No habrá más noche 48
82%

48

El viento gritaba tras los cristales del salón y engullía la voz de Aurora mientras tecleaba con frenesí. Hipnotizado por el movimiento incesante de sus dedos, el clan iba perdiendo su lucha contra el cansancio. Los párpados ya se rendían al sueño cuando la escritora exclamó:

—¡Acercaos!

Siete cabezas asomaron por encima de sus hombros.

—¿Qué estamos mirando?

En la pantalla, decenas de ventanas abiertas se solapaban creando una amalgama de folios amarillentos, cartas mecano-grafiadas y gráficos desvaídos.

—Estos son todos los documentos originales que he podido reunir hasta ahora. Solo es el principio. No hay día en que no reciba nuevos archivos a mi cuenta de Facebook, la mayoría de parte de fuentes anónimas. El goteo es constante.

—Todo esto suena a peli de espías...

—No vas desencaminada, Eva: no es raro que me convo-quen en un descampado en plena noche para entregarme nuevo material. Tampoco son inusuales las amenazas.

—¿Quién querría intimidarte?

—Los de siempre.

—¿La Iglesia?

—Religiosos, políticos, médicos, jueces... Hay mucha gen-te interesada en que esta parte de la Historia siga en el olvido.

Las jóvenes intercambiaron una mirada sorprendida al comprobar la pasividad con la que sus mayores recibían estas informaciones.

—Mamá, ¿no tienes nada que decir? ¿Esto te parece normal?

Sofía levantó el rostro hacia su hija.

—¿Es que no has atendido mis lecciones durante todos estos años, Eva?

—Una cosa es escuchar vuestras vivencias dentro del Pa-tronato y otra muy distinta descubrir que podríamos estar en peligro.

Sofía se enderezó con los puños en las caderas y contempló a sus discípulas con dureza.

—Las internas convivieron a diario con el peligro durante su encierro. No son un par de llamadas o correos electrónicos más o menos intimidatorios los que nos van a detener ahora.

Las jóvenes agacharon la cabeza y volvieron a la pantalla. Aurora señaló un disco pintarrajeado de azul y de rojo. Sin darse la vuelta, preguntó:

—¿Lo reconocéis?

—El reloj moral —gruñó Anxela.

—Tengo muchos informes completos sacados de los Centros de Observación y Clasificación. También otros tantos de diferentes reformatorios instalados por toda la geografía española, desde Villalba, al Maria Goretti de Vigo o San Fernando de Henares.

Aurora abría y cerraba los archivos sin parar.

—Son idénticos a los que conservaste de tu trabajo como visitadora social, mamá.

—Sí, Eva. Eran todos muy parecidos.

—Las razones por las que ingresaban las chicas también se repetían, una y otra vez.

Aurora deslizó varios escritos y enumeró los motivos por los que se solicitaban el encierro de las mujeres en alguno de los correccionales del Patronato: «fugas repetidas de casa», «actitudes histeroides y espectáculos dirigidos a llamar la atención», «no obedece a su madre, le gusta mucho la calle y no quiere trabajar», «es remisa a la práctica de la piedad», «peligro moral», «atrevida», «rebeldía», «madre soltera», «homosexualidad», «haberse ido con las comparsas de la ar-tista de cine Marisol».

—Esto último es una broma, ¿verdad?

—Eso pregunté yo al llegar a Padre Damián —recordó Anxela—. Te contestaré lo mismo que me respondieron en aquel entonces: allí dentro, nada era broma.

Garbiñe posó su mano sobre el hombro de Aurora.

—¿Tienes algo sobre Peñagrande?

La escritora asintió. Abrió el buscador de internet y accedió al apartado de mensajes de su cuenta de Facebook.

—Esto es muy extraño. Al poco tiempo de que Sofía con-tactara conmigo hace un mes, recibí este mensaje. Procede de una cuenta anónima. —Aurora se apartó—. Es para ti, Garbo.

Garbiñe abrió los ojos como platos y leyó en voz alta: «Tengo unos documentos que pueden interesarle.

No quiero revelar mi identidad. Solo diré que proviene de una herencia que me dejó mi tía.

Fue monja en Peñagrande. Huyó de la maternidad de Nuestra Señora de la Almudena y luego de Madrid, sin dar explicaciones.

Nadie supo nada más de ella hasta su muerte. Espero que le sea de utilidad».

Un escalofrío recorrió el grupo.

—¿Por qué dices que es para mí?

—Porque los documentos adjuntos llevan tus apellidos —contestó Aurora—.

