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—Daos prisa, chicas. Vamos a saludar a nuestras vecinas.
Sofía contemplaba la estantería con aire satisfecho. Los jabones multicolores, perfectamente alineados, se codeaban con las varitas de incienso y los aceites esenciales con los que Anxela proveía la tienda de la matriarca.
—¡Chicas! ¡No me lo hagáis repetir! Eva, ocúpate de Igarne.
—Jope, mamá... ¡Ya voy!
Eva arrojó su revista You sobre el mostrador y empujó con suavidad a la niña de once años hacia la salida.
—¡Qué bien te sienta la adolescencia, hija! —ironizó Sofía mientras recogía una cajita y echaba un último vistazo a su negocio recién estrenado.
Ya en la estrecha calle del barrio del Carmen, Sofía achinó los ojos frente a la luz cegadora de junio.
El olor a tortilla de patatas de los bares cercanos sustituyó las fragancias delicadas de su comercio de productos naturales.
Cerró con llave y se dirigió a la puerta colindante, seguida por las dos muchachas.
—Buenos días. Estamos inaugurando el negocio vecino al suyo y le he traído un detalle.
—Buenos días. ¡Bienvenidas al barrio! —contestó la dueña de la tienda de ropa—. No hacía falta que se molestara.
Sofía lanzó una mirada furtiva a una niña de ojos grises plantada en medio de la estancia con los brazos cruzados. Detuvo un suspiro al reconocer la misma mirada incolora de su añorada maestra, Malén.
—Por supuesto que sí. Además un pajarito me ha dicho que mi hija ya cuenta con una nueva amiguita.
La chiquilla contemplaba a Sofía sin pestañear.
—¡Alice! No se queda una mirando a la gente de esta manera —riñó la madre al tiempo que terminaba de abrir el envoltorio—. ¡Mira que cosa tan bonita para ti! Es un colgante en forma de árbol como los que te gustan.
—Es el árbol de la vida —confirmó Sofía. Observó cómo la dependienta acomodaba el collar alrededor del cuello de la muchacha—. ¿Le molesta si me llevo a Alice para que juegue con mi hija y su amiga?
—En absoluto. Me alegra saber que cuenta con nuevas compañeras. Por cierto, yo soy Lola.
—Encantada, Lola —Sofía recogió un mechón de pelo suelto hacia su elegante moño—. Yo soy Sofía.
—¿Cómo se llama su hija? —preguntó Alice.
Sofía se giró hacia la niña de mirada gris.
—Se llama Eva. Y su amiga, Igarne.
—Este nombre, Igarne... es vasca, ¡como yo!
—En efecto, cariño. Y ahora, las tres tenéis el mismo colgante.
Sofía sonrió al percibir cómo un escalofrío recorría el cuerpo de la nieta de Malén.