No habrá más noche 36
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La madre superiora no daba crédito al encabezado del documento. Examinaba, una y otra vez, el escudo eclesiástico junto al lema episcopal del arzobispo de Madrid: « Totus omnibus omnes Christo », «Para todos y todos para Cristo».

—Esto es imposible...

Sofía disfrutaba con el espectáculo: la Jirafa y su secuaz, la madre Clara, revisaban boquiabiertas la intervención directa del cardenal Vicente Enrique y Tarancón ante la Junta Provincial del Patronato de Protección a la Mujer de Madrid.

Convencida por semejante recomendación, la comisión perma-nente no había dudado en suscribir la petición de la visitadora social en contra del informe negativo de las monjas.

—Ángela ha decidido apuntarse a las clases del doctor Vela. Purificación prefiere las clases de puericultura.

Las religiosas no escuchaban a Sofía.

—Esto es imposible...

—Madre...

—¡Sí!

El grito resonó en la lujosa estancia. Sofía levantó una ceja. Con los brazos cruzados y el gesto tranquilo, esperó a que la madre Manuela cambiara de talante. La superiora, consciente de su derrota, arrojó los documentos sobre el escritorio y aco-modó su espalda contra el respaldo de su sillón.

—Como le decía, madre, Ángela asistirá a las clases que el doctor Vela imparte en las instalaciones de su convento.

También acudirá a las prácticas como auxiliar en la clínica del Paseo de la Habana.

—Los dedos de la superiora se crisparon sobre los reposabrazos—.

En cuanto a Purificación, se ha decidido por el curso de Puericultora de la calle Ferraz.

Para completar su formación y ya que las clases solo se imparten por las tardes, me he tomado la libertad de conseguirle un trabajo por las mañanas como niñera en una familia muy respetable y que será, no lo dudo, de su agrado.

Las venas del cuello de la monja estaban a punto de estallar. A su lado, la Víbora emitía quejidos agudos a cada nueva información.

—Muy bien... —masculló la superiora— ¿Cuándo empe-zarán las internas su formación?

—De inmediato. Ángela ya está en clase en el primer piso y me llevo a Purificación dentro de quince minutos para presentarla a la familia Ayamonte y a su hijo de ocho meses, Alejandro, del que cuidará.

Sor Manuela palideció y forzó una sonrisa.

—Veo que lo tiene todo bien atado, señorita Duhalde. Pero los nueve meses que duran estas dos formaciones van a requerir muchos esfuerzos y disciplina... Espero que sus protegidas estén a la altura y no cometan ningún tropiezo que pueda poner en peligro su salida definitiva del centro.

Sofía sostuvo la mirada de desafío de su contrincante sin inmutarse.

—No tema, madre: nuestras protegidas serán irreprocha-bles en su cometido.

La visitadora se levantó, abandonó la habitación con un leve saludo de cabeza y cerró la puerta tras ella.

Apoyada contra la madera, los ojos cerrados, Sofía exhaló todo el aire de sus pulmones. Cuando levantó los párpados, descubrió a Garbiñe y a sor Paz, cogidas de la mano. Sin hablar, las tres amigas sonrieron y se alejaron a grandes zancadas hacia la salida.

Refugiada contra el cuerpo de Sofía, Garbiñe observaba a los usuarios del metro madrileño.

El mundo exterior le resultaba extraño. El olor de los cuerpos apretujados asaltaba su nariz con violencia.

Aprovechaba cada apertura de puertas para inspirar bocanadas de aire fresco pero solo conseguía sorprenderse con el olor viciado de los andenes.

Cuando por fin llegaron a su destino, Garbiñe se precipitó escaleras arriba para huir del laberinto subterráneo.

Sus ojos apenas se acostumbraban a la luz de junio cuando una imagen la paralizó. Colgadas de unas pinzas, tres revistas presidían un quiosco de prensa: en sus portadas, unas mujeres semidesnudas posaban con aire provocador.

—¡Niña! ¡No te quedes ahí parada!

Garbiñe no oía las quejas de los transeúntes. Sofía la empujó con delicadeza y la apartó de la boca de metro del Retiro.

—Garbiñe, cariño, esto es Madrid: la gente va con prisa.

Boquiabierta, la joven parpadeaba repetidas veces sin apartar la vista de las fotografías. Sofía siguió su mirada.

—Es una nueva revista, Interviú —explicó—. El primer ejemplar ha sido todo un éxito, una auténtica revolución.

—Sofía, están… —Garbiñe comprobó que nadie la escuchaba y bajó la voz— ¡desnudas!

—Ya lo veo, cariño.