Durante mi encierro en el Patronato, no llegué a relacionarme con otras chicas del País Vasco que no fuerais tú y Sofía.

También fuisteis las únicas, con Anxela, en revelarme vuestros apellidos.

Por eso, recordé y reconocí enseguida los tuyos.

—¿Por qué no me avisaste en cuanto recibiste esta infor-mación? —preguntó Sofía.

—Porque no sabía si Garbo quería remover el pasado.

Son temas muy delicados y siempre espero a que las supervivientes se pongan en contacto conmigo, nunca al revés.

Ya os expli-qué que muchas no quieren ser encontradas.

Cuando supe que Garbo te acompañaba en tu viaje a la capital, pensé que ella debía de ser la primera en leer este informe. Por estas razones, esperé hasta ahora.

Aurora se giró hacia Garbiñe.

—¿Estás preparada?

—Adelante. Abre el documento.

[5] REGISTRO CIVIL DE FUENCARRAL

Número: 6724

A las ... horas del día de la fecha, se ha cumplido lo dispuesto en el artículo 47 de la Ley, mediante notificación, en la forma prescrita en el 182 del Reglamento, realizada personalmente a Dª  Purificación Uriarte Aracama

que figura en la inscripción principal de este folio como madre del inscrito Andrés Uriarte Aracama

En Madrid, a dos de noviembre de mil novecientos setenta y cinco.

El Juez Encargado: D.

El Secretario: D.

DATOS DEL INSCRITO:

Nombre: Andrés

Primer apellido: Uriarte

Segundo apellido: Aracama

Sexo: Varón

Hora de nacimiento: Diecisiete

Día: Dos Mes: Noviembre Año: Mil novecientos setenta y cinco

Lugar: Madrid, Institución Nuestra Señora de la Almudena. C/ Isla Malaita nº2

PADRE: D

Nacido en:     El.:    de   de

Estado: Nacionalidad: Domicilio: Profesión:

MADRE: Dª Purificación Uriarte Aracama

Nacida en: Bilbao El: 28 de: Octubre de: 1959

Estado: Soltera

Nacionalidad: Española

Domicilio: Profesión: Sus labores

OBSERVACIONES: Nombre del padre a efectos identificadores: «Andrés»

ENCARGADO: D.

SECRETARIO: D.

A las: Diecisiete horas del: Dos de: Noviembre de: Mil novecientos setenta y cinco.

—¿Qué es esto?

Garbiñe leía y releía el documento sin entenderlo.

—Es la partida de nacimiento de tu hijo.

—Nunca había visto este papel antes. Y nunca rellené ningún formulario para el Registro Civil. ¿Cómo lo iba a hacer si se suponía que mi niño había muerto al nacer?

Aurora resopló.

—Lo sé.

—¿Por qué pone aquí «notificación realizada personal-mente a Dª Purificación Uriarte Aracama»? Yo no sé nada de todo esto. Y ¿por qué el documento está incompleto? ¿Por qué no aparecen los nombres del juez y del secretario?

—Garbo, cálmate y escúchame con atención. En Peña-grande, se robaban niños.

—¡Eso ya lo sé!

Aurora le pidió paciencia.

—Durante los partos que se atendieron en la dichosa maternidad, quienes rellenaban estos documentos no eran las religiosas: eran las propias internas designadas por la monja presente durante el alumbramiento.

—¡Eso es imposible! —exclamó Igarne, fuera de sí—. La mayoría de esas chicas eran unas niñas. ¿Cómo iban ellas a hacer las veces de secretarias?

—Pues así era. También se les obligaba a ayudar a sus compañeras durante el parto. Imaginaos: unas muchachas inexpertas que apenas habían empezado a vivir... Así que rellenar un papelito con lo que les ordenaban las monjas era lo de menos. Aunque supieran que la información era falsa.

Garbiñe apretó la mandíbula.

—Pero aquí todo parece correcto.

—Exacto. Y por esta razón, esta partida de nacimiento en concreto nunca llegó al Registro Civil.

—¿Qué quieres decir?

Aurora posó su mano sobre el brazo de Garbiñe.

—Este documento demuestra que alguien rellenó la partida de nacimiento de tu hijo con los datos reales e intentó hacerla llegar al Registro Civil. Pero fracasó. Por eso, no están estampadas las firmas de los representantes legales.

—No entiendo nada.

—Ésta es la prueba de que tu hijo no murió durante el parto y que alguien intentó impedir su adopción ilegal.

