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Apoyada sobre la barandilla del balcón, Igarne observaba el halo naranja que cercaba la farola frente a ella. Sofía se acercó con cuidado.
—¿Qué buscas?
Sin dejar su cometido, la joven aspiró una profunda calada de su cigarrillo.
—Nieve. Esperaba tener suerte y ver unos copos blancos en Madrid. En Valencia, nunca nieva pero aquí, con el frío que hace, pensaba que alguno caería. Mi gozo en un pozo...
—En los montes navarros de mi niñez, sí que disfrutá-bamos de nevadas importantes. Era un espectáculo sobre-cogedor.
—¿Sabes que mis padres nunca me llevaron al norte?
Sofía imitó a su discípula y se apoyó contra la barandilla.
—Son muchos recuerdos y ausencias dolorosas. Supongo que tu madre aún no está preparada para volver.
—Pero sí que volvió a Padre Damián hace unos años para presenciar su destrucción y ahora a Peñagrande.
—Tiene que cerrar las heridas una a una, paso a paso.
—¿Cómo está ama ?
—Está hablando con tu padre por teléfono.
Igarne espiró la última bocanada y lanzó la colilla hacia el cielo oscuro.
—Tengo tantas preguntas...
Sofía extendió el brazo hacia el interior iluminado de la vivienda.
—Estás en casa de la mayor experta sobre el Patronato y tienes a mano todos sus archivos. Si no encuentras respuestas aquí, ¡no las hallarás en ninguna parte!
Sentadas en el sofá del salón, Anxela y Sofía mantenían una conversación discreta con sus hijas y Alice. Garbiñe seguía al teléfono, encerrada en el dormitorio de Aurora. La anfitriona e Igarne, ellas, repasaban unos documentos impresos que ocu-paban gran parte del escritorio.
—No lo entiendo. Al margen de unos pocos informes, la razón del ingreso de las chicas nunca fue la prostitución. ¿No era ese el objetivo principal y la razón de ser del Patronato? ¿Erradicar la prostitución?
—Esa es la patraña que nos vendieron: perseguir la prostitución y a las mujeres que la practicaban, las llamadas «caídas».
Pero su intención era mucho más ambiciosa, por lo que añadieron la coletilla perfecta: «mujer caída o en riesgo de caer».
Y allí, entraba cualquier chica que no se ajustara al patrón de conducta impuesto por Franco y por el nacionalcatolicismo: las rebeldes, las librepensadoras, las pecadoras, las impías, las homosexuales, las vagas, las pobres, las opositoras al régimen, las solteras embarazadas, las portadoras del gen rojo y un largo etcétera.
Todas las que no encajaban con la idea del perfecto ángel del hogar , o sea el modelo de mujer decente y sumisa, eran carne de Patronato y debían ser redimidas.
—¿Qué es el gen rojo ?
Aurora torció el gesto.
—Busca a Antonio Vallejo-Nájera en internet y lo enten-derás.
—¿Quién es?
—El psiquiatra oficial del régimen franquista.
Nuestro Josef Mengele particular. Este médico no solo afirmaba que las mujeres eran seres inferiores a los hombres sino que también alegaba que la transmisión de los valores tradicio-nales de la futura España recaía sobre los hombros de las madres.
Dicho de otra manera, para que la ideología franquista triunfara de forma permanente, había que educar, más bien adoctrinar, a estas jóvenes madres con los valores del Estado para que ellas, a su vez, inculcaran esos mismos valores a sus hijos.
Y para asegurar la pureza del linaje de nuestro país, había que eliminar a las portadoras del gen rojo , o sea a toda mujer que no comulgara con los preceptos del régimen: las rojas .
—¿Cómo pensaban conseguir esto?
—Controlando la sexualidad de las mujeres y reedu-cándolas. Y ¿quién se ocupaba de esta misión sagrada? Por supuesto, la Iglesia y el Patronato, siempre dirigidos en última instancia por hombres.
—¿No habían mujeres en los puestos directivos del Patro-nato?
—La verdad es que sí. De hecho, Carmen Polo, la mujer del dictador, era su presidenta de honor.
—¡Cómo no! Ya sabemos todas lo que significa ser presi-denta «honorífica»... ¡Qué ni pinchas, ni cortas!
—¡Tú lo has dicho! Ni ella ni las mujeres presentes en las juntas directivas del Patronato tenían ningún poder real. Al fin y al cabo, se limitaban a secundar el mandato masculino, convencidas de que éste siempre era el acertado.
—Pero, siendo ellas mismas mujeres, ¿cómo podían apoyar el encierro y la tortura a los que la institución sometía a miles de chicas inocentes?
