrán con la suya.
—¿No crees que los jueces terminarán condenándolos?
—Es posible pero tardarán muchos años en llegar a una conclusión. Demasiados. Lo más probable es que estos dos mueran antes de sufrir ninguna sentencia condenatoria.
—Entonces, ¿no se hará justicia?
—¿Justicia? ¿Quién sabe...? Por lo menos, están sentados en el banquillo de los acusados y tienen que contestar a las preguntas de un juez de manera pública. Es un consuelo, una pequeña revancha.
—Una pequeña revancha, sí, pero con el poder de ensom-brecer la memoria de los verdugos. Y contra la mancha, no hay redención.
El tono de un móvil sobresaltó al clan. Aurora se levantó y comprobó la pantalla de su teléfono.
—¿Es tu contacto?
—Sí. Me manda un correo electrónico. —La escritora se sentó frente a Garbiñe y le tendió el móvil—. Solo tienes que pulsar el botón «abrir» y tendrás todas las respuestas.
Garbiñe alargó el brazo hasta rozar el aparato con dedos temblorosos.
—¿Podrías imprimirlo? Prefiero que descubramos su conte-nido todas juntas.
Aurora se dirigió hacia su escritorio al tiempo que Igarne se acomodaba al lado de su madre. Cuando la anfitriona volvió con el folio en mano, Garbiñe sintió sus fuerzas flaquear.
—Ya lo leo yo, ama .
Igarne dejó la partida de nacimiento sobre la mesita del salón, a la vista de todas.
[6] REGISTRO CIVIL DE FUENCARRAL
Número: 6724
A las veinte horas del día de la fecha, se ha cumplido lo dispuesto en el artículo 47 de la Ley, mediante notificación, en la forma prescrita en el 182 del Reglamento, realizada personalmente a Dª Inmaculada Castillo Aguilar que figura en la inscripción principal de este folio como madre del inscrito Alejandro Ayamonte Castillo
En Madrid, a dos de noviembre de mil novecientos setenta y cinco
El Juez Encargado: D. Avelino Ruiz Gonzalez El Secretario: D. Teodoro Martín Sanz
DATOS DEL INSCRITO:
Nombre: Alejandro
Primer apellido: Ayamonte
Segundo apellido: Castillo Sexo: Varón
Hora de nacimiento: Diecisiete
Día: Dos Mes: Noviembre Año: Mil novecientos setenta y cinco
Lugar: Clínica San Ramón, Paseo de la Habana, 143, Madrid
PADRE: D. Santiago Ayamonte Hidalgo Nacido en: Madrid . El: 4 de: Abril de: 1931
Estado: Casado
Nacionalidad: Española Domicilio: C/ de Alcalá, nº87
Profesión: Abogado
MADRE: Dª Inmaculada Castillo Aguilar
Nacida en: Madrid El: 16 de: Julio de: 1935
Estado: Casada
Nacionalidad: Española
Domicilio: C/ de Alcalá, nº87
Profesión: Sus labores
OBSERVACIONES:
ENCARGADO: D. Avelino Ruiz Gonzalez
SECRETARIO: D. Teodoro Martín Sanz
A las: Veinte horas del: Dos de: Noviembre de: Mil novecientos setenta y cinco
Cuando Igarne terminó de leer el documento, levantó la mirada hacia el rostro lívido de su madre.
—¿Qué te pasa, Ama ? Me estás asustando.
Garbiñe balbuceó:
—Alejandro... ¡Mi niño es Alejandro Ayamonte!
Anxela y Sofía se llevaron las manos a la boca. Sus hijas las observaban sin entender.
—¿Qué ocurre? ¿Es qué conocéis a ese tal Alejandro?
Garbiñe se levantó y enfrentó los ojos de Sofía.
—¿Tú lo sabías?
La matriarca se levantó a su vez, escandalizada.
—¡Garbo! ¡Por supuesto que no! ¿Cómo puedes pensar eso?
La vasca sacudió la cabeza.
—Perdóname. Ya no sé ni lo que digo.
—¡Calma! Todo esto tendrá una explicación —intervino An-xela—. Sentaos.
— ¿ Qué está pasando?
Las jóvenes no obtuvieron respuesta. Anxela observó de soslayo a sus dos amigas y, por fin, retomó la palabra:
—Alejandro Ayamonte era el bebé del que cuidaba Garbiñe durante su formación como puericultora en Padre Damián.
Las chicas abrieron los ojos de par en par.
—No entiendo nada —exclamó Igarne, enloquecida—. ¿Qué mente enferma roba a un niño de los brazos de una ado-lescente para luego dejarlo al cuidado de esa misma madre biológica sin su conocimiento?
—No sabemos si la señora de Ayamonte era consciente de quién era su niñera.
—¡Oh, vamos! ¡Sería demasiada casualidad, Sofía! Incluso para el clan, eso es demasiado enrevesado.
Aurora, que no había vuelto a hablar desde la lectura del documento, se llevó un chicle a la boca y concluyó con tran-quilidad:
—Solo hay una manera de sacar todo este embrollo en claro. Terminad vuestros desayunos. —Se inclinó sobre el informe del Registro Civil y comprobó la dirección—. Nos vamos a la calle de Alcalá, número 87.