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El establecimiento estaba a oscuras. Las amigas se habían congregado en la trastienda como era su costumbre cuando buscaban intimidad y sosiego.
La fragancia de las hierbas y la luz tenue de las velas les ayudaban a entrar en el estado de ánimo que requerían sus reuniones clandestinas.
Pero esta noche, la habitual quietud del lugar no conseguía aplacar el nerviosismo de las chicas.
—¿Creéis que Igarne dará su brazo a torcer?
—Es complicado saberlo. Ayer me dejó con la palabra en la boca.
—¿Sigue con el impresentable de Samuel?
—Sí. Ese fumeta la está arrastrando al lado oscuro.
—Igarne es una chica lista. Tenemos que confiar en que pronto abrirá los ojos y se alejará de esa gentuza.
—Está muy perdida...
—Dale tiempo. Está frustrada y, viendo lo bien que nos va a nosotras, no la juzgo. Pero despertará y su don con ella. Solo necesita una señal, un detonante.
Un gemido interrumpió la conversación a media voz. Eva comprobó el bultito que se removía con pereza, tumbado sobre un sofá apartado. Tras unos segundos de silencio, retomó el hilo de sus pensamientos:
—Inés es como su padre: ¡no la despierta ni un terremoto! Menos mal que ya solo tengo que ocuparme de ella.
—Tu hija es más lista que tu ex: se hace la dormida para no tener que aguantar a la pesada de su madre.
—Y de sus tías, ¡listilla!
El clan rió.
En medio de la oscuridad, Igarne contemplaba las sombras vacilantes que la luz de la luna proyectaba sobre el techo.
Las risas de los compañeros de piso de Samuel llegaban distorsionadas hasta la estrecha habitación.
A su lado, su novio dibujaba el símbolo del infinito con la punta candente de un cigarrillo. Paró en seco y preguntó:
—¿Quieres volar?
—¿A qué te refieres?
Samuel rebuscó entre los cajones de una mesita de noche. Por fin, se dio la vuelta y alzó una bolsita de plástico con aire triunfal.
—¡Tachán!
Igarne se enderezó sobre las sábanas sucias.
—¿Qué es esto?
Samuel depositó una seta azul en la palma de su mano.
—Esto, xiqueta , te hará ver cosas que nunca podrías imaginar. Podrás pasar al otro lado de la realidad y conectar con una verdad escondida.
Igarne pellizcó el hongo deshidratado entre sus dedos y lo estudió.
—Dices que esta seta podría ayudarme a ver cosas ... ¿Có-mo qué? ¿Espíritus?
—Espíritus, fantasmas o conejitos blancos... ¡Lo que tú quieras!
Sin pensarlo, Igarne se metió el hongo en la boca.
—¡Olé! ¡Esa es mi chica!
La joven volvió a tumbarse dándole la espalda a Samuel. Cerró los ojos y esperó un milagro.
—¿Quién eres tú?
Igarne esperó a que la figura se acercara. Oteó a su alre-dedor sin necesidad de proteger sus ojos de la intensa luz en la que flotaba. Bajó la mirada hacia sus pies para descubrirse durmiendo al lado de su novio.
—Garbo.
Igarne levantó la cabeza hacia la voz. Podía estudiar con una precisión asombrosa cada detalle del cuerpo detenido ante ella.
Podía sentir su contacto sin necesidad de tocarlo.
De complexión delgada y con el pelo recogido en una coleta baja, la chica permanecía inmóvil.
U nas cejas pobladas y arqueadas enmarcaban el rostro sereno .
—¿Quién eres?
—Garbo.
Igarne extendió la mano pero detuvo el gesto a medio camino.
—Esto no es un sueño, ¿verdad?
La boca repitió la misma palabra:
—Garbo.
—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué nombras a mi madre?
—Peñagrande.
Igarne sintió un intenso escalofrío recorrer su espalda.
Un dolor sordo subió por sus piernas. Bajó de nuevo la mirada hacia su envoltura carnal: unos espasmos convulsionaban su cuerpo tumbado sobre la cama.
Con una violenta contracción, su mano se aferró al colgante en forma de árbol que reposaba alrededor de su cuello. La luz se apagó.
Sentada en medio de la negrura, Igarne acompasó su respiración con los ronquidos de Samuel hasta ralentizar los latidos de su corazón.
Ya calmada, se vistió y recogió sus pertenencias con cuidado de no hacer ruido.
Salió de la vivienda como un suspiro. La calle estaba desierta.
El aire abofeteó su rostro sofocado. Sonrió y emprendió la vuelta a casa.