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Susana corría entre los grupos de internas esparcidos por el patio. Seguida por Yolanda y Sandra, la cabecilla del trío llamaba la atención de las demás compañeras con aspavientos y saltitos de alegría.
Anxela, Garbiñe y sor Paz observaban el espectáculo de lejos, sin prestarle demasiada atención.
—Hermana, ¿sabe a qué hora llegará Sofía?
—No debería tardar.
Garbiñe retorcía sus manos mientras Anxela daba vueltas alrededor del árbol. Sor Paz sonrió.
—Tranquilizaos, chicas. Seguro que viene con buenas noticias.
—La Junta se reunió ayer. ¿Por qué Sofía no se puso en contacto con nosotras de inmediato?
—Esas cosas llevan su tiempo...
—¡Eso lo sabemos de sobra! Terminamos nuestras forma-ciones hace dos semanas y seguimos sin novedades.
—¿Y eso te parece mucho tiempo?
Garbiñe puso los brazos en jarra ante la risa de la religiosa.
—Después de casi dos años encerrada en el Patronato, sí, hermana; un solo día, una sola hora, ya me parece demasiado tiempo.
—Tienes razón... Volvamos al pasillo para vigilar la entrada.
Garbiñe aplaudía la iniciativa cuando Susana la asaltó a gritos. Cerca, la madre Clara dio un par de palmada para poner fin al alboroto. Susana se encogió de hombros y dio la espalda a la monja.
—¿Chicas! ¡Mirad esto!
La interna desplegó la hoja de un periódico arrugado y, protegida de las miradas ajenas por los cuerpos de la Flores y la Torre , exhibió la portada de El Socialista . El titular gritaba con grandes letras: «Los partidos ya son legales».
—¿Sabéis lo que significa esto? —Susana no esperó la respuesta—: ¡Democracia, chicas! ¡Democracia y libertad!
Anxela torció el gesto.
—Libertad será cuando estemos todas fuera de este infierno.
—¡Y saldremos! Muy pronto, ya verás. En cuanto tenga-mos elecciones generales y gane la izquierda, ¡cerrarán las puertas de los reformatorios y las bocas de las monjas!
—No sé, Su... La muerte de Franco no cambió nada. No le importamos a nadie.
Susana pateó el suelo.
—¡Tú no entiendes nada de política!
—Cierto. No me hagas caso. —Anxela posó una mano conciliadora sobre el hombro de su compañera—. Pero es-conde esta hoja, que vas a meternos en un lío.
Susana miró de reojo a la madre Clara. Una interna de pelo rojo se acercó a la religiosa y le susurró breves palabras al oído. La Víbora sonrió y se alejó hacia el interior del convento seguida por Marta, la Zanahoria. Garbiñe y Anxela inter-cambiaron una mirada preocupada.
—Vamos, chicas —interrumpió sor Paz—. Vayamos a vigi-lar la entrada.
La espera resultaba desesperante. Fuera, bajo el cielo plomizo de febrero, las siluetas de los madrileños se diluían en la amalgama gris de los edificios. Unas gotas pesadas anun-ciaban un aguacero cercano.
Desde el patio, Soledad, oculta tras los cristales que daban al pasillo, estudiaba el semblante serio de Anxela.
Sor Paz le había anunciado la inminente salida de su amiga, dejando a la Bicho Raro desolada.
Los meses pasaban y la interna no reu-nía el valor para pedir perdón a la que fue su única aliada.
Repasaba, una y otra vez, la misma disculpa imaginaria sin encontrar el momento propicio para conversar en privado con Anxela, siempre acompañada por su inseparable Garbo.
Soledad sacudió la cabeza para ahuyentar los celos.
Levantó la cabeza a tiempo de presenciar la llegada de la visitadora social.
Una gran sonrisa iluminaba el rostro de Sofía.
Soledad apretó los labios y se acercó a la puerta para ser testigo del fin de sus esperanzas.
Anxela y Garbiñe esperaban la sentencia. Por fin, Sofía anunció:
—Chicas, mañana saldréis de aquí bajo mi tutela.
Los gritos de alegría resonaron en el corredor.
—Eso está por ver.
Todas las cabezas giraron.
Tres figuras se acercaban con paso firme. La superiora, escoltada por la madre Clara y la Zanahoria, exhibía una sonrisa triunfal.
—¿Qué hace Marta aquí? —murmuró Garbiñe.
Anxela mordió su labio.
—Esto me da mala espina.
Sofía esperó a que la Jirafa estuviera a su altura para tenderle la carpeta que sostenía bajo el brazo.
—Aquí tiene la resolución de la Junta Provincial de Madrid ordenando la liberación de Ángela y Purificación.
La superiora ignoró la provocación y rechazó el documento con un aleteo de la mano.
—No creo que la Junta permita esta salida cuando se entere de los tejemanejes de sus protegidas.
—Sofía interrogó a las internas con la mirada.
Anxela alzó las manos en señal de inocencia—.
Marta es su vecina de cama en el Hogar de Transición.
Tiene una revelación muy interesante que com-partir con todas nosotras acerca de las relaciones que Purificación mantiene fuera del convento. Habla, Marta.
