No habrá más noche 45
77%

45

Afanadas en su tarea, Alice e Igarne apilaban las cajas desper-digadas en medio de la habitación pintada de rosa.

Llevaban más de una hora empaquetando ropa y recuerdos.

Desde su discusión, las dos amigas no habían vuelto a hablar.

La mu-danza de Alice se presentó como la excusa perfecta para que Igarne retomara el contacto.

—¿Cómo ha recibido tu madre la noticia de tu mudanza?

—Regular... ¿Te has fijado que ni ha aparecido por aquí?

Igarne rió.

—Es verdad. Tu madre nunca nos dejaba más de cinco minutos a solas en esta habitación. No se fiaba ni un pelo de nosotras.

Alice barrió la estancia con la mirada.

—¡Cuántos recuerdos! —Acarició una de las pegatinas en forma de unicornio que adornaba la cómoda—. Tengo veinte años y nunca he sido capaz de cambiar esta decoración de niña pequeña. ¡Me mudo y seguirá intacta!

—¡No cambiaste ni la cama! Suerte que seas una enana porque yo, aquí dentro, ¡no quepo! —bromeó Igarne estirando su metro ochenta y dos de mujer.

Alice sonrió y la invitó a sentarse a su lado sobre el col-chón. Sin pensarlo, cruzaron las piernas en posición de loto como solían hacerlo, años atrás, durante sus confidencias noc-turnas. Igarne ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Crees que mi paso al otro lado fue real?

—No lo dudes. A partir de ahora, ¡ya puedo llamarte brujita !

—¡Me gusta! Pero dime, tú que has estado allí varias veces, ¿qué crees que significa?

—No han sido tantas veces y no he vuelto desde los nueve años.

Así que no te agobies si no vuelves a «viajar» de inmediato —entrecomilló Alice—.

En cuanto a qué puede significar, eso tendrás que averiguarlo tú.

Queda saber si estás preparada para reincorporarte al clan.

Entre todas, podríamos ayudarte a dilucidar el mensaje.

Igarne torció el gesto.

—No he estado muy fina últimamente... Quería pedirte perdón.

Alice se inclinó y acarició la mano de su amiga.

—Está olvidado. Eva tenía razón: solo necesitabas una señal, un detonante para despertar.

Igarne observó a su compañera con malicia.

—Veo que habéis estado hablando de mí. —Guiñó un ojo ante el semblante avergonzado de Alice—. Es broma, tonta. Pero sí, Eva está en lo cierto. Siempre lo está, como su madre. ¡Por algo son las que mandan!

—Espera a que su hija Inés crezca: ¡la peque del grupo nos mantendrá a todas a raya!

La puerta se abrió, interrumpiendo las risas. Lola apareció con un bulto envuelto entre las manos.

—Hola, chicas. Hija, ahora que te vas de casa, he decidido darle una utilidad a tu cuarto.

—¡Qué rápido se te olvidan las penas, mamá! No he terminado de envolver mis cosas que ya me estás despachando —se quejó Alice mientras fingía una mueca de enfado—. ¿En qué piensas convertir mi habitación?

De espaldas, Lola desenfundó el misterioso objeto y lo depositó sobre la cómoda. Se apartó y dejó a la vista una urna de cerámica. Alice aguantó una exclamación de sorpresa. A su lado, Igarne observaba a las dos mujeres con desconcierto.

—He pensado que ya es hora de sacar a tu padre de su es-ondite.

—Me parece muy bien, mamá.

—Qué yuyu ...

—Yuyu, ¿por qué, Igarne? Aunque yo no sepa nada de vuestro grupito, ni quiero saberlo, me consta que todas voso-tras estáis muy a gusto entre fantasmas. ¡No imagino mejor lugar para dedicarle un santuario a Aitor!

—Tienes toda la razón del mundo, mamá. Papá estará muy a gusto aquí.

Alice se levantó y rebuscó entre las cajas de mudanza aún abiertas. Sacó una boina vasca y la colocó sobre la urna reluciente. Las tres mujeres contemplaron el altar, rodeado de juguetes y peluches.

—Os dejo que sigáis con vuestros cuchicheos.

