No habrá más noche 29
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Sofía vigilaba el cambio de conductor del tren parado en la estación de metro. La semana anterior, las huelgas habían provocado la militarización del transporte subterráneo y los soldados, vestidos de azul y armados, paseaban por los andenes con aire amenazante.

Tras la muerte del dictador, la llamada a la movilización para impedir la continuidad del franquismo se había traducido en una ola imparable de reivindicaciones y huelgas: a las peticiones de amnistía y libertades políticas y sindicales se había sumado el paro de Correos, Renfe y tantos otros sectores.

El país parecía a punto de paralizarse y la tensión en la capital era palpable.

Frente a las demás visitadoras sociales, Sofía intentaba disimular su entusiasmo por cada avance democrático que consiguiera revolucionar el mundo cerrado del Patronato de Protección a la Mujer.

Pero la institución permanecía inmune a los cambios y seguía fiel a los dogmas del nacional-catolicismo.

Al igual que sus compañeras, Sofía había tenido que jurar acatar los principios fundamentales del Movimiento Nacional para tomar posesión de su puesto de trabajo.

Hoy en día, dos años después de ese juramento, las palabras aún le quemaban la lengua y el alma.

Pero no había olvidado ni su promesa, ni su misión: «Haré lo que haga falta para sacar a las niñas de este infierno y reunir el clan».

Si bien su convicción seguía firme, los ánimos, ellos, decaían a cada cambio de calendario.

Solo sus cortas visitas a los montes navarros le permitían aguantar el tedio de su vida madrileña y el horror de las inspecciones por los diferentes centros religiosos del Patronato.

Los rostros demacrados de las internas poblaban sus noches y sus pesadillas.

Sus reiteradas quejas a la Junta Provincial acerca de las deplorables condiciones de vida de las jóvenes caían en el olvido o eran directamente cuestionadas y atacadas por las monjas que regentaban esos centros.

Pocas compañeras de profesión apoyaban sus iniciativas y observaban con desconfianza sus enfrentamientos con las religiosas.

Los primeros meses como visitadora social fueron terribles.

La joven navarra no superaba el cambio de la vida rural a la de la gran ciudad: el verde de los bosques, el azul apacible del cielo en lo alto de las montañas y el perfume de la vieja piedra de Oronoz habían dado paso al gris de la capital y a su ritmo frenético.

Su desesperación culminó con las primeras salidas a los puntos calientes de Madrid.

Vigilada por una celadora veterana, Sofía recorría las salas de cines, las plazas concurridas por jóvenes o los bares nocturnos en busca de alguna actitud inapropiada.

—¡Mira a esta desvergonzada, Sofía!

—No veo a qué se refiere, señorita García.

—¡Mujer! ¿No ves cómo baila?

—Estamos en una sala de fiesta…

—¡Una mujer de bien no se mueve de esta forma! Cumple con tu deber: llama a la Guardia Civil.

—No creo que…

—¡Sofía! Eres una de las guardianas de la moral pública de este país. Es una misión sagrada. Esta muchacha está en riesgo de caer. Nuestra labor es salvarla. No me obligues a dar parte de tu ineficiencia.

Sofía se mordió el labio y obedeció.

A las cazas , a lo largo y ancho de la capital, pronto se añadieron las visitas a los centros religiosos que recogían a las descarriadas : las Oblatas, las Terciarias Capuchinas y las hermanas Trinitarias habían sido de momento las órdenes que le habían abierto las puertas de sus internados.

Hogares-talleres, casas de familia, centros maternales, preventorios…

«Diferentes nombres para un mismo destino: la cárcel», solía repetir Sofía a Malén durante sus conversaciones telefónicas.

Por fin, llegó a su piso, en pleno corazón de la ciudad, e inició su ritual: lanzó sobre la mesa las decenas de carpetas que llevaba bajo el brazo, deshizo su moño y se despojó del uniforme oscuro con un suspiro de alivio.

La ducha siempre se alargaba. Bajo el agua hirviente, Sofía frotaba su cuerpo hasta dejarlo rojo.

Insistía en el pelo, las uñas, los ojos y la boca: los escasos centímetros de piel que quedaban al desnudo y que habían sido testigos del horror de los reformatorios debían de ser desinfectados a fondo.

Como todas las tardes, sus esfuerzos por purificar su ser resultaban inútiles en cuanto se sentaba frente a su escritorio y abría el primer informe.

Con el ceño fruncido, Sofía leía, una y otra vez, las mismas anotaciones: «débil mental profunda», «oligofrénica» o «imbécil» eran las conclusiones que los psicólogos sacaban de sus exámenes en los Centros de Observación y Clasificación.

Repasaba los colores del reloj moral de un vistazo: la rueda cromática del examen dividida en varias secciones siempre estaba teñida de rojo.

Hastiada, estudiaba las diferentes porciones del disco sin dejar de resoplar: «sensualidad, inteligencia moral, simpatía o compañías» eran las cualidades que determinaban la inmo- ralidad de una joven.

Pocas internas conseguían pintar el círculo con el azul salvador que las clasificaría como decentes.

Así, los diagnósticos condenaban a las mujeres al encierro con el fin de preservar la moralidad de un país en el que el destape llenaba las pantallas de los televisores.

Llevaba revisados la mitad de los expedientes del nuevo centro que le habían asignado cuando la última anotación de una ficha le hizo levantarse de la silla de golpe.

