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—No me acostumbro a tenerte a mi lado.
Anxela y Garbiñe observaban la oscuridad de su nuevo dormitorio. Desde el inicio de su formación, una semana atrás, las monjas las habían trasladado al Hogar de Transición.
—¿Eso es una queja o es que te alegras de que estemos juntas?
—¡Me alegro, por supuesto, tonta! Sin ti, la pena me mataría.
—Siento no ser de gran ayuda. Solo puedo escucharte hablar de tu madre y acompañarte.
—Es más consuelo del que ninguna chica pueda soñar aquí dentro. —Garbiñe arrugó la sábana entre sus puños. Con una alegría fingida, cambió de tercio—: ¿Cómo te va en clase?
—El doctor Vela me tiene una manía que no veas...
—No te preocupes. Es desagradable con todo el mundo. O eso cuentan.
—Es cierto. Solo habla con las cucarachas . Se pavonea ante ellas como si fuera su dios. Y ellas lo adulan. Lo mejor es que me centre en mis estudios sin llamar la atención y ¡en paz!
—Eso es lo único en lo que tenemos que pensar... Estudiar y callar. Nueve meses. Tenemos que conseguir aguantar esta farsa durante nueve meses.
—Pasarán rápido y por fin saldremos de aquí.
—Hasta ahora, Sofía ha cumplido con su palabra. Sí, ¡saldremos!
—Y a ti, ¿cómo te va con los Ayamonte?
—La mujer, la señora Castillo, es un encanto. El marido, él, es un hombre grosero y violento.
—¿Qué quieres decir?
—Shhh... Baja la voz. Aquí dentro hay muchas chivatas.
—¿Ha intentado sobrepasarse?
—No es eso. He presenciado un par de discusiones y creo que pega a su mujer.
—Bastardo. Pero ¿tú estás a salvo?
—Sí. A mí, ni me habla. Pero me preocupa el bebé. En cuanto aparece su padre, se echa a llorar.
Anxela soltó un bufido.
—¿Y cómo es Alejandro?
—¡Ah, Anxela! Es un angelito. Si lo vieras... Está lleno de vida y, en apenas cinco días, ¡lo tengo loquito por mí! ¡Me sonríe y me reclama todo el día! Creo que hasta su madre se pone celosa cuando lo cojo en brazos.
Anxela adivinó la sonrisa melancólica de su amiga.
—Eso es muy bonito, Garbo.
—Sí...
—¡Cambiemos de tema! ¿Qué tal tus encuentros amorosos?
—¡Qué cotilla eres! Ander es maravilloso. El mentiroso me recuerda cada día lo guapa que soy. También me jura que si no salgo pronto de aquí, le prenderá fuego al convento.
—¡Los tienes a todos enamorados!
Garbiñe ahogó una risa bajo las sábanas.
—Me deja notitas en los bolsillos cada vez que nos separamos, cuando estamos escondidos detrás de la esquina del convento.
Anxela se enderezó sobre la cama.
—¡Garbo! ¿No me digas que las tienes aquí?
Garbiñe tardó en contestar.
—Son papelitos diminutos.
—¡Deshazte de ellos ahora mismo!
—¡Tranquilízate! Cada noche, antes de dormir, los mastico y me los trago.
Anxela volvió a tumbarse.
—Está bien... pero no te olvides de comértelos ni una sola vez. No podemos permitirnos el más mínimo error. La Jirafa nos vigila de cerca y, al menor tropiezo, prohibirá nuestra salida.
—No les digas nada a Sofía ni a la hermana Paz, por favor.
—Está bien.
—Gracias.
—Dime...
—¿Sí?
—¿Están ricos?
—¿El qué?
—¡Los papelitos!
Las dos amigas rieron.
En el dormitorio del hogar de Transición, la noche ocultaba la sonrisa estampada en un rostro pecoso. Con cuidado de no hacer ruido, la Zanahoria apartó su pelo rojizo y siguió escuchando, atenta.