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Igarne daba vueltas en la trastienda como un animal enjaulado. El clan observaba sus idas y venidas sin decidirse a detenerla. Sofía no aguantó más y se interpuso en su camino.
—Chicas, siento no haberos contado nada a ninguna sobre Peñagrande hasta ahora. Os pido perdón a todas pero tenía que respetar la voluntad de Garbo.
Igarne se plantó con los brazos en jarra.
—Llevo tres días sin dormir. Estoy enfadada y ya no sé ni con quién: si contigo, con mis padres, con las monjas... ¡o con el mismísimo Franco! Solo sé que me han robado parte de mi vida, de mi pasado. No es justo.
—En esta historia, nada es justo.
—Lo peor es que cuando hablemos, nos van a tratar de men-tirosas. He echado un vistazo al Facebook de esa tal Aurora Lago: en apenas una semana del lanzamiento de su libro, ya le han llovido insultos y amenazas.
Sofía suspiró.
—Quieren que tengamos miedo. Quieren amedrentarnos. Es su modus operandi . Así actuaban hace cuarenta años y así siguen haciéndolo.
—¿Cómo consiguieron mamá y Anxela sobrevivir al Patro-nato?
—Siendo valientes y más fuertes que sus enemigos. Sobre-vivieron porque nunca dejaron de luchar.
—Y también gracias a ti...
Igarne sonrió a su maestra. Sofía encogió los hombros.
—Yo solo pude ayudar a unas pocas.
Unos golpecitos resonaron. La líder del clan giró la vista hacia la puerta de su tienda.
—Ya han llegado. Chicas, ¡nos vamos a Madrid!
Plantadas ante la verja verde, las siete mujeres repasaban el letrero de la entrada: «I.E.S. Isaac Newton».
—¡Qué casualidad más afortunada!
—¿A qué te refieres, Sofía?
—A que el nuevo nombre de Peñagrande sea hoy en día el del famoso científico. ¿Conocéis la tercera ley de Newton?
—Ni idea.
—Es el principio de acción y reacción. Esta ley plantea que toda acción genera una reacción de igual intensidad pero en sentido opuesto.
Es decir, siempre que un objeto ejerza una fuerza sobre otro, este último devolverá una fuerza de igual magnitud, pero en sentido opuesto al primero.
Y eso haremos nosotras: ¡devolveremos cada golpe con la misma intensidad con la que nos lo propinaron!
Sofía buscó a Garbiñe. Rezagada a unos metros, la vasca se resistía a dar un paso más.
Igarne corrió a su encuentro y envolviéndola con un brazo, la ayudó a salvar la distancia que la separaba del odiado edificio.
Ya protegida en medio del clan, Garbiñe se atrevió a asomar la cabeza en dirección al jardín y a la cancha de baloncesto que adornaban el frontón del instituto.
—Aquí es donde salíamos a tomar el aire un ratito durante el recreo.
Eran los pocos minutos de sol que nos daba en la cara durante el día.
¡Mirad! —Todas siguieron la dirección hacia la que apuntaba Garbiñe.
Avanzaron hasta descubrir unos bancos desvencijados, perdidos entre la hierba alta—.
Este es el banco donde solía sentarme con Soco.
Los ojos brillantes de la exinterna contemplaban una escena que solo ella podía apreciar.
—¿Nunca pedisteis ayuda a la gente que pasaba delante de la maternidad?
—No la llames así. Peñagrande era una cárcel, no una maternidad. Y no: no podíamos pedir ayuda a nadie. Esta valla es nueva. En aquella época, no podíamos ver a nadie del exterior y nadie podía vernos a nosotras.
Igarne levantó la vista hacia el edificio.
—¿Dónde dormías tú, ama ?
Su madre levantó el brazo.
—Ahí. Toda la planta de arriba era el hogar de gestantes. Y allí nos quedábamos hasta dar a luz. ¿Ves esas rejas en las ventanas? Esas sí son las mismas. ¡Cuántas veces hemos soñado con la libertad, agarradas a estos enrejados...
Bajó la mirada y sonrió con tristeza a sus compañeras. Sofía echó un vistazo a su reloj y comprobó los alrededores.
—Aurora debería de haber llegado pero no la veo por ninguna parte.
—Esta es la calle Joaquín Lorenzo. Cuando me llevaron a Peñagrande, la entrada se encontraba en el número dos de la calle Isla Malaita, girando a la derecha. Puede que nos esté esperando allí.