Garbiñe observó ojiplática el rostro tranquilo de su acompañante. Agarró con fuerza su brazo.

—¡Pero las van a detener! ¡Las mandarán al Patronato!

Sofía rió y acarició la mejilla sonrosada de la interna.

—Aquí fuera, las cosas han cambiado mucho… Aunque no lo suficiente. No te preocupes, no les pasará nada.

Garbiñe escuchaba las explicaciones sin entenderlas.

—¿Insinúas que esto es legal?

—Sí. Solo falta que unan las dos grandes pasiones de los españoles, los pechos y el fútbol, y ¡esta revista venderá más que Julio Iglesias!

—¿Nadie se escandaliza? ¿Ni tan siquiera las monjas?

—Te contaré una anécdota: la redacción de esta revista está situada en Barcelona. Adivina a quién pertenece el local... —Garbiñe encogió los hombros—: ¡A la Iglesia!

La vasca no se recuperó de su asombro hasta descubrir un enorme jardín a su derecha.

—¿Dónde estamos?

—Estamos frente al Retiro, en la calle de Alcalá. Es una zona muy turística. No te preocupes, apenas estamos a unos veinte metros de la vivienda de los Ayamonte.

Sofía apretó la mano de su protegida. Mientras avanzaban, la joven tapaba sus oídos a cada golpe de claxon.

Cerca, una pareja se besaba con desenfreno.

Garbiñe detuvo el impulso por advertir a la mujer del peligro de su conducta.

En las terrazas, grupos de amigos combatían la sed y el calor con una nueva ronda de refrescos.

Una clienta reía a carcajadas sin preocuparse por las miradas ajenas.

Garbiñe salivó al ver los platos rebosantes sobre las mesas. Sofía adivinó sus pensamientos.

—Luego picaremos algo.

La joven sonrió.

—¡Cuántos colores! —Observaba con envidia los vestidos floridos de las jóvenes, sus siluetas sanas y llenas de vida. Bajó los ojos sobre su atuendo recatado—. No quiero que Ander me vea así.

—Te compraré ropa para que puedas lucirla mientras estés fuera del reformatorio. —Garbiñe acarició su pelo atado en una coleta baja—. También te llevaré a la peluquería. Solo te recogeremos el pelo cuando vuelvas al convento.

Garbiñe asintió agradecida.

—¿Cuándo veré a Ander?

—En cuanto termines tu entrevista. No será muy larga.

—¡No me dará tiempo a arreglarme!

—Te lo repetiré: ¡esto es Madrid! ¡Un paseo rápido por las tiendas de la Gran Vía y parecerás una princesa de cuento!

—No quiero parecerme a una princesa. Solo quiero volver a ser yo misma.

Sofía se detuvo y abrazó a la interna.

—Nunca has dejado de serlo. —Besó la cabeza de la joven y encaró su mirada triste—. A partir de ahora, todo irá bien. ¡De Madrid al cielo!

Distraída, Anxela escuchaba la primera clase de auxiliar de clínica. No podía dejar de pensar en su amiga y en su reencuentro con Ander. La envidia había pellizcado por un segundo su corazón al enterarse de que la salida de Garbiñe sería ese mismo día.

El doctor Vela se le antojó un personaje desagradable desde el primer minuto.

El hombre paseaba con suficiencia entre la hilera de mesas mientras sus alumnas apuntaban la lección tan rápido como les era posible.

Con voz monótona y las manos metidas en los bolsillos de su inseparable bata blanca, el médico no escondía su hastío.

—Para las chicas como vosotras, ésta es una oportunidad inestimable: vuestra reeducación os convertirá en mujeres honorables y de provecho. Bien. Seguiré enumerando la lista de medicamentos básicos que tendréis que aprender de memoria...

Anxela levantó el brazo.

—Perdone...

El doctor Vela observó con enfado a la interna.

—Agradecería que no se me interrumpiera.

Anxela hizo caso omiso de la advertencia.

—¿También estudiaremos los diferentes remedios naturales a nuestra disposición?

El médico rió a carcajadas.

—Tú eres Ángela, ¿verdad? —La alumna contrajo los labios—.

Me sorprende que te hayan permitido asistir a mis clases.

La madre superiora ya me avisó de tus excentricidades.

Me dijo que te haces llamar curandera o herbolera ...

¡A saber lo que significa eso! En esta aula, no preparamos pociones mágicas, jovencita.

Aquí aprendemos ciencia. No quiero volver a oír tonterías esotéricas en lo que queda de curso.

Estas fueron las únicas palabras que el doctor dirigió a Anxela durante los nueve meses que duraba la formación.