Garbiñe se debatía entre el llanto y la alegría.

—Mi hijo está vivo...

—Garbo, dices que todos los datos son correctos, ¿no?

—Así es.

—Entonces, explícame ¿cómo es posible que el nombre de Andrés aparezca si no lo escribiste tú? ¿Cómo nadie podía saber el nombre de tu hijo si ni siquiera llegaste a verlo vivo para darle nombre?

Garbiñe permaneció inmóvil durante unos segundos.

—Solo dos personas en Peñagrande sabían el nombre que pensaba ponerle a mi bebé: Ander, Andrés en castellano.

—¿Quiénes eran?

—Una era Soco, mi mejor amiga. Pero ella se suicidó pocas horas antes de que yo diera a luz.

—¿Y la otra?

—¡Mise! ¡Sor Misericordia! Ella estaba presente en la sala de partos aunque luego desapareció de mi vista. Era la única que se preocupaba por nosotras dentro de esa cárcel. ¡Ella rellenó la partida de nacimiento de mi hijo!

—Tiene sentido: recordad que la fuente anónima que me mandó esta documentación explicaba que provenía de su tía y que ésta fue monja en Peñagrande...

Muy bien. Ya conocemos la identidad de tu aliada.

Ella no consiguió su cometido pero puedo asegurarte que se la jugó por ti.

Robó otros tantos informes que aparecieron en su herencia y que me han ayudado a restablecer parte de la verdad de otras internas.

Garbiñe sonrió con tristeza.

—Mise... Y ahora, ¿qué hacemos?

—Necesitamos saber si las religiosas de Peñagrande lle-garon a inscribir a tu niño en el Registro Civil de Fuencarral y con qué datos. En este punto, tengo una mala y una buena noticia.

—Cómo no.

—La mala noticia es que, en la mayoría de las adopciones ilegales, las monjas rubricaban el nombre y los apellidos de la adoptante como los de la madre biológica del recién nacido.

Es decir que solo aparecen los datos de la adoptante.

No queda ni rastro de la madre biológica.

Si ese es tu caso, Garbo, no hay nada que hacer.

En el Registro, no encontrarás ningún documento relacionado con tu hijo como «Andrés Uriarte Aracama», ni contigo.

En estas condiciones, es imposible seguir ningún indicio.

Garbiñe apretó los labios.

—¿Y la buena noticia? —preguntó Sofía.

—La buena noticia es que sor Misericordia era una mujer inteligente y nos dejó una pista muy valiosa.

Garbiñe repasó el documento.

—No veo cuál.

—Un número de expediente.

—¡Es verdad! El 6724.

—En todas las partidas de nacimiento que Mise rellenó, robó y llegaron a mis manos, aparecen los números de expediente correspondiente a la partida falsa con el que las monjas inscribían a los bebés en el Registro Civil.

—¡Qué crack ! —exclamó Igarne.

—¿Pero cómo consiguió estos números de expedientes?

—Le he dado muchas vueltas a esta misma pregunta. La única explicación posible es que Mise tuviera acceso a las partidas falsificadas en la mismísima maternidad.

—Toda la documentación de Peñagrande se conservaba en la oficina de la madre superiora —recordó Garbiñe.

—¡Pues tu monja favorita se coló en su despacho!

No hay otra opción plausible. Con los expedientes falsos en su poder, Mise tuvo que atar cabos entre fechas, horas y sexo de los bebés.

De esa forma, pudo apuntar en sus propios documentos auténticos los números de expedientes correspondientes a cada uno de los partos en los que estuvo presente.

Por desgracia, no pudo ayudar en los partos a los que no asistió, ya que no podía conocer la identidad real de la madre.

—Todo esto está muy bien pero ningún funcionario nos entregará una partida de nacimiento solo con un número de expediente —se quejó Sofía—. Si los apellidos registrados son los de la madre adoptiva y no los de Garbo, no tenemos dere-cho a reclamarlos.

—Tienes toda la razón. Pero tengo un as en la manga.

—Au-rora guiñó un ojo—. Cuento con muchos enemigos dispuestos a ponerme las cosas difíciles, cierto.

Pero tengo otros tantos amigos trabajando para la Administración de nuestro país...

y uno en particular, muy descontento con su jefe del depar-tamento del Registro Civil de Fuencarral.

—Aurora tecleó un texto corto, pulsó el botón «enviar» y levantó los brazos con aire satisfecho—.

Mañana a primera hora, tendremos respuesta. Encontraremos a Andrés.

— Ander —rectificó Garbiñe.