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—¿Hacía falta traer a las niñas? Están insoportables con tanto calor. Mirad a Igarne: ¡está toda sudada! Es más: con un año de edad la mía y tres las vuestras, ¡ya me diréis qué recordarán nuestras hijas de este momento!
—¡Por supuesto que las niñas tenían que acompañarnos, Garbiñe! Algún día les explicaremos qué pasó en este lugar y sabrán que ellas estuvieron con nosotras para presenciar su aniquilación... ¡Eva! ¡Ven aquí!
Sofía agarró a su hija del brazo y la arrastró hasta el grupo expectante.
—¡Qué suerte tienes, Anxela! Isabel es tan obediente...
Anxela sonrió y acarició la larga melena plateada de su niña.
Desde lo alto de una terraza cercana, las tres amigas vigilaban la mole triangular. El patio ya no era más que un amasijo de tierra y de escombros. Gran parte de los cristales habían desaparecido dejando a la vista el esqueleto desnudo del ala sur del edificio.
—No recordaba que hubieran tantas ventanas.
—¡Bien que te quejabas cuando te tocaba limpiarlas!
—La mente tiene esas cosas: nos engaña y nos hace olvidar algunos detalles.
—Pues yo lo recuerdo todo a la perfección. Ni olvido, ni per-dono.
Una alarma sobresaltó al grupo. Igarne se echó a llorar mientras Eva e Isabel se refugiaban entre las piernas de sus madres.
Garbiñe tomó en brazos a su hija y dio saltitos para calmarla.
Liberó una de sus manos para apretar la de Anxela, a su lado.
Un escalofrío recorrió la cadena humana que habían formado madres e hijas.
El aviso finalizó. El silencio tragó el trino de los pájaros.
—Uno, dos y tre...
El estruendo precedió a la gigantesca nube blanca. Las niñas se taparon los oídos. El polvo se elevó por encima de los edificios invadiendo toda la manzana. El reformatorio se derrumbó sin oponer resistencia. En tres segundos, la goma-2 redujo a cenizas décadas de infierno.
Esperaron. Entre toses y llantos, las tres sombras perdidas en medio del nubarrón aguardaron, erguidas.
No cubrieron sus bocas. Dejaron que las partículas arenosas del convento de las Adoratrices invadieran sus pulmones.
Tragaron el polvo amargo hasta contemplar, por fin, la herida abierta de la calle Padre Damián, 52.