No habrá más noche 43
73%

43

—Igarne, hija... ábreme.

Garbiñe observaba con recelo la puerta cerrada. Llamó de nuevo con los nudillos sin obtener respuesta. Suspiró y, dándose por vencida, se alejó, los hombros caídos.

Tendida sobre la cama, la joven de veintidós años miraba al techo.

Acariciaba de forma distraída su brazo tatuado mientras unos auriculares gritaban «Fuck you, I won't do what you tell me» en sus oídos adornados con piercings .

Cuando la canción acabó, Igarne se enderezó y se sentó en el borde del colchón.

Pasó su mano atestada de anillos por su cabeza rapada y suspiró.

Llevó a su boca una colilla a medio fumar, la encen-dió y aspiró con avidez.

Unos fuertes golpes resonaron.

—¡Igarne! ¡No me obligues a forzar la puerta! Sal ya y apaga ese cigarrillo antes de salir. ¡La casa apesta a tabaco!

La voz masculina calló. Sus pasos se perdieron por el pasillo.

Igarne dio una última calada y estrujó la colilla en un cenicero. Con gesto de fastidio, se levantó, abrió la ventana y abandonó el cuarto desordenado. Antes de entrar en el comedor, hizo crujir su cuello en un intento por relajarse.

Sentados en el sofá, Garbiñe y Ander observaban el cuerpo atlético de su hija. Ataviada con sus inseparables vaqueros rasgados y una camiseta roquera, Igarne avanzó con desgana hasta sentarse frente a sus padres. Se dejó caer en el sillón, los brazos colgando a cada lado y las piernas extendidas.

—Siéntate bien, hija.

Igarne puso los ojos en blanco y se acomodó al gusto de su padre. Garbiñe carraspeó antes de tomar la palabra con tono conciliador:

— Txiki , esta actitud era comprensible cuando tenías quince años pero ya eres mayorcita como para desperdiciar tu tiempo de esta manera. ¿Por qué dejaste de ir a la universidad? ¿Por qué ya no nos cuentas nada? Hemos tenido que enterarnos por Sofía. ¿Por qué no hablas conmigo?

La joven ladeó la cabeza y observó a su madre con curio-sidad.

—¿En serio me lo preguntas tú? ¡Precisamente tú, que escondes tu pasado a tu propia hija!

Tú, que dejas que Sofía se ocupe de mi «formación espiritual» —entrecomilló Igarne con los dedos—.

Tú, que me obligas a asistir a las reuniones del clan cuando ya ha quedado más que claro que yo no tengo ningún «don» —volvió a entrecomillar—, ni ninguna gili-pollez de esas.

—¡Igarne! ¡No me hables así! ¡No sabes lo que nos ha costado juntar al clan, lo que hemos tenido que superar para llegar hasta aquí!

—¡No, mamá! ¡No lo sé! Solo me cuentas cachitos de una historia que no entiendo, migas de información que no me ayudan a entenderos ni a ti, ni a Anxela, ni a Sofía.

—No es fácil para tu madre hablar de ciertos temas... —La voz de Ander se había endulzado—. Trabaja muy duro con su psicóloga para conseguir estar en paz.

Igarne levantó los brazos para luego dejarlos caer con resi-gnación.

—¿Sois conscientes de que soy la única en no conocer la historia completa de mis padres? No estoy ciega: veo cómo Eva e Isabel reciben de sus madres todas las respuestas a sus dudas.

—Yo también te expliqué lo que me hicieron las monjas Adoratrices en el reformatorio mientras estuve encerrada...

—Entonces, ¿por qué no lo superas como Anxela? ¿Qué diferencia hay entre tú y ella? ¿Qué es lo que no me cuentas?

Garbiñe negó. Igarne se levantó de golpe.

—¿Lo ves? De nuevo medias verdades, secretos y silencios.

Ama , aita , si tanto queréis saberlo, dejo enfermería porque ni eso se me da bien.

Seguí los pasos de Isabel porque no sabía qué otra cosa hacer.

Pero ella, al contrario que yo, posee el don de curar, como su madre y su abuela.

Lleva ya tres años ejerciendo en hospitales y yo soy incapaz de centrarme en clase. No valgo para nada.

—No seas tan dura contigo misma. Date tiempo. Por lo menos, vuelve al clan. —Garbiñe se había acercado y había posado una mano sobre el hombro de su hija—. Tú también tienes un don...

Igarne se zafó de la caricia.

