No habrá más noche 31
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—Garbo, en tu casa no contesta nadie.

Garbiñe acarició su anular. La ausencia de la sortija seguía torturándola cada vez que se llevaba la mano al dedo.

—Hierbas, tu madre está bien. Dice que no te preocupes y que te manda biquiños.

Anxela sonrió y respiró aliviada. La red de tráfico de lla-madas y de correspondencia de Susana nunca fallaba. El riesgo era alto pero el ingenio de las chicas superaba de lejos la vigilancia férrea de las monjas.

Anxela borró de su cara cualquier rastro de alegría y rodeó con su brazo los hombros de Garbiñe.

—Averiguaremos el paradero de tu madre.

—Tengo un mal presentimiento... Su, ¿has mandado mi carta a Ander?

—La duda ofende, enana.

Desde su encierro común en las celdas de castigo tras la muerte de Franco, las relaciones entre Susana y Anxela habían mejorado de forma notable. Dentro del centro, las batallas compartidas forjaban uniones sagradas. Garbiñe, ella, había sido acogida como la protegida de la gallega.

—¿Lo ves? Pronto recibirás noticias de tu novio y conse-guiremos ponerte en contacto con tu madre.

La puerta de la lavandería se abrió con estruendo. Anxela retiró con rapidez el brazo de los hombros de su amiga y metió sus manos cuarteadas en el agua helada. Una monja entró, se asomó a la pila y comprobó el avance del trabajo.

—Frota más fuerte, ¡inútil! ¿No ves que sigue manchada?

Anxela reprimió una arcada y redobló sus esfuerzos por eliminar la sangre incrustada en las sábanas de las monjas.

Los pitidos agudos de una moto resonaban en el patio. Garbiñe levantó la cabeza y observó a un grupo de chicas que daban saltitos nerviosos. La monja vigilante disipó la reunión entre gritos e insultos.

—Es el novio de Raquel. Pasa todos los lunes a pitar como un loco frente a las puertas del convento.

—¡Qué romántico!

—¡Qué romántico ni qué leches! Éste acabará por hacerle un bombo en cuanto Raquel salga de aquí. Luego la aban-donará y, ¡pum!, directa a Peña Gorda. Y vuelta a empezar... Los tíos solo quieren una cosa y luego si te he visto, no me acuerdo.

Anxela lanzó a Susana una mirada de reproche. Señaló con la cabeza el rostro ensombrecido de Garbiñe.

—No todos son iguales.

—No me hagas caso, Garbo... —se excusó Susana—. Se-guro que Ander vendrá a por ti en cuanto reciba tu carta.

Apoyada contra un tronco, Anxela vigilaba la figura arro-dillada en un rincón. Sor Paz conversaba con Soledad y pasaba la mano por su pelo oscuro. La interna se zafó de la caricia y escondió su rostro entre las piernas.

—Hierbas, ¿tu novia está enfadada contigo?

—¡Cállate, Su!

—Joder... ¡Hoy no hay quien acierte con vosotras dos!

Sor Paz se incorporó y miró hacia el grupo reunido alre-dedor del árbol. Con el gesto serio, se dirigió hacia ellas e hizo una señal a Anxela y a Garbiñe para que se acercaran.

—Hermana, ¿cómo está Soledad?

La religiosa bufó sin disimulo.

—Está más terca que de costumbre. No quiere hablar con nadie, ni tan siquiera conmigo... Pero venía a hablaros de otra cosa. —Su mirada se iluminó—. La señorita Duhalde está de visita hoy y quiere entrevistarse con vosotras.

Las dos amigas se miraron con sorpresa.

—¿Con nosotras? Y eso, ¿por qué?

—Es su trabajo.

—¡Cuidado con la policía femenina!

Los tres rostros se giraron hacia Susana.

—Es de mala educación escuchar las conversaciones aje-nas, jovencita. —Sor Paz tiró de sus dos acompañantes—. Como os comentaba, la señorita Duhalde está aquí para ayu-daros a todas y tutelar a las que consiguen salir.

—Ya conocemos su cometido.

—Ella es diferente.

—¿En qué?

—Ella cree en su misión.

Garbiñe rió.

—¿La de salvar nuestras almas pecadoras y hacer de nosotras mujeres de bien?

—No. La de sacaros de aquí a vosotras dos cuanto antes.

Anxela y Garbiñe arrugaron la frente.

Unos gritos sacaron a las internas de su estupor. En medio del patio, una chica se debatía entre las garras de sus com-pañeras. Por fin, se liberó y emprendió una carrera alocada ha-cia la salida.

—¡Raquel! ¡No lo hagas!

Sor Paz se precipitó tras ella. En la puerta, la monja guar-diana intentó detener a la fugitiva pero ésta la derribó al suelo y desapareció en un suspiro por la calle Padre Damián.

—¡Valiente imbécil! —sentenció Susana, sonriendo.

Sor Paz aprovechó el caos provocado por la fuga para apartar a Anxela y Garbiñe. Se dirigieron hacia a la salita reservada para las entrevistas con las visitadoras sociales.

