No habrá más noche 33
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El reguero de sangre dibujaba una línea discontinúa sobre el mármol reluciente. De rodillas, Garbiñe enjugaba el plasma brillante. Siempre se sorprendía con el color tan vivo que bro-taba de las venas de las suicidas.

Al fondo del pasillo, dos monjas atendían a la interna que gritaba e intentaba zafarse de los primeros cuidados antes de ser trasladada a la enfermería. Una de las religiosas sujetaba su brazo izquierdo mientras la otra apretaba con fuerza una venda alrededor de su muñeca.

—¡Para ya de hacer la comedia! ¡Qué ganas de llamar la atención!

Por fin, se llevaron a la chica en volandas y el silencio re-cuperó sus dominios.

Garbiñe, a medio camino del rastro escarlata, estiró la espalda con un quejido ronco.

La luz primaveral inundaba la entrada del convento.

En el exterior, una sombra a contraluz aminoró su marcha y se detuvo en la acera.

Garbiñe se llevó la mano a la frente y protegió sus ojos de la claridad cegadora.

Su cuerpo se tensó en un violento espasmo.

Se puso en pie e intentó enfocar la vista pero la figura oscura ya había desa-parecido sin darle tiempo a examinarla.

—¿Qué te pasa, Garbo? ¡Ni que hubieras visto a un fantasma!

Detrás de ella, Susana sostenía un cubo de agua. El olor a sosa impactó a Garbiñe sacándola de su estupor.

—Algo así...

—Pues deja ya de soñar y terminemos esta mierda de faena cuanto antes.

Las dos internas retomaron su cometido sin despegar más los labios.

Sentadas en círculo alrededor de sor Genoveva, las chicas del hogar San Miguel disimulaban las risas.

Una vez a la semana, la anciana se empeñaba en reunir a sus internas antes de la hora de dormir.

Intentaba que sus palabras las convencieran para que abrazaran los valores morales de la Iglesia y así conseguir apartarlas del vicio y convertirlas en mujeres hono-rables.

Durante esas reuniones, la monja planteaba preguntas a las que las chicas, aprovechando su sordera, contestaban con voz baja para provocar su desconcierto.

—Hija mía, habla más fuerte. ¿Qué representa para ti el sacrificio de Cristo en la cruz?

—Para sacrificio, el que nos han condenado a todas aquí dentro y para cruz, la que tenemos que soportar durante estas charlas aburridas —contestó Susana entre dientes.

Sus compañeras humillaron las cabezas para esconder las carcajadas. La religiosa asentía mientras fingía haber oído la respuesta. Apoyada contra la pared bajo el crucifijo, la her-mana Paz asistía a la pantomima con gesto de reproche.

—Chicas, ¡ya está bien! Todas a la cama.

La monja se acercó y ayudó a sor Genoveva a levantarse de su asiento. A paso lento, la acompañó hasta su camarilla para luego volver a adentrarse entre la hilera de literas donde la esperaban las internas.

—Hermana, no se enfade —suplicó Susana—. Con todos los insultos que soportamos a diario, lo menos que puede hacer es perdonarnos unas bromas sin importancia.

—Madre Genoveva cree de verdad en su misión. Ella tiene fe en que su mensaje os salvará de la condena eterna y del maligno.

—Puede que sea así, hermana, pero aquí abajo el mal son las monjas, todas ellas. Menos usted, claro...

Yolanda levantó la mano.

—Dime, hija.

—Hermana, ¿es cierto que allí fuera raptan a chicas como nosotras y se las llevan a los harenes de Marruecos?

—¡Por favor, Flores, no digas gilipolleces!

—Susana se removió sobre su cama—. Estas son tonterías que se inventan las propias religiosas para asustarnos y hacernos creer que aquí dentro se está de lujo, que estamos protegidas y a salvo del gen rojo .

Eso solo se lo tragan las subnormales del hogar Inmaculada.

—¡Susana! ¡No hables así de tus compañeras!

—Pero, hermana, ¡solo hay que escucharlas hablar! No se atreven ni a llamar las cosas por su nombre: que si las bragas son cuquis , que si el orinal es el vasito de noche ... Y esto, ¿qué es? —exclamó la interna al levantar un osito de peluche— ¿Qué tenemos? ¿Cinco años? —Arrojó el animal al suelo.

—A las niñas les reconforta...

—¿Niñas? En este antro, las más jóvenes tienen dieciséis años, ¡por el amor de Dios! ¡Aquí no hay ninguna niña !

—¡No blasfemes!

—Hermana, no quiero faltarle al respeto pero ¿usted las ha oído? Las Adoras les obligan a actuar como si tuvieran diez años, con esas voces de crías caprichosas y sumisas. ¡Lo que haga falta para no enfadar a sus madres de pega!

—No todas tienen tu fuerza de carácter ni tu clarividencia, Susana. Muchas necesitan el amparo de Dios y de sus siervas.

Susana gruñó.

—Para siervas, nosotras. Si todas las monjas fueran como usted, hermana, le compraría el discurso.

—Dejémoslo por hoy, chicas. ¡A la cama!

