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—Tenéis cinco minutos, chicas.
—Gracias, hermana.
Sor Paz se alejó hasta la entrada del convento donde Sofía la esperaba. Los truenos retumbaban hasta el fondo de la galería y tragaban las palabras de despido. Susana elevó el tono por encima del estruendo:
—¡Vaya día para salir de aquí! Espero que cuando me toque a mí, el sol brille para poder lucir mini falda y escote.
Garbiñe sonrió y abrazó a la interna. Detrás, Yolanda y Sandra esperaban su turno.
—Cuidaos, chicas.
—Descuida, Garbo. A este sitio le quedan dos telediarios. Nos vemos fuera.
Garbiñe apretó el brazo de Anxela antes de retirarse para reunirse con Sofía y la hermana Paz.
—No tardes.
La gallega asintió. Sus ojos enrojecidos delataban su noche sin dormir.
—Estás rarísima sin tu uniforme.
—Así me siento yo: rara.
—Alegra esa cara, tonta. —Anxela reprimió el temblor de sus labios. Susana suspiró—. No te machaques, Hierbas: Soledad sabía lo que hacía. Tomó su decisión.
—Es la primera vez que la llamas por su nombre.
—No soy ningún regalo pero sé reconocer mis errores. Soledad se merece todo mi respeto.
—Se sacrificó por mi culpa. No saldrá de Ciempozuelos. La matarán.
—Hubiera cometido alguna locura tarde o temprano. Era una bomba de relojería. Por lo menos, lo hizo por una buena razón.
—Salvarme...
Susana rodeó el cuerpo agitado de su amiga. La Torre y la Flores se unieron al abrazo. Un carraspeo rompió el hechizo.
—Ya está bien. Esto parece un funeral —se quejó Susana apartando a sus compañeras—. Te están esperando. Hazme el favor de salir de aquí cagando leches y no vuelvas más.
—Chicas, yo...
La voz de Anxela se quebró.
—¡Que te vayas de una vez!
Susana se dio la vuelta y se alejó. La Torre se despidió con un movimiento de cabeza y siguió a su compañera. La Flores la imitó sin dejar de mirar hacia atrás y agitar su mano re-choncha.
Anxela enjugó sus lágrimas y devolvió el saludo. Por fin, se dio la vuelta y se dirigió hacia las tres sombras que la esperaban bajo unos paraguas.
—Ha llegado la hora de despedirnos, chicas.
—Hermana Paz, usted también tiene que dejar este lugar.
—No me iré antes de ver a todas las internas libres y las puertas del convento selladas.
—Me temo que pasarán años antes de que eso ocurra.
—Me quedaré los que hagan falta.
Sofía sonrió y abrazó a la monja.
—Cuida de mis niñas, Sofía.
—Te lo prometo, Paz. Te mantendré informada.
Sor Paz dejó su paraguas en el suelo y tomó las manos de Anxela y Garbiñe.
—Sed felices, chicas.
—Gracias por todo, hermana.
La lluvia sobre los rostros de las cuatro mujeres diluía sus lágrimas.
Se abrazaron con fuerza. La religiosa volvió a resguardarse en el interior del reformatorio y contempló la carrera de sus protegidas hacia la salida del Padre Damián.
Sus ojos no alcanzaron a percibir la figura delgada de Ander que esperaba en la acera de enfrente.
La fachada de la Estación del Norte recortaba el cielo ya oscuro de Valencia. Garbiñe observaba con preocupación los contornos del águila que dominaba el edificio, por encima del escudo de barras rojas y la ornamentación salpicada de naranjas y flores de azahar.
—No temas, jovencita. Este aguilucho simboliza la velocidad. No tiene nada que ver con el de Franco.
El grupo se dio la vuelta. Vestido con traje de tres piezas, un hombre sonreía, las manos metidas en los bolsillos de su pantalón acampanado. Sin pronunciar palabra, Sofía se acercó hasta quedar a una distancia prudencial del desconocido.
—Pablo...
—Sofía...
Quedaron absortos largos segundos hasta que los tres jóvenes carraspearon a su lado. La burbuja de los recuerdos explotó y Sofía volvió al presente.
—Este es Pablo, un viejo amigo.
—Encantado, chicos.
—Anxela, Garbiñe... Hace dos días, lo tenía todo preparado para vuestra salida: había conseguido organizar vuestras nuevas vidas en Madrid pero, debido al último incidente en el convento, he preferido alejaros de la capital.
Y aquí estamos, en Valencia. He conseguido colocaros como internas en casa de una familia muy respetable en un tiempo record.
Seguiré siendo la encargada de vuestra libertad vigilada y emitiré los informes pertinentes hasta que se os conceda la emancipación total del Patronato.
—¿Quién es esa familia? —preguntó Garbiñe con gesto serio.
—El señor y la señora Alcácer. Son gente muy amable. Necesitan una niñera para cuidar de su hijo de catorce meses, Josep.
—¿Y qué pinto yo como interna en esa casa?
—Tú, Anxela, estarás al cuidado del abuelo que vive con ellos. No está impedido pero sí sufre del corazón y los Alcácer se quedarán más tranquilos sabiendo que cuentan con una buena auxiliar de clínica durante las noches.
—¿Las noches? ¿Es que no necesitan asistencia durante el día?
—La señora de la casa se ocupará de él durante las horas en que tú estés trabajando en el Hospital La Cigüena. Podrás ejercer tu oficio en un centro prestigioso y consolidar tu carrera profesional.
Anxela sonrió.
Pablo dio un paso adelante y posó su mano sobre el hombro de Ander.
—Ander, tú trabajarás en mi empresa de exportación y te vendrás a vivir conmigo.
Garbiñe dio un respingo al escuchar el nombre vasco. Sofía la tranquilizó:
—Ya no tenéis por qué ocultar vuestros nombres reales.
—Sí que han cambiado las cosas aquí fuera...
—No tanto como me gustaría. Pero, ¡basta de cháchara! Vayamos a conocer a los Alcácer.
Pablo invitó a los recién llegados a seguirle por las calles animadas de Valencia. El olor a churros de un puesto cercano obligó a las exinternas a ralentizar la marcha. Garbiñe apretó su vientre para disimular el rugido de sus tripas. Sofía detuvo el paso decidido del empresario.
—No han probado un churro ni nada parecido en años. Dejemos que disfruten de sus primeras horas de libertad sin prisas.
Sofía le tendió unas monedas a Ander.
Cuando los tres jóvenes ya no podían oírles, la visitadora social inspiró hasta encontrar el valor para enfrentar de nuevo la mirada de Pablo.
—Gracias por acoger al chico hasta que encuentre un sitio donde quedarse. Es muy serio, no te dará problemas.
—Es lo mínimo que podía hacer. Intento enmendar el mayor error que cometí en mi vida.
El empresario introdujo la mano en el bolsillo, extrajo un objeto y lo enseñó a Sofía. Ésta se quedó petrificada al reconocer la sortija de compromiso.
—Yo no...
—Tranquila. No es una propuesta. Ya no soy ese engreído que te dio la espalda. He aprendido mucho durante estos años. Sobre todo a entender que me falta un largo camino para estar a tu altura. Puede que algún día consiga ser digno de ti. Hasta entonces, guardaré el anillo en su estuche.