Sentada frente a un escritorio rudimentario, Sofía repasaba unos informes. Cuando los tres golpes pactados resonaron con-tra la vieja madera, se levantó, espiró con fuerza y exclamó:

—¡Adelante!

Los rostros preocupados de las dos internas aparecieron para, seguidamente, bajar los ojos al suelo.

—Pasad sin miedo, chicas —les animó sor Paz. Las tres entraron y la hermana cerró la puerta con cuidado—. Os presento a la señorita Duhalde.

Las cabezas siguieron agachadas.

—Podéis llamarme Sofía.

Anxela levantó la mirada. La visitadora sonreía y señalaba los asientos frente a la mesa.

Sin despegar los labios, Anxela y Garbiñe se sentaron mientras Sofía ocupaba su puesto al otro lado del escritorio.

Detrás de ella, sor Paz esperaba, el rostro sereno, a que la funcionaria tomara la palabra. Anxela se ade-lantó:

—¿Por qué tanto secretismo? ¿Y por qué nos entrevista solo a nosotras dos?

Sofía volvió a sonreír.

—Directa al grano. Así me gusta. No esperaba menos de ti, Anxela .

—La joven dio un respingo al escuchar su nombre gallego.

Escrutó el semblante jovial de sor Paz. Ésta levantó una mano en señal de inocencia—.

No voy a andarme con rodeos. Estoy aquí por una sola y única razón: sacaros de este centro, a ti y a Garbiñe, y llevaros conmigo lejos de aquí.

Las chicas se removieron en sus sillas.

—Con todo el respeto —intervino Garbiñe—, usted no tiene este poder. Las monjas son las que tienen la última palabra y dudo mucho de que nos sean favorables.

—Eso es problema mío. Encontraré la forma de conseguir vuestra libertad. Lo único que os pido es vuestra confianza.

Anxela contrajo su mandíbula.

—No confiamos en nadie. Y menos en una desconocida.

Sofía arqueó una ceja.

—No soy ninguna desconocida. Sabéis muy bien quién soy.

Las jóvenes compartieron una mirada furtiva.

—No sabemos a qué se refiere, Sofía .

—Por supuesto que lo sabéis. Lo habéis sentido en vuestras propias carnes la primera vez que me visteis. Soy como vosotras.

Garbiñe cruzó los brazos.

—Y cómo somos exactamente, ¿si puede saberse?

—Nos llaman de muchas maneras: brujas, meigas, sorginaks ...

Sofía rió. Asombradas, las internas observaban cómo sor Paz también reía.

—Hermana, ¿eso le hace gracia?

—Por supuesto, niñas. Son tonterías que se dicen cuando uno no termina de entender algún fenómeno. Yo creo en Cristo resucitado y nadie se escandaliza. En todo caso, es cuestión de fe.

—Lo que somos en realidad es mucho más tangible y natu-ral de lo que los incrédulos piensan —retomó Sofía—.

Sim-plemente somos las herederas de prácticas ancestrales, de una sabiduría inmemorial que sobrevive y pasa de madre a hija: conocemos los secretos de la naturaleza, sentimos el mundo oculto que nos rodea y lo usamos para ayudar al prójimo.

Anxela y Garbiñe escuchaban embelesadas. Después de tanto tiempo encerradas, volvían a oír las mismas lecciones que les habían impartido sus propias madres.

—Yo domino la ciencia de las plantas y Garbiñe presien-te... cosas —confesó Anxela—. ¿En qué consisten sus habili-dades, señorita Duhalde?

—Sofía. Llámame Sofía. Yo reconozco a mis iguales, las protejo y las instruyo. He sido educada por una especie de madrina, como en los cuentos de hadas —bromeó la visita-dora—. Mi cometido es tomar su relevo y seguir con su misión.

—¿Y cuál es esa misión?

—Reunir al clan.

—¿El clan?

—¿Qué clan?

—Nuestras creencias se han visto perseguidas y atacadas durante siglos.

Supongo que no necesito recordaros vuestras clases de Historia.

Hoy en día, pocas son las familias que conservan las tradiciones de sus regiones.

Nuestras culturas se ven sometidas a un régimen totalitario que nos quitan nuestras lenguas, nuestros nombres y nuestra fe.

Tenemos que unirnos y perpetuar nuestra visión del mundo.

Somos pocas y no creo que podamos conseguirlo solas pero sí con ayuda de la siguiente generación.

—¿A qué se refiere?

—A nuestras hijas.

Garbiñe se llevó la mano al pecho. Un rictus de dolor mudó su semblante.

—Hijo... yo tengo un hijo.

Sofía apretó los labios.

—Lo encontraremos.

—¿Cómo?

—Eres una guía . De una forma u otra, lo encontrarás.

—¿Una qué?

—Una guía. Tienes el don de contactar con las almas perdi-das.

—Yo solo tengo presentimientos.

—Solo necesitas desarrollar tus capacidades, Garbiñe. Para eso, estoy yo.

—¿Qué es usted exactamente?

—Yo seré vuestra maestra. Yo seré la matriarca del clan.