Lola cerró la puerta al salir.

—Una cosa u otra: a tu madre le ha dado una embolia o ha sufrido una epifanía.

—Puede que hoy sea el día de las revelaciones. —Alice acarició la gorra aterciopelada y volvió el rostro hacia su amiga—. ¿Sabes lo del viaje a Madrid?

—No.

—Tienes que hablar con tu madre.

Igarne tamborileó sus dedos sobre la puerta para llamar la atención de sus padres, absortos en una lectura compartida. Garbiñe levantó la mirada, apartó con destreza el libro sobre el Patronato y sonrió.

—Buenos días, txiki .

—Buenos días, ama .

Igarne se acercó hasta el sofá sin llegar a sentarse.

—Antes que nada, quería pediros perdón por mi actitud durante estas últimas semanas.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho?

Garbiñe lanzó una mirada de reproche a su marido. Igarne sonrió.

—No te preocupes, ama . Aita tiene razón en pensar lo peor de mí. Me lo tengo merecido.

Garbiñe observó a su hija con asombro.

—Ven y siéntate, cariño.

Igarne aceptó la invitación y se sentó frente a sus padres.

—He tenido un... —buscó la palabra adecuada— un episodio .

Garbiñe se removió en su asiento.

—¿Qué viste?

—A una chica joven. Me repetía una y otra vez tu nombre: Garbo.

Igarne hizo una pausa mientras se le erizaba el vello del cuerpo. Se frotó los brazos con energía para deshacerse del escalofrío.

—¿Nada más?

—Era delgada y llevaba una coleta baja. También recuerdo sus cejas gruesas y curvadas. Le pregunté cómo podía ayu-darle. Solo me contestó «Peñagrande». No sé a qué se refería. ¿Sabes lo que significa?

Garbiñe se estremeció y echó a llorar. Ander la estrechó largo rato antes de susurrarle:

— Maitia , ha llegado la hora de hablar con tu hija.

Garbiñe se deshizo del abrazo y enjugó sus lágrimas. Encaró el rostro preocupado de Igarne y aclaró su voz:

— Txiki , nunca quise ocultarte nada pero algunas heridas siguen abiertas, por mucho que pasen los años.

—Respiró hondo antes de continuar—. Te conté toda la verdad sobre el reformatorio de Padre Damián.

Lo que no pude superar ni explicarte es que, antes de entrar en el convento de las Adoratrices, estuve encerrada en otro lugar.

— Ama , yo...

Ander miró de reojo a la joven y le pidió paciencia con un gesto de la mano. Luego, animó a su mujer a que prosiguiera.

—Bajo el control del Patronato, no solo existieron los correccionales que ya conoces. También hubo otro tipo de instituciones.

—Como los manicomios, eso ya lo sé.

Garbiñe negó con energía.

—Me refiero a un establecimiento del que nadie te ha ha-blado jamás. Ni tan siquiera Sofía. Yo le pedí que no te lo con-tara.

—Me estás asustando...

—Perdona, txiki , no es mi intención. Antes de conocer a Anxela y a Sofía, estuve recluida en una maternidad. Se lla-maba Peñagrande.

Igarne palideció.

—¿Una maternidad? ¿Por qué? No entiendo nada.

—Yo era muy joven y estaba embarazada de tu padre. Con quince años, me arrestaron y me internaron en Peñagrande sin el consentimiento de tu abuela. Durante mi encierro, conocí a una chica, Soco. Ella es el espíritu de tu sueño. Fuimos las mejores amigas hasta que...

La voz de Garbiñe se quebró. Igarne sentía como las náu-seas subían por su garganta. Superando la angustia, se echó a los pies de su madre y encerró sus manos entre las suyas. Sin atreverse a formular más preguntas, esperó a que Garbiñe se serenara. Ander apretó el hombro de su esposa.

—¿Quieres que siga yo?

Garbiñe levantó el índice y lo agitó para oponerse. Por fin, acarició la mejilla lívida de su hija y concluyó:

—Soco se suicidó porque le quitaron a su niño. Y yo... Yo tuve a tu hermano, Ander, y las monjas me lo robaron.