En cuanto el grupo torció la esquina, vislumbró a una figura solitaria a unos doscientos metros.
Anxela achinó los ojos pero el rostro de la desconocida se escondía bajo una abundante melena oscura.
Cuando llegaron a su altura, Aurora apartó los mechones de pelo que cubrían su mirada.
Anxela arrugó la frente, perpleja: la mujer la observaba con insistencia, sin dejar de sonreírle.
La escritora se acercó a ella y extendió la mano hasta rozar su largo cabello plateado.
—Este no es el pelo de una bruja... Yo siempre supe que eras un ángel, Hierbas.
La barbilla de Anxela empezó a temblar. Sus labios se movieron, incapaces de emitir sonido alguno. Por fin, balbu-ceó un nombre:
—Soledad...
La escritora asintió. Las dos amigas se fundieron en un abrazo interminable bajo la mirada atónita de Garbine y Sofía. Sus hijas, ellas, contemplaban la escena con desconcierto.
—Te creía muerta —sollozó Anxela mientras apartaba a Soledad para examinarla en detalle.
—¡Mala hierba nunca muere!
La escritora se giró hacia Garbiñe y extendió los brazos. La vasca se acercó con timidez y se dejó rodear. Sofía se unió al abrazo.
—¿Quiénes son estas chicas tan guapas? —preguntó Soledad al ojear por encima de los hombros de sus antiguas compa-ñeras de penurias. —Con esta, no hay duda —exclamó al acer-carse a Isabel—: ¡tú eres la hija de Anxela!
La joven se acercó provocando el movimiento hipnótico de su melena descolorida.
—Sí. Me llamo Isabel. Esta es Eva, la hija de Sofía, y esta Igarne, la hija de Garbiñe. Y, por fin, Alice.
—Yo soy Soledad. Estuve con vuestras madres en Padre Damián.
—¡Soledad! ¡Por supuesto! ¡Sabemos quién eres y lo que hiciste por ellas!
La escritora se dio la vuelta y preguntó con la mirada a sus amigas.
—¿Qué les contasteis? Espero que me hayáis dejado en buen lugar.
Anxela posó una mano sobre su hombro.
—Les contamos la verdad: les explicamos cómo nos salvaste la vida al riesgo de la tuya. Te creíamos muerta, tortu-rada en Ciempozuelos.
El rostro de Soledad se nubló.
—Me mandaron directamente al manicomio, sí.
Todas las leyendas que circulaban sobre ese lugar eran ciertas.
—Sacu-dió la cabeza para alejar los demonios del pasado—.
Pero sobreviví porque, recuerda, Hierbas, ¡yo soy el mismísimo diablo!
—Soledad rió y levantó la vista hacia el edificio de la antigua maternidad—.
Ya habrá tiempo de hablar de todo esto con tranquilidad.
De momento, tenemos que desenterrar viejos fantasmas.
Sofía observó a Garbiñe:
—¿Estás preparada?
—Sí.
—Entremos.
Garbiñe avanzaba como un autómata por los pasillos desnudos de Peñagrande.
No necesitaba seguir las indicaciones de Soledad para orientarse mientras deslizaba su mano por las paredes desconchadas.
Lo recordaba todo. Reconocía cada esquina, cada ventana, cada pegatina infantil adherida a los azulejos: conejos, ratones y ositos le sonreían desde la lejanía del ayer, con sus colores aún vibrantes.
El olor a humedad le impedía respirar. Bajo sus pies, los escombros crujían con cada paso.
A su espalda, las tímidas voces del clan resonaban en medio del silencio.
Subieron escaleras, atravesaron corredores, se asomaron a dormitorios donde ya solo descansaban esqueletos de hierro oxidado.
Los excrementos de las palomas que se colaban por los cristales rotos, formaban un manto inmundo que Garbiñe sorteaba con la boca protegida bajo su bufanda.
La luz se filtraba por los estores desven-cijados iluminando el polvo en suspensión.
Garbiñe, abstraída, observaba cómo las motitas doradas se depositaban con pereza sobre su piel cuando una cartulina abandonada en el suelo, la hizo estremecerse.
Paralizada, contempló la cruz blanca im-presa sobre un fondo verde. Un toque sobre su hombro la sobresaltó.
—¿Qué pasa, ama ?
El grupo se reunió en torno al cartelito.
— Botiquín —deletreó Igarne—. ¿Qué es esto?
—El botiquín... Aquí es donde las monjas se llevaban a los recién nacidos. Y aquí es donde desaparecían.