No habrá más noche 32
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Como cada domingo, las chicas del hogar San Miguel inventaban nuevos peinados para engañar el aburrimiento.

Desde el salón, algunas internas escuchaban la radio bajo la vigilancia de sor Genoveva.

Aprovechaban la sordera de la monja para cambiar de emisora en cuanto los ojos de la anciana se cerraban y sonaban sus primeros ronquidos.

La sempiterna radionovela dio paso a unas célebres voces masculinas: We all live in a yellow submarine, Yellow sub-marine, yellow submarine ...

Las jóvenes ahogaron un grito de alegría y saltaron sobre sus camas para bailar.

—Sonia, ¡sube la voz y comprueba el pasillo!

La interna obedeció, corrió hasta su puesto de vigilancia y levantó el pulgar.

Sentada sobre las últimas literas, Anxela y Garbiñe reían mientras disfrutaban del espectáculo: la Torre, de costumbre tan rígida, movía su metro ochenta de persona con una agilidad sorprendente.

Yolanda corría por toda la estancia de forma inconexa: en apenas unos minutos, su rostro escarlata estaba bañado en sudor y su garganta gritaba palabras en un inglés inventado.

—¡Vamos, chicas! ¡Venid a bailar!

Anxela se limpió con la manga los perdigones de saliva que la Flores iba proyectando sobre las caras de todas sus compañeras. Garbiñe redobló las carcajadas.

—¿Qué pasa, sosainas? Sois un muermo últimamente.

Susana tiraba de Anxela sin conseguir que se levantara.

—No me apetece bailar. Me basta con verte hacer el payaso.

Susana encogió los hombros y se alejó, no sin antes echar una mirada suspicaz a las dos amigas.

—Su se huele algo.

—Es probable pero tenemos que seguir los consejos de Sofía.

—Puede... pero, desde que nos pidió prudencia y completa obediencia a las monjas, no veo que las cosas hayan cam-biado.

—Paciencia. Es cuestión de tiempo.

—De eso hace casi un mes, Anxela. Y sigo sin noticias de Ander. Ni de mi madre...

—Sofía dijo que se ocuparía.

—No sé... Me da que Su es mejor contrabandista que nuestra visitadora social. Puede que le diga que he cambiado de idea y que quiero mandar otra carta.

—¡Ni se te ocurra! No vamos a tener otra oportunidad como esta para salir de aquí. Solo Sofía puede interceder en nuestro favor.

—Hay otras maneras...

—¿Cómo cuales?

—Escapar.

Anxela abrió los ojos de par en par. Cambió de sitio para sentarse junto a Garbiñe y le susurró:

—¿Qué dices? ¿Escapar? ¿Y terminar como Raquel? La pillaron a la media hora y no la hemos vuelto a ver.

—Está bien —gruñó Garbiñe—. Me ceñiré al plan.

Cada semana, Sofía visitaba el centro de las Adoratrices.

Cumplía con esmero su labor hasta reunirse al final de su jornada con sus dos protegidas.

Contaba con la complicidad de sor Paz, que siempre conseguía desviar la vigilancia de la superiora y de sor Clara mientras Sofía repasaba sus instruc-ciones con Anxela y Garbiñe.

—Lo estáis haciendo muy bien, chicas. De momento y por mucho que se empeñen, la Jirafa y la Víbora no pueden ponerle pegas a mis informes.

Vuestra actitud está siendo irreprochable.

Pronto, propondré vuestra candidatura para las formaciones de puericultura y de auxiliar de clínica con el doctor Vela.

—Su y su grupito empiezan a sospechar. No dejan de preguntarnos por qué estamos tan distantes y tan dóciles.

—No mintáis. Decid la verdad.

—¿Y cuál es esta?

—Que intentáis conseguir entrar en los cursos de forma-ción. Simplemente, no expliquéis que contáis con mi compli-cidad para conseguirlo antes que nadie.

Anxela torció el gesto.

—Tengo la sensación de traicionar a las chicas.

Sofía le acarició el pelo. Tras ocho meses, los mechones caían disciplinados sobre la frente de la joven.

—No es traición, cariño. Es supervivencia.

Anxela asintió, poco convencida.

—Sofía, ¿ha podido contactar con Ander? —preguntó Gar-biñe.

—¡Para de dirigirte a mí como si fuera tu abuela! ¡Tutéa-me! Tuteadme las dos. ¡Qué no nos llevamos tantos años!

—Lo cierto es que uste... quiero decir, que tú podrías ser una de nosotras, las internas. No serías la primera mujer de veinticinco años atrapada aquí.

