No habrá más noche 47
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Apartado en el rincón de una ruidosa cafetería, el clan espiaba la conversación de unas adolescentes, sentadas a una mesa vecina.

—Mi madre me dice que aproveche bien este finde porque será el último que tenga libre hasta que recupere los sus-pensos. Está insoportable, de verdad...

—Pero si solo suspendiste dos. Tampoco es para tanto.

—Ya sabes cómo es. Siempre con el mismo rollo: que si en su época no se le habría pasado por la cabeza contestarle a su madre, que si la abuela la amenazaba con mandarla al refor-matorio y esas tonterías.

—Mi madre también me cuenta esas movidas. Lo que pasa es que en aquel entonces, las chicas se tragaban todas esas historias del coco. ¡Qué ridículas! Eran leyendas que se inven-taban las viejas para acojonarlas.

—La mía estuvo con las monjas y tampoco fue para tanto.

—¿Salimos a fumar un piti ?

Arrastraron las sillas con estruendo y salieron el local.

Sofía compartió una sonrisa con sus compañeras. Igarne, que no había soltado la mano de su madre desde su visita a Peñagrande, apretó los delicados dedos de Garbiñe. Con- centradas en sus humeantes cafés con leche, ninguna se atrevía a romper el silencio. Por fin, Sofía salió de su mutismo:

—Soledad, ¿por qué te cambiaste el nombre por el de Aurora Lago?

—El nombre de Soledad, me lo pusieron las monjas.

Soledad Expósito . Expósito... como si yo fuera una huérfana.

Pero no lo era. Yo tenía madre. Nací en la cárcel donde la tenían encerrada por roja .

Me arrancaron de sus brazos enseguida. Ni siquiera tuvo tiempo a ponerme nombre.

Al salir del manicomio de Ciempozuelos, lo primero que hice fue ir a las lagunas de San Juan.

Tanta belleza, tanto aire puro y aves migratorias volando en total libertad me sobrecogieron... De allí mi apellido, Lago .

—¿Cómo conseguiste salir de Ciempozuelos?

—Ya sabéis que el Patronato disponía de una «unidad terapéutica» —entrecomilló Soledad— para sus internas en Ciempozuelos.

Un pabellón enterito solo para nosotras, las patronatas .

Todo un lujo. Por supuesto, la institución franquista no podía asumir el fracaso de sus métodos y atribuía nuestro encierro en manicomios a algún factor dentro de la cabeza de las propias chicas caídas .

En mi caso, la excusa perfecta de mi presunto trastorno mental fue la homosexualidad.

Las patronatas pasábamos de asistir a sesiones de terapia grupal, donde la palabra era supuestamente libre, a las cadenas en los tobillos cuando volvíamos a nuestros dormitorios.

Claro está que durante esas sesiones, las que aún manteníamos la mente algo clara, solo repetíamos lo que los médicos y las monjas querían escuchar.

O sea que mentíamos como bellacas. El resto del tiempo, sobrevivíamos hasta hallar una oportunidad para huir.

Soporté electro-choques, camisa de fuerza, dosis de caballo de neurolépticos y hasta un coma insulínico, producto con el que se trataba en aquel entonces la esquizofrenia.

En esa ocasión, casi me matan. Fue después de ese incidente cuando mi psiquiatra actuó.

Él fue el único médico que nos trataba como a seres humanos.

Entendía el doble estigma que soportábamos las patronatas: el de ser mujeres no solo caídas sino también locas.

Soledad detuvo el relato al percatarse de cómo, a su espalda, las adolescentes volvían a sus asientos, trayendo consigo un fuerte olor a tabaco. Sacó de su bolsillo un paquete de chicles y se llevó uno a la boca. Anxela sonrió al recordar el antojo de su amiga.

—Sigue.

—Las fugas eran frecuentes. Yo, simplemente, salté la valla.

Esa era la parte sencilla. Pero salí de ese infierno total-mente desamparada, sin dinero ni ayuda externa.

La única vía de escape era el autostop. Los camioneros recogían a las fugadas, encantados.

Yo sabía que tenía que evitar la violación hasta llegar lo más lejos posible del manicomio ya que, en cuanto el conductor hubiera conseguido su cometido, me entregaría a la policía de inmediato y terminaría de nuevo en Ciempozuelos.

Las vecinas de mesa miraron de reojo al grupo.

—¿Cómo consiguió ayudarte tu psiquiatra?

—Cuando salí del coma, dejó escondida una mochila con tres mil pesetas y un anorak para mí.

En cuanto pude reunir fuerzas para correr, cogí el alijo y me fugué.

Aún era de noche. Un camionero me trajo hasta las lagunas de San Juan.

Aproveché que iba al baño para subirme a un autobús de excursionistas.

Pagué el viaje con el dinero que el médico me había dejado en la mochila y llegué hasta Madrid sin que me pillaran.

Aún recuerdo cómo la silueta de la ciudad se recortaba sobre la luz rosada de la aurora...

De allí, mi nombre, ¡Aurora! El principio de nuevos tiempos, el amanecer de una nueva vida.