—No, mamá. No sigas por ahí —su voz temblaba—.

Isabel es curandera, Eva es ya toda una sabia como su madre, Sofía, y lidera el clan a su lado.

Alice, ella... Alice es tan sensitiva...

—suspiró—. Yo no siento nada, no veo nada.

Me conformo con aprender de memoria la teoría y toda la charla metafísica.

Pero yo no tengo ninguna habilidad. Yo no soy la que todas esperabais.

—Eso no es verdad, txiki . Tú eres todo lo que siempre hemos deseado...

Igarne meneó la cabeza.

—Me falta algo. Os falta algo a vosotros. Lo noto. Lo sé.

La joven escrutó el semblante de sus padres sin conseguir respuesta. Chasqueó la lengua, apretó los puños y salió corrien-do del salón.

A pesar del frío del otoño, las terrazas del barrio del Carmen estaban abarrotadas como cualquier otra noche.

El casco antiguo aún conservaba su espíritu bohemio y aunaba todo tipo de tribus urbanas.

Sus calles sinuosas formaban un laberinto ruidoso, salpicado de bares coloridos y tiendecitas artesanales, por el que los turistas se perdían con deleite.

La corriente de aire helado traía consigo el aroma a patatas bravas y sepia a la plancha mientras unos camareros afanados re-partían Turias y Agua de Valencia con la destreza de un equi-librista.

Sentada en una esquina, Igarne escuchaba distraída las conversaciones de sus compañeros de mesa. Observaba cómo una larga cola se formaba frente a la puerta del Forn del Carmen, un antiguo horno moruno reconvertido en pub en los años setenta.

—Antes este sitio molaba, nano . Durante la buena época, dentro del local podías fumarte unos canutos tan grandes como mi cabeza. Ahora, con la ley antitabaco, nos tienen aquí fuera congelándonos... A ti, ¿qué te pasa, xiqueta ?

Igarne respondió con un gruñido al empujón de su vecino.

Robó de sus labios un porro encendido y aspiró una larga bocanada.

Dejó que el humo escapara sin fuerza y formara ante sus ojos una cortina espesa tras la cual esconderse del mundo.

Cuando la nube se disipó, la mirada gris de Alice la observaba sin pestañear.

De pie, inmóvil frente a ella, espe-raba con las manos en la cintura.

—¿Podemos hablar?

Igarne volvió a gruñir y devolvió el canuto a su propietario.

—Nena, no tienes por qué dejar que esa pesada te coma el tarro.

—La pesada te puede oír, ¡imbécil!

El grupo de amigos rompió a reír.

—Déjalo, Sam. Ya me ocupo yo. Ahora vuelvo.

Igarne se levantó con dificultad y tropezó con la pata de la mesa. Una decena de cervezas se tambaleó. Igarne levantó las manos en señal de disculpa y siguió a su amiga hasta el recodo de la calle. Ya apartadas, sonrió con aire beodo al descubrir la frente arrugada de Alice.

—Me va a caer una buena, ¿verdad? —balbuceó con torpeza.

—Estás borracha.

—¡No me digas!

—¿Qué te pasa, Igarne? Llevas más de una semana sin aparecer en las reuniones. Me tienes preocupada.

—Otra igual... ¡No me pasa nada! Simplemente no quiero seguir perdiendo el tiempo con tonterías.

—¿Tonterías? Será que pasarte las noches bebiendo y fumando con esa gentuza es mucho mejor. ¡Dónde va a parar!

—Esa gentuza son mis amigos y no van dándome lecciones todo el rato como vosotras.

—¿Amigos? ¡Si apenas los conoces! Son unos balas perdidas. Nosotras sí, somos tus amigas.

Igarne endureció el semblante.

—No serán perfectos como vosotras pero me aceptan tal y como soy. No esperan convertirme en algo diferente.

—¡Pero tú no eres así! —exclamó Alice mientras apuntaba hacia el grupo ruidoso—. Tú eres como nosotras. Tú eres parte indispensable del clan. Esa es tu verdadera naturaleza y lo sabes.

—¡Yo no sé nada! Y no, no soy como vosotras: yo no sien-to ninguna fuerza a mi alrededor, no noto ninguna presencia, ni sufro escalofríos místicos —se burló Igarne al tiempo que agitaba los dedos con sarcasmo—. ¡No tengo ningún don!

Alice acercó la mano hacia el cuello de Igarne y acarició el colgante en forma de árbol. Sacó el amuleto gemelo de debajo de su jersey.

