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El viaje resultó ser más corto de lo esperado.
Encogida en el asiento trasero del coche de la Guardia Ci-vil, Garbiñe ignoraba la presencia de la señorita Ramírez a su lado. Esta vez, agradeció el mutismo de la visitadora social .
La señorita leía el diario Pueblo con evidente disgusto. Sin poder aguantar más el enfado, rompió su propia ley del silen-cio y exclamó:
—Este Juan Carlos nos llevará al desastre. —Sin respuesta por parte del conductor, insistió—: Recemos a Dios, nuestro Señor, para que el Generalísimo se recupere pronto y ponga en veda a este principito.
—Perdone, señorita. ¿A qué se refiere?
—¿Es que no ha leído la prensa hoy?
—Es lunes. Los periódicos no salen.
—Pues el Pueblo se ha saltado la norma. En su portada, sale una fotografía del jefe de Estado interino y este titular: «Don Juan Carlos en el Sahara». ¿Se lo puede creer?
—No entiendo mucho de política, señorita. ¿Qué implica eso?
La funcionaria vaciló durante unos segundos.
—No lo sé… ¡pero no me gusta este hombre!
—Garbiñe bufó con fuerza. Su vecina la fulminó con la mirada—.
Como decía, ¡no me fío de don Juan Carlos!
Al fin y al cabo, es extranjero. Terminará traicionándonos a todos y lo que es peor: traicionará a nuestro Caudillo.
Pobre hombre... en su lecho de muerte y la prensa preocupada por un usurpador.
Garbiñe se tapó los oídos para no tener que aguantar más el gimoteo de la visitadora social .
Cambió de posición sin conseguir aliviar las molestias que le provocaba la compresa pegada a su cuerpo.
Desvió la mirada hacia el exterior: una mujer sonriente empujaba un cochecito de bebé por la acera.
Garbiñe se llevó la mano al corazón y sollozó.
El vehículo frenó de forma brusca. Sin esperar la orden, Garbiñe abrió la puerta y salió al aire libre.
Torció el gesto al notar la presión del vendaje sobre su pecho.
Aspiró una profunda bocanada de viento helado, bajó los párpados y extendió los brazos.
Se dejó transportar durante un breve instante por una sensación de libertad ya olvidada.
Cuando abrió los ojos, se quedó sin respiración.
Frente a ella, un edificio descomunal ocupaba una manzana entera.
Eran las seis de la tarde pero la noche incipiente aún dejaba apreciar la mole triangular en todo su esplendor.
Innumerables ventanas iluminadas se sucedían a lo largo de la fachada.
Garbiñe frotó con energía su rostro en un intento por borrar la imagen del monstruo de ladrillo.
«Otra vez, no». La señorita Ramírez la adelantó y, sin mirarla, le ordenó que la siguiera con un gesto de la mano. Garbiñe obedeció, cabizbaja.
Bordearon la verja hasta divisar la entrada principal.
Una placa rezaba: calle Padre Damián, 52.
Cuando llegaron a los pies de las escaleras, Garbiñe levantó la cabeza: frente a ella, una monja, de cuello interminable y delgada como una espiga a punto de quebrarse, la examinaba con desdén.
A su lado, otra religiosa, mucho más joven y de rostro viperino, susu-rraba palabras con aire divertido.
La funcionaria salvó los cuatro escalones y esperó con irritación a que Garbiñe se decidiera a imitarla.
Cuando por fin la vasca llegó a su altura, la señorita Ramírez anunció:
—Esta es Purificación. Viene de la maternidad de Nuestra Señora de la Almudena. Es una joven… complicada.
Las dos religiosas arquearon las cejas a la vez. La primera se adelantó y acarició un anillo dorado que brillaba en su anular. La voz ronca, salida de una garganta tan estrecha, im-pactó a Garbiñe:
—Aquí le enseñaremos a respetar las normas.
—Eso es. Le enseñaremos a respetar las normas —hizo coro su joven acompañante.
—Soy la madre Manuela, la superiora de este lugar. Esta es la madre Clara.
—Buenas tardes, madre.
Sor Manuela pareció satisfecha con la respuesta.
—Espera aquí.
Las tres siluetas negras se alejaron. Desde la galería, unas chicas ojerosas examinaban a la nueva interna.
Una muchacha de pelo corto y rubio platino se alzó por encima de los cuerpos inclinados de sus compañeras.
Cansada, Garbiñe negó con la cabeza. Los pasos de las religiosas no tardaron en volver a aproximarse.
La señorita Ramírez bajó los peldaños y desapareció en la negrura sin despedirse, como era su cos-tumbre.
La superiora se apartó y extendió un brazo hacia el interior del edificio.
—Bienvenida al colegio de formación de las Monjas Ado-ratrices del Santísimo Sacramento.
Garbiñe dejó caer los hombros y avanzó.
«Otra vez, no».