28
Sor Paz avanzaba a grandes zancadas por los pasillos. Cabiz-baja, intentaba disimular la sonrisa que iluminaba su rostro. Eran las diez menos cuarto de la mañana y las internas vagaban, desconcertadas y ociosas, por los salones de los pabe-llones.
Ese día, las monjas tutoras no habían despertado a las chicas con palmadas y gritos.
No habían comprobado el estado de las camas, ni habían distribuido los oficios.
Una calma tensa recorría las miradas cuando alguna religiosa aparecía por el recodo de los pasillos y atravesaba los grupos de internas sin dedicarles ningún reproche, los ojos bañados en lágrimas.
Cuando sor Paz llegó al hogar San Miguel, Susana se abalanzó sobre ella.
—¿Ha estirado la pata?
Detrás de la líder, las cabezas de sus compañeras esperaban la respuesta de la hermana que seguía muda sin poder controlar su gesto de euforia. Anxela se acercó a tiempo de escuchar sus primeras palabras.
—Las monjas han estado rezando toda la noche. Parecen cadáveres vivientes. Muchas chicas del hogar Inmaculada las han acompañado. Marta, la Zanahoria, la primera. He podido escaparme de la capilla con la excusa de haceros rezar a todas, aquí, en el dormitorio, hasta nueva orden. Es inminente.
—¡Encienda el televisor, hermana!
Sor Paz se dirigió hacia el pequeño salón, seguida por un séquito expectante.
La pantalla proyectó una luz mortecina. Eran las diez menos cinco.
Susana subió el volumen. Frente a la imagen en blanco y negro, las internas esperaban de pie la ansiada noticia.
Las diez. El baile de puntitos blancos desdibujaba el rostro acongojado del presidente del Gobierno.
Por fin, Carlos Arias Navarro despegó los labios:
—Españoles… —Calló y bajó la mirada. Las internas aguan-taron la respiración. Anxela apretó la mano de Soledad—. Franco ha muerto.
La explosión de alegría retumbó por toda la estancia. Sor Paz meneaba los brazos ordenando silencio. Las internas deshicieron los abrazos y se taparon la boca con las manos. Con un dedo sobre los labios, Susana se asomó al pasillo. Nadie. Volvió al salón, las manos en alto en señal de victoria.
—Chicas, tenemos que ser prudentes —advirtió sor Paz—. Fingid aflicción ante las monjas y las demás internas.
—¡Qué les jodan! No pienso fingir nada, hermana. —Su-sana ya discutía con sus compañeras los detalles para con-seguir la prensa del día—. Me haré con la portada de la muerte del cerdo y la enmarcaré en cuanto salga de aquí. A esta reli-quia, ¡sí que le rezaré todos los días que me quedan de vida!
Las compañeras aplaudieron la iniciativa entre vítores y carcajadas.
En ese instante, una palmada resonó con estruendo. En el umbral de la sala, la superiora y la madre Clara condenaban al grupo con la mirada.
—Estaréis contentas, ¿no? El mejor hombre de España, el único que se preocupaba por salvar vuestras almas pecadoras, ha muerto.
—La voz ronca de sor Manuela se quebró por un segundo.
Rechazó la mano tendida de su subordinada y continuó—: Hoy rezaremos todo el día para que el espíritu inmortal del Generalísimo se eleve hasta el cielo y pediremos a Dios que su labor perdure y mantenga a este país bajo su protección.
—Represión.
La superiora buscó con mirada furibunda el origen de la réplica.
—¿Quién osa blasfemar?
—No es blasfemia, madre —Susana dio un paso adelan-te—. Franco no nos mantenía bajo su protección. Nos mantenía bajo su represión.
—¡Desgraciada! Madre Clara, llévela ahora mismo a la sala de catarsis.
—Enseguida, madre —siseó la Víbora entre dientes.
—Muerto el perro, se acabó la rabia —rió Soledad mientras apartaba su melena de la cara y desafiaba a las religiosas.
—Os quedan dos días, madres —advirtió Anxela acari-ciando su pelo trasquilado.
La Jirafa llevó sus manos al cuello y vociferó:
—¡A las celdas! ¡Las tres!
— Celdas ... ¡Por fin, usted usa la palabra adecuada!
Unas risas discretas recorrieron el grupo de internas.
La Víbora chasqueó los dedos y las tres rebeldes se alejaron del pabellón con la cabeza alta y el cuerpo erguido.
Antes de desaparecer, Anxela sonrió al rostro descompuesto de sor Paz.
La superiora sorprendió el gesto cómplice. Se acercó a la monja y amenazó:
—Un paso en falso, hermana, y haré que la trasladen a us-ted como a cualquiera de estas golfas.
Sentada sobre su cama, Garbiñe escuchaba el relato de sor Paz.
Masajeaba con discreción su pecho ya liberado de las vendas que lo oprimían.
Llevaba más de dos semanas en Padre Damián y si bien su recuperación era lenta, las hemorragias habían remitido y se sentía con fuerzas para trabajar en los talleres.
—¿Dice que no sabe cuánto tiempo estará Anxela encerrada?
—La superiora no confía en mí. Me tiene vigilada y no me informa de nada.
—Usted debería de huir de este lugar.
—No me iré hasta veros a todas fuera. Con la muerte de Franco, las cosas cambiarán.
Garbiñe espiró, cansada.
—A no ser que llegue un milagro, nada cambiará, hermana. Nada.
Se dio la vuelta y volvió a dormirse.