Pero vosotras podéis seguir llamándome Soledad: en vuestros labios, ese nombre no me duele.

—¡Ni hablar! A partir de ahora, tú siempre serás Aurora —exclamó Anxela—. Además, el nombre de Soledad ya no te pega para nada: ya nunca más estarás sola.

El clan secundó las palabras de la gallega bajo la mirada agradecida de Aurora. Igarne se removió en su silla.

—¿Por qué, sabiendo el riesgo que corrías, no escondiste tus preferencias sexuales mientras estabas en Padre Damián?

Garbiñe se disponía a reprender a su hija cuando Aurora la detuvo con un gesto de la mano.

—Por mucho que se intente, hay fuerzas que ni el terror de la represión ni el fanatismo pueden contener.

—¿Cómo cuales?

—Como la del amor.

Aurora sonrió al descubrir el rubor en el rostro de Anxela. Igarne volvió a intervenir:

—Tengo entendido que la Marcha del Orgullo fue autori-zada en España en 1978. ¿Cómo es posible que aún encerraran a mujeres en reformatorios y las torturaran en manicomios por el simple hecho de ser homosexuales cuando, fuera, las les-bianas gritaban por sus derechos? ¡No tiene sentido!

—Pocas cosas tenían sentido durante esos años.

El país es-taba sumido en un verdadero lavado de cerebro generalizado.

La frontera entre el bien y el mal se había diluido por culpa del miedo a las represalias: la doctrina de Estado se imponía a base de golpes y de encarcelamientos.

Las monjas pensaban y seguirán pensando hasta el día de su muerte, que lo que nos hicieron era por nuestro bien, para salvar nuestras almas peca-doras.

Así lo dictaminaba Franco, la Iglesia y los hombres en general.

Los hombres... Ellos mandaban y nosotras, las mu-jeres, religiosas incluidas, cumplíamos sus preceptos como si fueran la mismísima palabra de Dios, como si sus órdenes fueran ley.

De hecho, lo eran. Durante la Transición, mientras España inundaba las pantallas de televisión con desnudos y los hombres corrían a apostar al bingo, miles de chicas seguían encerradas en los correccionales.

Nadie se cuestionaba qué pasaba dentro de esos macro conventos de donde nunca salían las internas.

Y cuando lo hacían, era en grupo de cabezas gachas y cogidito de las manos.

No es que el Patronato se ocultara, nunca lo hizo.

Simplemente, jamás le interesó a nadie saber qué les pasaban a esas chicas ojerosas y mudas que aparecían de vez en cuando como fantasmas, guiadas por las bienintencionadas monjas.

—Si el Patronato nunca se escondió, entonces existirán pruebas, documentos que demuestren las barbaridades que se cometieron.

Estamos en 2012; ¡esto no puede seguir ignorán-dose!

¡La gente tiene que saber la verdad! Las supervivientes como vosotras tienen que contar su historia.

El Estado y la Iglesia tienen que pediros perdón. ¡Tienen que pedir perdón a mi madre!

Igarne había levantado la voz. Sus lágrimas brotaban de pura rabia. Las adolescentes de la mesa vecina la observaban y cuchicheaban entre miradas furtivas.

—En ello estamos. De momento, he volcado en mi libro toda la información que he podido recabar.

En cuanto a los testimonios de las supervivientes, tienes que entender que no es fácil para esas mujeres hablar de su pasado.

La gran mayoría lo mantiene en secreto. Sus familias, maridos e hijos no saben nada de esa etapa de sus vidas.

—¿Por qué? No tienen nada de qué avergonzarse. Ellas no son responsables de nada: son las víctimas, ¡no las culpables!

Aurora sonrió con tristeza.

—Aunque no hubieran hecho nada para merecer su en-cierro, muchas exinternas siguen avergonzadas por la deshonra que representaba el ingreso en un reformatorio.

Sin hablar de las jóvenes embarazadas: eran la vergüenza de la familia.

El pecado del embarazo fuera del matrimonio les ha perseguido toda su vida.

El estigma por haber pasado por esos centros sigue vivo: admitirlo y arriesgarse a someterse al juicio de la sociedad sería, para muchas, como volver a ser tachadas de putas , como lo hacían las monjas.

Los hombros de Garbiñe temblaron. Su hija notó la sacudida y la envolvió entre sus brazos. Las dos mujeres lloraban sin consuelo.

—Perdóname, ama . Perdóname por no entenderlo hasta ahora.

Garbiñe se apartó. Secó sus ojos y dio un golpe sobre la mesa.

—¡Yo no era ninguna puta! Ninguna chica de Peñagrande ni de Padre Damián lo fue jamás. No quiero más vergüenza. No quiero más lágrimas. Quiero justicia. ¡Y quiero a mi hijo de vuelta!

Cuando el clan ya salía de la cafetería, Sofía se detuvo y giró los talones en dirección a las adolescentes que las observaban con discreción. Apoyó las manos sobre la mesa y susurró:

—El Coco existe, chicas. A cada generación, cambia de nombre pero siempre está al acecho... ¡Cuidaos!