El corazón se le disparó sin control. Cerró los ojos un segundo y se llevó la mano al pecho.

Con toda la tranquilidad de la que era capaz, abrió los ojos y volvió a sentarse.

Completado a mano, el documento indicaba las razones del encierro de una joven: «Grave peligro para la moralidad de sus conciudadanos, en especial de las mujeres, por sus prácticas abortistas y esotéricas.

Denunciada por brujería , las autoridades civiles y eclesiásticas de la localidad de Combarro solicitan su ingreso en el centro del Patronato de Protección a la Mujer más adecuado».

Sofía temblaba mientras pasaba a leer el informe reciente de las monjas al cuidado de la interna.

[3] PATRONATO DE PROTECCIÓN A LA MUJER

COLEGIO DE FORMACIÓN PADRE DAMIÁN, 52

Informe sobre el estado de reeducación de la acogida:

ÁNGELA CASTIÑEIRA

Correspondiente al IV trimestre de 1975.

Conducta: Poco aceptable.

Formación religiosa: Es reacia a la práctica de la piedad.

Formación profesional: Se ha preparado en los talleres de costura pero el provecho ha sido nulo.

Estado de salud: Bueno.

Factor psicológico: Débil mental.

Ambiente familiar: Peligroso. La madre parece haberla instruido en prácticas abortivas y esotéricas.

Ambiente social: No se le conoce amigos.

Clasificación para la reforma: Actualmente se encuentra en el Hogar San Miguel.

OBSERVACIONES ESPECIALES:

La conducta de esta joven sigue siendo deficiente desde que ingresó.

Tiene un carácter impulsivo, voluble y caprichoso que le hace obrar sin reflexión, cometiendo continuas torpezas y faltas de disciplina. Falta de sumisión y brusquedad en el trato. No es visitada por su madre porque creemos que la educación impartida hasta ahora es la causa de su rebeldía.

Necesita colocarse pero no nos ofrece garantía de perseverancia en el trabajo ni en la obediencia, por lo que hemos declinado, de momento, cualquier ofrecimiento de formación o trabajo.

Por fin, aplicamos una vigilancia singular a esta interna ya que ha protagonizado, en un par de ocasiones y con la connivencia de otra chica del centro, actitudes histeroídes y «espectáculos» dirigidos a atraer la atención.

Madrid, 23 de diciembre de 1975.

Madre Manuela, superiora de las Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la Caridad.

A/A Sr. Vicepresidente de la Junta Provincial del Patronato de Protección a la Mujer de Madrid.

Sofía apartó el informe y buscó con agitación el expediente de esa «otra chica del centro». Cuando ya desesperaba y la pila de carpetas estaba a punto de terminarse, el contacto con el nuevo documento le provocó un intenso escalofrío.

[4] PATRONATO DE PROTECCIÓN A LA MUJER

COLEGIO DE FORMACIÓN PADRE DAMIÁN, 52

Informe sobre el estado de reeducación de la acogida:

PURIFICACIÓN URIARTE

Correspondiente al IV trimestre de 1975.

Conducta: Poco aceptable.

Formación religiosa: Es reacia a la práctica de la piedad.

Formación profesional: Se ha preparado en los talleres de costura pero el provecho ha sido nulo.

Estado de salud: Frágil.

Factor psicológico: Débil mental.

Ambiente familiar: Peligroso. Familia simpatizante de ETA.

Ambiente social: Peligroso. Entorno simpatizante de ETA.

Clasificación para la reforma: Actualmente se encuentra en el Hogar Santa Madre.

OBSERVACIONES ESPECIALES:

Esta interna presenta un comportamiento anómalo debido a una conducta desviada y a un carácter terco, voluble, caprichoso y hasta vengativo.

Se enfrenta a la autoridad siendo indisciplinada y dando malos ejemplos a sus compañeras.

Hace mucho daño con sus críticas y acusaciones estrafalarias sobre su paso por la Maternidad de Nuestra Señora de la Almudena.

Nuestras compañeras, las hermanas de la orden de las Cruzadas Evangélicas, nos han avisado de sus crisis de histeria acompañadas de convulsiones parecidas a los síntomas de una posesión maligna.

También reportan su empeño en hacerse llamar «Garbiñe», desafiando la prohibición del uso de nombres vascos.

Carece de hogar ya que su padre está desaparecido o en el exilio y su madre sigue, que sepamos, encarcelada por distribuir panfletos de ETA.

Necesita colocarse pero no nos ofrece garantía de perseverancia en el trabajo ni en la obediencia, por lo que hemos declinado, de momento, cualquier ofrecimiento de formación o trabajo.

Por fin, aplicamos una vigilancia singular a esta interna ya que ha protagonizado, en un par de ocasiones y con la connivencia de otra chica del centro, actitudes histeroídes y «espectáculos» dirigidos a atraer la atención.

Madrid, 23 de diciembre de 1975.

Madre Manuela, superiora de las Adoratrices del Santísimo Sacramento y de la Caridad.

A/A Sr. Vicepresidente de la Junta Provincial del Patronato de Protección a la Mujer de Madrid.

Sofía se abalanzó sobre el teléfono.

—¿Dígame?

—¿Malén? —Una queja aguda resonó en el auricular. Sofía sonrió. Dejó que su amiga se recuperase del trance—. Las en-contré.