Sofía se llevó las manos a la boca, maravillada. Garbiñe acariciaba la tela fina de su nuevo vestido. Después de ir a la peluquería, habían entrado en una famosa tienda de ropa juvenil para que la interna eligiera la ropa más adecuada para su reencuentro con Ander.

—¡Garbo, estás resplandeciente! ¿Por qué no te miras al espejo?

—No es necesario...

Sofía encerró los hombros descarnados entre sus manos.

—Te prometo que estás muy guapa. Te falta un par de kilos, sí, pero ya le pondremos remedio a eso con una buena comilona.

Garbiñe sonrió y se dejó convencer. Con paso vacilante, se acercó al espejo y contempló su figura frágil. Acarició su vientre plano.

—La última vez que me vi en un espejo, tenía barriguita.

Sofía la abrazó.

—Vámonos. Ander ya te estará esperando.

—Tengo miedo.

Sofía sonrió.

—No temas. Él está más asustado que tú, te lo aseguro.

Guiñó un ojo y tiró de Garbiñe hacia la salida.

Ander paseaba nervioso por la orilla del estanque del Retiro.

El agua centelleaba, apacible, solo turbada por el movimiento perezoso de las barcas recreativas.

Frente a él, el monumento a Alfonso XII desplegaba sus majestuosas alas de piedra caliza.

En la escalinata, unos visitantes arremangados compartían el sol veraniego entre leones y sirenas de bronce.

Los gritos entusiastas de los niños al lanzar miguitas de pan a los patos arrancaron una sonrisa al vasco.

Unas siluetas familiares se acercaban. Ander achinó los ojos hasta reconocer el rostro amado. Las dos mujeres detuvieron su avance e intercambiaron unas breves palabras. Sofía abrazó a Garbiñe y dejó que se alejara, sola.

Ander se quedó petrificado al ver cómo se aproximaba su prometida.

Sus piernas se negaban a obedecer las órdenes de su cerebro y permanecían rígidas, los pies pegados a la gravilla.

Ya frente a él y tras un segundo de duda, Garbiñe se lanzó a sus brazos.

Ander estrechó el delicado cuerpo sacudido por el llanto.

— Maitia ...

Su voz se quebró. Permanecieron largos minutos enla-zados, formando un solo ser. Cuando por fin su voz se liberó, Garbiñe balbuceó:

—Nuestro hijo...

Ander aumentó la presión alrededor del cuerpo querido.

—No ha muerto, maitia . Lo encontraremos, te lo prometo. Lo encontraremos.

Garbiñe deshizo el abrazo y contempló los ojos brillantes de Ander. Acarició su mejilla y sonrió.

—Estás delgado, como siempre. Y tu pelo sigue tan negro como lo recordaba... Pero pareces más viejo.

Ander rió.

—Pues tú estás más guapa que nunca.

Garbiñe negó con la cabeza.

—Me quitaron mi anillo de compromiso.

—Te compraré otro mejor.

Ander encerró el rostro delicado de su prometida entre sus manos y besó sus labios.

—Ander, ¿mi madre...?

El joven encogió la boca. Garbiñe palideció.

—Tu madre enfermó en la cárcel. Luchó hasta el final por volver a verte.

Garbiñe lloraba sin consuelo. Entre sollozos, consiguió preguntar:

—¿Pudiste verla?

—No. Pero una compañera de celda me buscó a su salida y me contó sus conversaciones. Tu madre solo hablaba de ti. Le pidió a su amiga que te hiciera llegar esta nota.

Ander rebuscó en sus bolsillos y sacó un trocito de papel arrugado. El rostro de Garbiñe se iluminó.

—¿Cómo...?

—Leire se hizo con papel y lápiz en la cárcel. No me preguntes cómo. Ya sabes que tu madre conseguía todo lo que se proponía.

Garbiñe sonrió con tristeza y desplegó la misiva. La letra temblorosa rezaba: « Maite zaituzte zuri eta nire biloba ». Sofía se había acercado a una distancia prudencial. Garbiñe notó su presencia y le tendió la nota.

—De parte de mi madre. Ha muerto.

Sofía reprimió un quejido y buscó una explicación en el rostro de Ander.

—Pensé que Garbiñe debía de ser la primera en saberlo. Perdóname por no decirte nada, Sofía.

La matriarca relajó su mandíbula y acogió a su protegida entre sus brazos. Acarició el pelo sedoso de la joven y le susurró al oído:

—Cariño... ¿Qué dice el mensaje?

—Os amo a ti y a mi nieto.