No habrá más noche 30
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Sofía seguía a las dos religiosas, unos pasos por detrás.

Intentaba disimular la risa que la pareja le provocaba: el cuello desmesurado de una y los andares ondulantes de la otra producían un efecto de lo más divertido.

No podía dejar de imaginar los apodos que las internas les habrían asignado, sin lugar a dudas.

Esta práctica existía en todos los reformatorios y ponía a prueba la imaginación y el ingenio de las chicas.

En una ocasión, la visitadora social había descubierto una lista confeccionada por una alumna jovencísima.

Por supuesto, no la había delatado: se había llevado el documento que hoy presidía su escritorio como recordatorio de la venganza poética que llevaban a cabo las caídas .

Como siempre, el recibimiento había sido educado y la superiora se había propuesto enseñarle el perfecto funcio-namiento de las instalaciones y el trato cariñoso que las religiosas dedicaban a sus protegidas.

Sofía había forzado de nuevo una sonrisa complaciente y había acompañado su visita con algún que otro elogio sobre la pulcritud de los dormitorios o la buena presencia de las pocas internas con las que se había cruzado.

—Les presentaré a las chicas. Ahora mismo están en el co-medor.

Sofía sabía lo que encontraría detrás de la puerta acris-talada: unas mesas rebosantes de alimentos de buena calidad, carne, pescado, verduras y fruta fresca.

Conocía al dedillo todas las argucias preparadas de antemano para su inspección: niñas sonrientes, seleccionadas entre las más dóciles, que elogiarían con voz demasiado alta las bondades del centro, religiosas afanadas en sus cuidados y una alegría general que los rostros cansados de las internas apenas conseguirían simular.

Pero también sabía que siempre existía una nota discordante, una mosca en la sopa.

Pasaron bajo el letrero que dominaba la entrada al refectorio: «El trabajo dignifica al hom-bre».

Sofía no escuchaba la perorata de sor Clara que, pese a su evidente dificultad por andar, se deslizaba ágil como una serpiente entre las mesas del comedor para pellizcar brazos y piernas con discreción y forzar la sonrisa de las actrices menos convincentes.

Pero Sofía buscaba algo muy concreto. Oteaba las cabezas agachadas mientras se alejaba de sus anfitrionas, sin ser consciente de la afrenta.

—¿Le aburrimos, señorita Duhalde?

La voz ronca de la superiora impuso el silencio entre las internas.

—¿Perdone? —fue la única palabra que Sofía pudo articu-lar, tal era su sorpresa.

—Su reputación la precede, señorita. Sus compañeras más veteranas me han advertido sobre sus métodos y su inclinación a descalificar el trabajo de las órdenes religiosas que regen-tamos con fervor estos hogares.

Las celadoras más compro-metidas, ellas, conocen y apoyan nuestra dedicación cristiana a las almas perdidas.

Sofía sonrió.

—Madre, la institución a la que me debo, el Patronato, intenta renovar su estructura y actualizar sus procedimientos.

De hecho, desde el Consejo de Ministros, se habla ya de la creación de una escala de asistentes sociales que son, para mi gran satisfacción, jóvenes profesionales mucho mejor prepa-radas que sus queridas celadoras.

Por mi parte, como visita-dora social, me esforzaré en aplicar estas nuevas técnicas modernas con el fin de ayudar a todas vuestras protegidas . A ellas. No a su hermandad.

La superiora tendió el cuello y tragó saliva. Unos aplausos estallaron desde el fondo del comedor. Sofía volvió a sonreír. Allí estaba su nota discordante.

De pie, una chica menuda y de ojos cansados se inclinaba en una reverencia teatral.

A su lado, una interna de pelo corto se estremeció.

Sofía retuvo la respiración. Siguió la mirada que la muchacha de mechones platinos lanzaba a otra chica sentada en una mesa alejada.

Sofía apretó los puños para detener la agitación de su cuerpo.

Frente a ella, una joven la observaba mientras un ligero temblor le obligaba a encoger sus hombros.

«Por fin».

El grito de la madre Clara sacó a Sofía de su letargo.

—Susana, ¡ya está bien de comportarte como una payasa! ¡A tu dormitorio! Hoy te quedas sin comer.

La chica completó su reverencia y se dirigió hacia la salida sin protestar. Cuando pasaba por el lado de la visitadora social, guiño un ojo sin disimulo. La superiora acompañó a la interna hasta la puerta. Desde el umbral, sor Manuela se dio la vuelta e interpeló a Sofía:

—Señorita...

—¿Sí?

—La hermana Paz, aquí presente, terminará de enseñarle nuestras instalaciones.

—Muy bien.

—Y, señorita Duhalde, usted puede estar segura de que tiene los días contados en esta institución.

Sofía la desafió con la mirada hasta verla desaparecer tras el cristal reluciente. Espiró todo el aire de sus pulmones, torció el gesto y pensó para sus adentros: «Dios la escuche, madre».

—¿Lo has notado?

—Sí.

—¿Crees que es una de las nuestras?

—No lo sé. Tenemos que ser prudentes.

—¡Callaos!

Anxela y Garbiñe bajaron la mirada hacia el hilo que corría entre sus dedos. El estruendo de las máquinas era ensor-decedor y las dos compañeras tenían que forzar la voz para escucharse.

—¿Cómo consigue oírnos la vieja sorda de Geno con tanto ruido?

Las dos internas rieron. Detrás, mientras vigilaba a la pa-reja desde su puesto de trabajo, Soledad apretó los dientes.

Desde la llegada de Garbiñe, se había visto condenada a sentarse de nuevo sola en el taller.

Pese a la insistencia de Anxela, Soledad se había negado a unirse al dúo durante los descansos.

Con el rostro contraído, repasaba una y otra vez la última conversación que había compartido a solas con la gallega:

—Garbiñe es frágil. Necesita mi ayuda... ¿Lo entiendes?

—Si quieres hacer de niñera, ¡allá tú!

—¿Por qué no quieres conocerla? Te gustaría.

—A mí no me gusta nadie. De hecho, ya me estoy can-sando de ti también.

Soledad se mordió el labio inferior con rabia y sacudió la cabeza en un intento por olvidar sus palabras y la cara des-compuesta de Anxela.

Unas palmadas acallaron las máquinas. Las internas terminaron de recoger las telas cosidas dentro de unos cestos y salieron en fila, cabizbajas.

Mientras avanzaban, Anxela llamó la atención de Garbiñe y le señaló el final del pasillo.

Allí, sor Paz y la nueva visitadora social mantenían un coloquio discreto.

Las dos internas intercambiaron una mirada extra-ñada.

Cuando llegaron a su altura, la hermana se inclinó hacia su acompañante y le susurró unas palabras inaudibles.

Sofía siguió con los ojos a Garbiñe y Anxela para, seguidamente, sonreírles con dulzura.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué la hermana Paz habla con la visitadora como si fueran amigas? —murmuró Garbiñe.

—No lo sé.

—Puede que esta nueva señorita sea una aliada.

—No me fío. Seamos prudentes.

—Aquí nadie se fía de nadie. Pero ella es diferente. Estoy segura: ella es como nosotras.