Sor Paz apagó la luz. Con ayuda de la eterna bombilla piloto, se dirigió hacia el corredor y dejó atrás el dormitorio.

Salió del hogar San Miguel y recorrió con sigilo los pasillos solitarios del convento.

Su mano se aferraba al valioso encargo que tenía escondido en la manga de su hábito.

La luna, a través de las ventanas, dibujaba figuras azuladas sobre el mármol.

La religiosa contaba los rectángulos luminosos para mantener el miedo a raya.

Cuando llegó a la puerta del hogar Santa Madre, se detuvo e inspiró largo rato.

Por fin, reunió el valor y se adentró en la sala oscura.

Apenas había metido un pie en la estancia comunitaria cuando una voz autoritaria la detuvo:

—Hermana Paz, ¿qué hace usted aquí?

—Buenas noches, madre Delfina. Vengo a darle una aspi-rina a una de sus internas. Antes de regresar a su hogar, se quejó de un dolor de cabeza intenso y me comprometí a traerle una pastilla para aliviar su jaqueca.

—¿Por qué no me lo comentó antes, hermana? Ya me encargo yo.

—No quiero molestarla. Solo será un minuto, no se preocupe.

La monja observó el perfil apenas visible de sor Paz.

—¿Quién es esa chica?

—Purificación.

—¡Qué sorpresa! La quejica... ¡Adelante, hermana! No pienso ser la sirvienta de esa deslenguada.

Sor Paz no respondió y se alejó de la entrada. Notaba cómo el sudor resbalaba a lo largo de su columna. Llegó a su destino. Tragó saliva y se arrodilló junto a la cama.

—Garbiñe... —susurró.

Una silueta se removió entre las sábanas.

—¿Hermana? ¿Qué hace aquí? ¿Le ha pasado algo a Anxela?

Sor Paz sonrió en la oscuridad.

—No te preocupes, hija mía. He venido para darte algo.

La religiosa se arremangó y tiró de un sobre blanco con mano temblorosa.

—¿Qué es esto, hermana?

—Hija, escúchame bien. En cuanto me vaya, avisaré a tu monja tutora de que tienes náuseas y que vas a estar un buen rato en el baño.

Es tan aprensiva que no se le ocurrirá acercarse para vigilarte.

Cuando estés segura de que nadie te ve, entonces y solo entonces, abrirás este sobre.

—Sor Paz hizo una pausa. Comprobó los alrededores y retomó sus explicaciones—.

Es de vital importancia que no te alteres cuando descubras su contenido.

Después, deshazte de la carta tirándola al váter.

—Hermana, me está asustando.

—Tranquilízate y haz lo que te he dicho.

La monja apretó la mano de Garbiñe, que ya sostenía la misteriosa misiva, y se marchó del dormitorio.

Garbiñe escondió el sobre bajo el camisón y apartó las sábanas. Avanzó encorvada hasta el baño, fingiendo arcadas con sonidos guturales. La madre Delfina no movió un músculo.

Ya a salvo y sentada sobre la taza del retrete, Garbiñe contempló la envoltura sin decidirse a abrirla. Por fin, rasgó el sobre y extrajo la carta.

«Maitia».

Se llevó la mano a la boca. Sus ojos se empañaron. Esperó unos segundos a que su respiración se calmara. Enjugó las lágrimas y bajó la mirada hacia la conocida caligrafía.

Maitia,

Seré breve. Sofía y Malén me han explicado que no tendrás mucho tiempo para leer esta carta a escondidas. También me han contado todo lo que has tenido que soportar durante este interminable año de separación. Juro venganza por lo que os hicieron a ti y a nuestro hijo.

Después de la redada de la plaza de toro, me encarcelaron durante cinco meses hasta los fusilamientos de Txiki y Otaegi a finales de septiembre.

He tenido suerte de poder salir. No tenían ninguna prueba contra mí, aunque eso nunca fue un problema a la hora de acabar con nosotros todos. Otros no han tenido tanta fortuna.

Te busqué por todos los lados. Al final, fueron tus amigas las que me encontraron a mí y me trajeron en cuanto pudieron.

Ahora estoy en Madrid.

Sofía dice que es cuestión de tiempo que consigas salir del convento para comenzar tu formación como puericultora.

Esta mañana te vi. Miraste hacia mí. Creo que me reconociste pero no estoy seguro.

Estaré todos los viernes por la mañana frente a la entrada principal. Siguiendo los consejos de Sofía, no te saludaré. Me conformaré con cruzar una sola mirada contigo.

Pronto estaremos juntos.

Maite zaitut.

Ander.

PD: Destruye la carta y el sobre y tíralos por el váter.

Garbiñe estrechó contra su pecho el folio y dejó rodar las lágrimas. Unos pasos la alertaron. Con rapidez, arrugó el papel y lo arrojó a la taza. Tiró de la cadena.

—¿Qué haces allí dentro tanto tiempo?

El rostro de sor Delfina apareció detrás del cuerpo arro-dillado de Garbiñe. Los brazos apoyados sobre el borde del inodoro, la interna fingía espasmos violentos.

—No me encuentro bien, madre.

Sor Delfina giró los talones y se alejó con cara de espanto.

—¡Asquerosa!