No habrá más noche 27
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La estación estaba poco concurrida. La pareja había hecho el trayecto hasta Pamplona confinada en un mutismo incómodo. Los intentos de Sofía por distraer al conductor de su melan-colía resultaron inútiles. Sentados en un banco de madera, esperaban el tren que llevaría a la joven hasta Madrid.

Sofía vigilaba de reojo el semblante serio de su acom-pañante. Pablo se mordía las uñas, la mirada clavada sobre las vías.

—Te harás sangre.

Pablo bajó la mano sin contestar y la posó sobre la de Sofía.

—No te vayas.

Sofía reprimió un lamento. Bajó los ojos hacia los dedos entrelazados. En su anular brillaba una sortija delicada. Se li-beró del apretón y deslizó el anillo por su dedo.

—Deberías quedártelo.

—No. Es tuyo.

—Podrías necesitarlo en el futuro.

Pablo cogió la alianza y la encerró en su puño.

—No tenemos por qué romper nuestro compromiso. Vente conmigo a Valencia.

Sofía suspiró.

—Siento hacerte sufrir pero no tengo elección.

Pablo se levantó y encaró la figura de su novia.

—¡No entiendo por qué te prestas a esta locura! ¿Cómo puedes aceptar formar parte de una institución franquista y ofrecer servicio a este régimen déspota? ¿Cómo puedes sacrificar tu vida y nuestra relación para salvar a unas niñas que ni siquiera conoces?

El rostro de Sofía se endureció.

—Tú haces lo mismo con tus negocios.

—Los tiempos cambian. La autoridad de Franco se debilita.

Es solo cuestión de tiempo que el país cambie de rumbo.

Pronto, ya no me veré obligado a hacer negocios con esta gentuza.

Pero tú, Sofía… —buscó las palabras adecuadas— ¡tú te metes de lleno en la boca del lobo!

¿Y qué son estas pintas? Ya te pareces a ellas.

Pareces una monja con ese moño de beata y ese uniforme fúnebre.

Sofía se levantó a su vez. Su cabeza quedaba por debajo de la barbilla de Pablo. Reculó un paso.

—¡Haré lo que haga falta para sacar a esas niñas de ese infierno! Me disfrazaré, mentiré, rezaré… ¡Haré lo que sea!

Su labio inferior empezó a temblar. Pablo resopló y volvió a sentarse en silencio. Sofía lo imitó.

Un chirrido silbó a lo lejos. Cuando el tren frenó, se incorporó. Pablo no se movió. La joven repasó su moño bajo y alzó con dificultad la pesada maleta. Sonrió con amargura y subió al tren.

A través del cristal, la imagen distorsionada de Pablo se alejó sin despedirse.

La noche envolvía la ciudad cuando Sofía llegó a la pensión en la que se alojaría durante los primeros días.

Sus padres disfrutaban de una notoria influencia entre la burguesía madrileña y habían echado mano de sus conocidos para encontrarle una vivienda acorde a su estatus social.

Sofía detestaba el recuerdo constante de su herencia familiar: el siglo anterior, su abuelo paterno había emigrado a América y había regresado a los montes navarros cargado de riquezas, frutos de negocios de los que Sofía sabía bien poco.

O no quería saber. La fortuna del patriarca le permitió construir un palacete en la calle Santiago, como lo hicieron tantos otros indianos en la encantadora localidad de Elizondo.

El disgusto de la madre de Sofía por tener que renunciar a su fastuoso tren de vida y seguir a su esposo hasta Oronoz aún provocaba fuertes enfrentamientos entre la pareja.

Sofía, ella, no había conocido otro paraje que el de los mágicos bosques del valle de Baztán y la tranquilidad del pequeño pueblo de casas blancas y arenisca morada.

De niña, recorría sus calles de la mano de Malén, en busca de los blasones decorados con tableros de ajedrez mientras su maestra le explicaba la historia de las grandes familias navarras.

Pronto, supo diferenciar las casas-torres parecidas a fortalezas de los palacios, fieles al estilo de las casas de labranza de la zona y herederos de la labor de cantería del país.

Ahora, sentada sobre la cama de la pequeña habitación madrileña, Sofía notaba cómo el peso de la soledad se abatía sobre ella.