26
De rodillas, Anxela frotaba sus manos agrietadas por el frío.
El gélido aire de noviembre entraba por la puerta de la galería y embestía los cuerpos malogrados de las internas mientras terminaban de fregar el suelo.
Observó los rostros de sus com-pañeras y suspiró.
No necesitaba rescatar el trocito de espejo de su cajón para saber cuál era su propio aspecto: ella se parecía a todas las demás.
Solo se permitía comprobar, una vez a la semana, el crecimiento de sus mechones.
El pelo ya no se le quedaba tieso y, con ayuda de agua, conseguía aplastarlo y moldearlo hacia un lado.
Unos pasos autoritarios se acercaron. Ninguna chica levan-tó la cabeza.
Podían reconocer esos andares sin la sombra de una duda.
El ejército de esponjas intensificó su trabajo hasta que las dos figuras oscuras le dieron la espalda y se detuvieron en el umbral de la entrada al edificio.
Pasaron unos minutos antes de que una visitadora social subiera los escalones que la separaban de la superiora y de la madre Clara.
Su gesto tenso solo se relajó cuando una silueta frágil se situó a su lado.
—¡Mirad! Una nueva.
—Quita el cabezón, ¡qué no veo!
Anxela se levantó.
—¿Qué haces, Hierbas? ¡Arrodíllate!
De pie, Anxela ignoró la advertencia. Las religiosas se ale-jaron con la funcionaria, dejando a la joven sola.
La recién llegada, de pelo alborotado, la observó y negó con la cabeza.
Cuando Anxela se decidió a ir a su encuentro, la Jirafa y sus acompañantes ya volvían.
La visitadora bajó las escaleras y desapareció sin despedirse.
La superiora se apartó y extendió un brazo hacia el interior del edificio.
Desde el pasillo, Anxela pudo escuchar el habitual saludo de recepción:
—Bienvenida al colegio de formación de las Monjas Adoratrices del Santísimo Sacramento.
La nueva bajó los hombros y avanzó.
Andaba con dificultad. Sus piernas separadas describían un arco grotesco. Sus brazos, cruzados sobre el pecho, le confe-rían el aspecto de una penitente.
Los cuchicheos redoblaron:
—¡Mirad que pintas!
—Está viene de Peña Gorda, ¡seguro!
—Yo no pienso limpiar sus sábanas.
—¡Ni que tú no mancharas la cama con sangre!
—¡Desde luego, no como estas!
La joven y sus dos escoltas ya llegaban a la altura de Anxela cuando la madre superiora se detuvo.
—Ángela, ¿qué haces aquí parada como una tonta? ¡Sigue frotando!
Pero la interna no podía oír los reproches de la religiosa.
Los sonidos se habían apagado. Un frío intenso trepaba por su nuca.
Paralizadas, Anxela y la nueva se miraban sin apenas respirar.
De repente los dos cuerpos se estremecieron por un segundo.
El grupo a su alrededor presenciaba la escena con asombro.
Por fin, Anxela recuperó el control de sus músculos y dio un paso atrás.
Sin dejar de observar a la desconocida, se arrodilló a los pies de la monja.
Con dos palmadas, la madre Clara rompió el hechizo.
—¡Vamos, a trabajar! ¡Vagas! Y tú, Purificación, no te quedes aquí parada. ¡Sígueme! —La Víbora tiró con violencia del brazo delgado—. ¡Otra inútil como las demás!
Habían pasado dos días sin que Anxela se cruzara con la nueva. Las chicas del hogar San miguel no conocían su paradero ni parecía importarles.
Cuando llegó la hora del patio, la gallega no se reunió con Soledad en el rincón apartado de las miradas indiscretas, como era su costumbre. Vagó más de diez minutos entre los grupos de internas antes de reconocer la espalda ancha de sor Paz.
—¡Hermana! —La religiosa metió la mano en el bolsillo de forma atropellada y se dio la vuelta. Anxela sonrió—. Hermana… ¡Es usted peor que Susana y sus compinches de estraperlo!
Sor Paz enseñó las palmas de sus manos en señal de ino-cencia.
—Un par de magdalenas no son para tanto, hija.
—No seré yo quien se lo reproche… ¿Sabe usted a qué pabellón han destinado a la nueva?
—¿A Purificación? A Santa Madre. Ahora mismo está allí. Está muy débil. De momento, se quedará en reposo hasta que se encuentre con fuerzas para trabajar.
—Gracias, hermana.
Anxela se apresuró hacia el interior del edificio. Desde su escondrijo, Soledad observó la carrera de su amiga.
Cuando Anxela estuvo segura de que ninguna monja vigi-laba el dormitorio, se deslizó por la puerta con cuidado de no hacer ruido.
Al final de la hilera de camas impolutas, un bulto se mecía bajo una manta de cuadros.
Desde la distancia, Anxela tosió para no asustar a la figura que ya se incorporaba.
—Hola.
Dos ojos tristes la observaban sin pestañear. Esperó unos segundos antes de atreverse a acercarse. Garbiñe apartó las sábanas y, con un gemido, se sentó al borde de la litera. Anxela la emuló y ocupó el colchón frente a ella.
—Hola.
—Me llamo Ángela.
—Yo me llamo Garbiñe.
Anxela enarcó las cejas.
—Pensaba que te llamabas Purificación.
—Ese no es mi nombre.
Anxela sonrió con dulzura al rostro enojado.
—En realidad, yo me llamo Anxela.
—No dejes que te cambien el nombre.
—Aquí dentro, esto es un mal menor.
—No lo es. Tu nombre es quien eres.
—Tienes razón pero, por ahora, tienes un problema más grave.
Señaló con timidez hacia la entrepierna de la joven.
Una mancha roja se extendía por sus bragas e ingles.
El mentón de Garbiñe se arrugó y su labio empezó a temblar.
Anxela le ofreció su brazo y las dos se dirigieron hacia el baño.
La interna cambió la enorme compresa y, tras devolver a su nueva compañera a la cama, se llevó la sábana manchada, la enja-bonó y la frotó con energía.
Cuando terminó, la tendió entre dos sillas y volvió a lado de Garbiñe.
Ninguna habló hasta que, por fin, la vasca explicó con un hilo de voz:
—Me quitaron a mi hijo.
Anxela se sobresaltó.
—¿Qué quieres decir?
—Di a luz y las monjas me quitaron a mi hijo.
—Pero, ¡eso es imposible!
Garbiñe examinó a Anxela con dureza.
—En estas cárceles dejadas de la mano de Dios, todo es posible.
Unas voces se acercaron por el pasillo. Unas chicas en-traron y descubrieron con sorpresa a Anxela.
Esta se levantó y se inclinó hacia Garbiñe.
—Te guardaré sitio en el taller. Allí nos mezclan a todas juntas. Te protegeré.
Garbiñe la retuvo.
—Tú y yo somos iguales. El escalofrío al vernos a mi lle-gada... Tú también tienes el don, ¿verdad?
Anxela asintió y abandonó el hogar Santa Madre con los puños apretados.