—No nos equivoquemos: lo que pasó en los reformatorios nunca fue una lucha de mujeres contra mujeres. No lo fue en el caso de las celadoras ni de las visitadoras sociales, ni tan siquiera de las monjas.
—¿Qué quieres decir?
—Esas mujeres, las trabajadoras sociales y las religiosas, estaban al servicio de una institución que no se cuestionaba.
Solo ponían en práctica la doctrina machista con la que se le había llenado la cabeza a una generación entera de españoles.
No dudaban de su buen hacer. Pensaban realmente estar actuando de forma acertada en su misión para salvar a la nación.
¿Qué métodos usaban? Los mismos que en las cárceles —Aurora levantó los dedos—: «la disciplina de un cuartel, la seriedad de un banco y la caridad de un convento».
—¿Por qué entrecomillas esta frase?
—Fue el lema con el que Máximo Cuervo, el director general de prisiones después de la Guerra Civil, administró todas las cárceles del país. No es de extrañar que tu madre y las demás internas de Peñagrande lo pasaran tan mal.
—¿Qué tiene que ver esa maternidad con las cárceles?
—Las monjas que dirigían la cárcel de la Trinitat de Barcelona eran las mismas que gestionaban Peñagrande: las Cruzadas Evangélicas.
Igarne arrugó la frente.
—¿Monjas carcelarias?
—Toda una contradicción, ¿verdad? Pero así fue. Sometían a las presas a tratos vejatorios, trabajos forzados e humilla-ciones... ¿Te suena?
—Lo mismo que le hicieron a las internas de Peñagrande.
—¡Exacto! Copiaron y aplicaron dentro del Patronato los mismos procedimientos que en las prisiones: maltrataban, incomunicaban y adoctrinaban tanto a niñas embarazadas en los centros del Patronato como a mujeres rojas en las cárceles.
—Así que, sin saberlo, mi madre y mi abuela sufrieron las mismas torturas.
Aurora asintió con los puños apretados.
—En 1976, un grupo de feministas se manifestó para echar a las Cruzadas de la cárcel de la Trinitat. Sabiendo que manifestarse era uno de los motivos por el que ingresaban a las chicas en los reformatorios, estas mujeres fueron todo un ejemplo de valentía.
—¿Lo consiguieron?
—Sí: en 1978, las religiosas fueron remplazadas por fun-cionarias de prisiones. Las internas de Peñagrande, ellas, tuvieron que esperar algunos años más... Solo cerraron la maternidad en 1983. En plena democracia.
Igarne sacudió la cabeza.
—Mi madre, Anxela y Sofía nos han contado muchos de los horrores que vivieron en Padre Damián pero sé que no nos dicen toda la verdad. Me gustaría que tú fueras más sincera, menos protectora...
—¿Qué quieres saber?
—¿Hasta qué punto llegaba la crueldad de las monjas?
Aurora fijó la mirada sobre el rostro decidido de Igarne.
—Ya sabes lo que nos hicieron las Adoras y las Cruzadas en los reformatorios. También os he contado mi paso por el manicomio de Ciempozuelos. Pero existían otras instituciones terroríficas: los orfanatos y los preventorios.
—¿Preventorios?
—Eran edificios destinados a la prevención de ciertas enfermedades como la tuberculosis infantil.
O eso decían. En realidad eran auténticos campos de concentración para niños.
Al llegar al preventorio, lo primero que se hacía era rapar la cabeza de las chiquillas.
Uno de los testimonios que más me impactó fue el de una interna que me explicó cómo las monjas les obligaban a ingerir comida agusanada.
Si las niñas no conseguían retener esa bazofia en sus estómagos y la vomitaban, las ponían de rodillas sobre el suelo y les obliga-ban a comer su propio vómito.
—¡Qué horror!
—En los orfanatos, humillaban a las niñas que se meaban en la cama forzando a las demás internas a formar un círculo a su alrededor y a reírse de la meona de turno.
Ese era el castigo menos severo ya que la otra variante era mucho más cruel: consistía en frotar ortigas en sus partes íntimas.
También corregían a las internas obligándoles a lamer el suelo for-mando cruces con la lengua, hasta que ésta se quedaba negra durante varios días.
Igarne tapó sus oídos con las manos y exclamó:
—¡Basta!
El grupo reunido en el salón giró la cabeza hacia el escri-torio. En ese instante, Garbiñe salió de su escondite y sonrió con los ojos enrojecidos a sus compañeras.
Sofía se levantó y fue a su encuentro.
—¿Qué te ha dicho Ander?
—Cuatro palabras: «encuentra a nuestro hijo».
Sofía acogió a su amiga entre sus brazos y acarició su pelo alborotado.
—Chicas, nos vamos al hotel. Mañana nos espera un día largo.