—Tú formas parte de nosotras, lo quieras o no. Sin ti, no hay clan. Te necesitamos. Yo te necesito más que ninguna. Tu don despertará, es solo cuestión de tiempo.

Igarne apartó con violencia a su amiga y se alejó con paso vacilante hacia el barullo de sus compañeros de borrachera.

La cena discurría entre risas y copas de vino en la coqueta vivienda situada encima de la tienda de Sofía.

Los cinco amigos eludían una conversación que sabían inevitable.

La anfitriona, acostumbrada a liderar los asuntos más peliagudos, levantó su vaso y propuso un brindis.

Sus invitados la imitaron y esperaron la declamación.

—¡Brindemos por el clan y por la hora de la revancha!

Las miradas se entrecruzaron alrededor de la mesa enmudecida. Solo Pablo sonreía ante la teatralidad de su mujer.

—¡Cuánto te gusta el drama, cariño! Nos seas mala y explícales a qué te refieres. ¿No ves que lo están pasando mal?

Los brazos descendieron sin haber chocado las copas. Sofía rebuscó en una bolsa de plástico colgada de su silla. Sacó un libro y lo exhibió ante sus comensales.

—Por fin, se ha publicado. —Los rostros seguían impa-sibles—. ¡El primer ensayo sobre el Patronato de Protección a la Mujer!

Anxela y Garbiñe se levantaron al unísono y se acercaron para examinar el tomo y su portada.

—«Las descarriadas de Dios»...

—La autora se llama Aurora Lago. ¿Quién es?

—La he buscado en internet. Hay muy poca información sobre ella pero existe un perfil de Facebook con su nombre: unas pocas, poquísimas, exinternas han empezado a dar testimonio en su muro.

—El ejemplar transitó de mano en mano—. No sé quién es esta escritora pero ha tenido que pasar por el Padre Damián.

Hace referencia a su encierro en el convento.

—¿En serio?

Anxela retomó el ejemplar y le dio la vuelta.

—No hay fotografía. ¿Lo has leído?

—Sí.

—¿Es fiel a nuestra historia?

—¡Totalmente! Y muy pedagógico: explica la estructura del Patronato y su funcionamiento. También hay algunas anéc-dotas personales que me hacen pensar que pudo convivir con nosotras en algún momento.

—¿De verdad? ¿No has encontrado ningún retrato suyo por internet?

—No. De momento es todo muy rudimentario. Pero le man-dé un mensaje privado en su red social.

Garbiñe abrió los ojos de par en par y agarró el brazo de su mentora.

—¿Te ha contestado?

Sofía sonrió con aire triunfal y anunció:

—¡Salimos para Madrid la semana que viene!

Anxela se llevó las manos a la boca. Pablo intervino:

—Sofía lo ha pensado mucho y cree que lo mejor es que vayáis vosotras, las mujeres, no los maridos. —Arropó a su esposa con el brazo—. Estoy de acuerdo con ella. Es algo que tenéis que hacer vosotras solas.

—Yo no tengo que cargar con ningún marido, así que me parece perfecto —bromeó Anxela.

Sofía carraspeó y añadió:

—Somos nosotras las que debemos contar nuestras propias vivencias.

La nuestra es la Historia, con mayúscula, de todas las mujeres acalladas que sufrieron durante esos oscuros años.

Pero no estaremos solas: nos llevamos a las chicas.

Tienen que conocer su legado para entendernos mejor y seguir con nuestra lucha.

Garbiñe volvió a su asiento y encorvó su cuerpo. Sus ojos claros delataban su agitación interna.

—No creo que Igarne se preste a este tipo de peregrinación.

—Ella, más que ninguna de nuestras hijas, necesita este viaje.

—Sofía tiene razón, maitia . —Ander se inclinó hacia su mujer y le acarició la mejilla—. Puede que sea la ocasión idónea para contarle todo tu pasado, al completo.

La vasca alzó los hombros, poco convencida.

—Hay algo más, Garbo... —Sofía dudó unos segundos—. Hemos quedado con Aurora en la calle Isla Malaita.

Garbiñe palideció.

—No puedo...

Anxela se arrodilló a su lado y encerró las manos de su ami-ga entre las suyas.

—Estaremos a tu lado, como siempre. No tienes nada que temer.

Garbiñe enjugó sus lágrimas y asintió lentamente. Sofía cerró el acuerdo con una sonora palmada:

—¡Decidido! Iremos a Peñagrande.