—Lo sé demasiado bien. —Sofía marcó una pausa—. Contestando a tu pregunta, no está siendo fácil encontrar a Ander. Pero tengo una aliada que cuenta con amigos hasta en el infierno y que va de camino a Bilbao.

Garbiñe inclinó la cabeza.

—¿Malén? ¿Tu maestra?

Sofía guiñó un ojo.

Los últimos acordes de la canción de los Beatles se perdieron entre las risas y los aplausos. Sor Genoveva se removió en el sofá. Sonia, la encargada de la vigilancia, se abalanzó sobre la radio y cambió el dial.

—¿Qué está pasando aquí?

—Nada, madre. Las chicas han subido un poco el volumen para disfrutar de la radionovela.

Sor Genoveva cambió de postura y volvió a cerrar los ojos. La hermana Paz apareció, se acercó al transistor y lo apagó. Lanzó una mirada de reproche a las internas mientras avan-zaba entre la hilera de camas. Cuando llegó a la altura de Garbiñe, se inclinó y preguntó entre dientes:

—¿Qué haces aquí? Este no es tu hogar. Como la superiora te descubra, vamos a tener problemas.

—Hemos tenido cuidado, hermana. Nadie de mi pabellón me echará de menos.

—No podéis permitiros ningún paso en falso.

—¡La Víbora!

Sonia había entrado en tromba en el dormitorio. Todas las internas recuperaron su puesto y fingieron estar ocupadas con actividades inocentes. Garbiñe se deslizó detrás de la cama hasta el suelo y se hizo un ovillo.

La religiosa entró cojeando. Se detuvo al pie de la primera cama y escrudiñó la sala.

Arrugó la nariz y su boca se torció en un mohín de disgusto.

A cada paso, paraba y registraba un cajón, husmeaba una sábana o comprobaba el contenido de algún estuche.

Las chicas contemplaban su avance. Cuando la madre Clara pasaba el dedo por el hierro oxidado de la sexta fila, sor Paz se interpuso en su camino.

Detrás de la última litera, Garbiñe intentaba controlar los latidos de su corazón.

—Madre Clara...

La Víbora reculó al notar el aliento de su subordinada.

—¡Hermana! Tenga cuidado y no se me acerque tanto. ¡Qué burra es!

Anxela apretó los puños.

—Perdone, madre —se disculpó sor Paz—. ¿Puedo ayudar-le en algo?

—¿Usted? Lo dudo mucho...

Sin llegar a tocarla, la Víbora apartó a la monja con un aleteo de mano. Ésta se situó a su lado y la acompañó. Juntas, pasaron por delante de la séptima fila. La hermana Paz contaba mentalmente las hileras restantes.

Tres.

—La misa de esta mañana ha sido realmente inspiradora. Creo que...

La madre Clara volvió a detener el balanceo de sus caderas. Examinó el rostro lívido de sor Paz y puso su índice delante de los labios.

—Haga el favor de callarse de una vez, hermana.

Dos.

Anxela estaba paralizada. Intentaba ignorar la respiración superficial de Garbiñe a su espalda. Frente a ella, cerca de la puerta de entrada, Soledad presenciaba la escena sin inmutarse. Anxela le suplicó con la mirada que fuera a su rescate pero la Bicho Raro permaneció inmóvil.

Uno.

Anxela bajó la cabeza, vencida.

—¡Tú!

Anxela no levantó el rostro.

—Ángela...

La voz de sor Paz la convenció. Se puso en pie y encaró a la madre Clara.

—¿Sí, madre?

La monja entrecerró los ojos. Los segundos pasaban y la gallega notaba cómo sus fuerzas iban flaqueando. Por fin, la Víbora resopló por la nariz y avanzó un paso más. Anxela cerró los ojos y dejó caer el peso de sus hombros. Se preparó para lo peor.

Un estallido sobresaltó todos los cuerpos presentes. A los pies de Susana, los fragmentos de una lamparita de noche salpicaban el suelo.

—Pero que has hecho, ¡estúpida!

La madre Clara dio media vuelta y avanzó, retorciendo su cuerpo con furia, hasta el lugar del accidente.

—Ha sido sin querer, madre. Perdóneme.

—Recoge este desastre.

—Sí, madre.

Ya en la puerta, la religiosa sentenció:

—¡Se acabó por hoy! Todas a la cama.

Desde el fondo del dormitorio, Anxela dio las gracias a Susana en silencio y observó a Soledad con tristeza.

La Bicho Raro no mutó su semblante y se tumbó en la litera, dándole la espalda.