Garbiñe palideció.
—Garbo..., quiero decir Purificación —rectificó Marta—, guarda notitas de amor de su novio etarra en los bolsillos de su bata y Ángela la encubre.
—¡Eso es mentira!
Garbiñe reculó un paso.
—También amenazaron con quemar el convento.
Anxela irguió su cuerpo y se dirigió hacia la pelirroja. Su media melena plateada osciló con un movimiento hipnótico.
—De esa conversación privada entre Garbiñe y yo, han pasado meses y no iba en serio, Marta. ¡Lo sabes muy bien!
La palma de la Víbora detuvo el avance de la gallega. La madre superiora ordenó:
—Hermana Paz, ya que usted tiene tanta confianza con Puri-ficación, haga el favor de registrar sus bolsillos.
—Yo no...
—¡Obedezca! Y no intente engañarme...
Los ojos de la monja se empañaron. Despacio, metió las manos en el interior del uniforme de su protegida sin atreverse a levantar los ojos.
—No tiene derecho...
—Señorita Duhalde —interrumpió la superiora—, mis in-ternas siguen bajo mi tutela. Tengo todo el derecho del mundo.
Sofía apretó los puños.
Por fin, sor Paz retiró las manos de los bolsillos.
Entre sus dedos temblorosos afloraba una diminuta tira de papel.
Garbiñe resopló, vencida. Tras los cristales del patio, las internas interpeladas por los gritos de las religiosas se habían reunido para presenciar la tragedia. Susana negaba con tristeza.
—¡Deme la nota!
La hermana vaciló un segundo y miró a la visitadora. Sofía cerró los ojos y consintió con un movimiento de cabeza. Sin moverse, Sor Paz estiró el brazo frente a la madre Manuela.
—¡Dele la nota! —chilló la Víbora.
Sor Paz no movió un músculo. La superiora arqueó las cejas, sorprendida por la insubordinación.
Con un leve toque en su espalda, ordenó a la madre Clara que fuera a por la misiva.
La Víbora siseó entre dientes y adelantó un paso.
Cuando ya extendía la mano, Soledad saltó de su escondite y arrebató el papel de entre los dedos de la hermana.
Un rumor de estupefacción recorrió el pasillo.
—¿Qué haces, estúpida?
—Es mío.
Soledad blandía la misiva en medio de la expectación general.
—¡Mentirosa!
—Yo escribí la nota y se la metí a Purificación en el bol-sillo a traición.
—¿Qué tontería es esta? Tú no tienes amigas con quién compartir notitas.
—La tengo.
La interna fijó su mirada en Anxela. Ésta le sonrió.
—De ser así, no tendrás inconveniente en leernos tu men-saje —ironizó la superiora.
—La Zanahoria tiene razón —confesó Soledad mientras el rostro de Marta se ruborizaba de rabia y las internas se reían del mote—: es una nota de amor.
—¡Asquerosa pervertida!
—No, madre. No hay nada de asqueroso o de pervertido en amar.
—¡Eres el diablo!
Soledad apartó la mirada de Anxela y la desvió hacia la madre Manuela.
—¡Sí, lo soy!
Avanzó un paso en dirección a la superiora.
—Detente.
—Soy el diablo.
—Ni un paso más.
—Soy Belcebú.
—¡Para!
—Soy Lucifer.
—¡Retenedla!
—Soy Satanás.
—¡Sujetadla!
—¡Soy el maligno, el demonio, el ángel caído. Soy la voz que la guía a usted, madre, en su camino hacia la perdición!
La superiora reculó. Sor Clara se apartó. Marta huyó.
Frente a la religiosa, Soledad introdujo el papelito en su boca, lo masticó y tragó. Agarró con fuerza los brazos de la madre Manuela y la obligó a rozar su nariz contra la suya.
—¡Suéltame!
—Yo quemaré su Iglesia, madre... —murmuró para, segui-damente, gritar—: ¡Y la quemaré con usted dentro!
Soledad arrojó a la monja contra el suelo con tal violencia que ésta quedó inerte.
El silencio se impuso. Todas las internas estaban paralizadas.
Unos pasos se acercaron a la carrera. Alertadas por Marta, cinco religiosas acudían al rescate de su superiora. Tras un instante de asombro, se abalanzaron sobre Soledad derri-bándola contra el mármol impoluto.
—¡No le hagan daño! —gritó Anxela mientras se debatía entre los brazos de sor Paz.
Las monjas levantaron a la interna. La Bicho Raro no opuso resistencia. Sonrió con tristeza mientras contemplaba el rostro de su amiga bañado en lágrimas. Detrás, sor Manuela había recuperado la conciencia y se levantaba con la ayuda de la madre Clara y de Marta.
—¡Lleváosla! ¡Y que no vuelva jamás!
Soledad dedicó una última mirada a Anxela y se dejó arras-trar hacia la salida, bajo la lluvia.
—¡Soledad! ¡No! —Anxela lloraba—. ¿A dónde se la llevan?
La madre superiora se acercó, una mano sujetando su nuca dolorida. Se interpuso entre la gallega y la salida y le anunció:
—¡Tu amiga va directa al infierno!