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Poco antes de entrar a misa, Garbiñe ya había resumido a Anxela la carta de Ander.
—Lo único que me extraña es que Ander no me haya contado nada sobre mi madre.
—No empieces a especular y disfruta de tu felicidad.
El olor a incienso impregnaba la capilla.
Anxela y Garbiñe recitaban los primeros rezos del día bajo la atenta mirada de la madre superiora.
El suave balanceo de los cuerpos adormi-lados acompañaba la liturgia sin que las dos jóvenes dejaran de sonreír.
Cuando las chicas se organizaban en una fila para salir y dirigirse al comedor, la Jirafa retuvo a Anxela por el brazo y la apartó.
Garbiñe observó con preocupación la escena mientras el suave empujón de la hermana Paz le obligaba a seguir a la comitiva hambrienta.
—Buenos días, madre. ¿En qué puedo ayudarla?
—No te hagas la lista, Ángela.
—No sé de qué me habla, madre.
—¡Borra esta estúpida sonrisa de tu cara! Sé muy bien lo que tramáis tú y la señorita Duhalde. ¡A mí, no me engañáis!
—De verdad, madre, no sé a qué se refiere.
La superiora vació todo el aire de sus pulmones.
—No creas que vas a convencerme con tu nueva actitud de niña piadosa. No me trago ni por un segundo que tú y tu amiga la vasca os hayáis vuelto unas internas obedientes y temerosas de Dios.
—Madre, Purificación y yo hemos hecho enmienda.
La señorita Duhalde nos ha abierto los ojos sobre nuestro comportamiento ingrato hacia quienes nos protegen y nos cuidan.
Solo intentamos seguir la palabra de Jesucristo nuestro salvador y ser agradecidas a través de nuestro trabajo.
Nos hemos dado cuenta de que somos unas privilegiadas y de que la educación que nos inculcan las hermanas Adoratrices es la más adecuada para nosotras... ¡Hemos estado tan cerca de caer!
La madre Manuela bullía de puro odio.
—He leído los últimos informes de vuestra visitadora social.
Habla de una conducta ejemplar por vuestra parte desde su llegada al convento.
Sé muy bien lo que maquináis pero te aseguro que no lo conseguiréis.
Durante vuestra estancia entre estos sagrados muros, tú y Purificación estáis bajo mi tutela y no permitiré que salgáis bajo ningún concepto.
Anxela arqueó las cejas con sorpresa fingida.
—Yo pensaba que estábamos bajo la tutela del Patronato de Protección a la Mujer.
La superiora sonrió con malicia.
—Veo que tienes la lección bien aprendida. Siento decep-cionarte pero en la Junta Provincial siempre prevalece el dic-tamen de las órdenes religiosas a cargo de las internas por encima del punto de vista de cualquier visitadora social.
—Razón de más para seguir siendo un modelo de comportamiento y convencerlas, a usted y a las demás Adora-trices, de nuestra buena fe.
Anxela seguía sonriendo con gesto angelical. La Jirafa mantuvo la compostura y adoptó un nuevo tono jovial:
—Me congratula escuchar esta estupenda decisión, Ángela. Y Dios, en su inmensa sabiduría, ha querido que justamente hoy necesite a alguna chica fervorosa para un cometido un poco... peculiar. Sígueme.
—Pero es la hora del desayuno...
—Créeme; hoy no te apetecerá comer nada.
Anxela arrugó la frente y siguió a la religiosa sin hacer más preguntas.
La dantesca visión revolvió las tripas de la gallega.
Sobre el azulejo blanco se extendía una masa parda que un chorro de agua incesante esparcía por debajo de la puerta entreabierta.
Con un puntapié acertado, la superiora empujó la madera hasta descubrir la escena completa.
El hedor obligó a Anxela a recular tres pasos.
Cubrió boca y nariz con las dos manos. Las lágrimas surcaron sus mejillas ante la intensidad de los vapores pestilentes.
Con el rostro protegido tras un pañuelo, la madre Manuela tiró de la manga de la interna y la obligó a adentrarse en el baño.
Cuando sus pies estaban a punto de entrar en contacto con la materia amorfa, Anxela resistió el arrastre y balbuceó:
—Madre, voy a vomitar.
La monja echó la cabeza a un lado con gesto apenado.
—¿Quieres decir que no eres capaz de superar esta prueba del Señor?
Anxela adivinó su sonrisa bajo el pañuelo protector. Atra-vesó a la superiora con la mirada, enderezó su cuerpo y pisó los excrementos con decisión.
—¿Dónde están los guantes y la escobilla?
—Lo siento, hija, pero el hogar Santa Madre no tiene nada de eso.
Anxela abrió los ojos como platos.
—¿No pretenderá que desatasque el váter con las manos?
—Me temo que no tenemos otra opción.
—¡Habrá alguna otra escoba en este edificio, digo yo! Los demás pabellones tendrán la suya propia.
—No podemos quitarle el suministro de limpieza de un hogar en favor de otro. Ya hemos encargado lo necesario pero tardará un par de días en llegarnos y, como entenderás, las chicas del Santa Madre, incluida tu amiga Purificación, no pueden vivir en estas condiciones tanto tiempo.
Anxela apretó los puños. Sin mirar a la superiora, avanzó hasta la taza inundada.
Notaba cómo la materia viscosa entraba en sus zapatos e impregnaba los calcetines veraniegos.
Una nueva arcada sacudió su cuerpo. El vaho fétido irritaba sus ojos mientras acercaba su mano a la boca del retrete.
Cuando sus dedos se hundieron lentamente, el llanto desbordó las compuertas de su resistencia e inundó su rostro conges-tionado.
Detrás de ella, a una distancia prudencial para no verse salpicada por los movimientos repetitivos de la interna, la madre Manuela observaba con satisfacción cómo Anxela enterraba su brazo hasta la altura del codo.
La interna removía el fondo de la taza sin encontrar el causante del atasco.
En un último esfuerzo, extendió los dedos hasta tropezar con una consistencia distinta.
Atrapó el cuerpo extraño y tiró de él con cuidado de no rasgarlo.
Cuando por fin su mano se liberó del montículo de heces, descubrió horro-rizada parte de la carta que Garbiñe había tirado por el retrete.
En sus prisas por deshacerse de la misiva condenatoria, su amiga no había despedazado el folio a conciencia.
—¿Qué es eso?
La superiora intentaba otear por encima de los hombros encorvados de Anxela.
—Es una compresa, madre. Es lo que impedía que el váter tragara el agua.
—Marranas... ¡Sois todas unas marranas!
Anxela estrujó el papel manchado entre sus dedos y esperó a que los pasos de la religiosa se alejaran para vomitar.