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Llegaron al Palacio de Arriba cuando el sol ya lucía alto por encima de los montes navarros.
La imponente residencia de verano del matrimonio Ciga-Fernández dominaba el parque natural del señorío de Bertiz, indolente ante el paso del tiempo que agrietaba, poco a poco, su esqueleto de madera y porce-lana roja.
El musgo coloreaba de un verde fosforescente su fachada cansada de humedad y formaba un tapiz mullido que tragaba el sonido de los pasos de Sofía.
Malén acarició la delicada forja devorada por el óxido.
Observó la huella ana-ranjada sobre sus dedos.
—Espero que el palacio aguante hasta que llegue a visitarlo con mi nieta.
Sofía observó con curiosidad los ojos plateados de su maestra.
—¡Tu hijo apenas tiene nueve años y ya hablas de tener una nieta! Además, puede que el don salte dos generaciones por primera vez y tengas un nieto.
Malén inclinó la cabeza sin cambiar su expresión apacible. Sofía suspiró y levantó las palmas en señal de excusa.
—Será niña y heredará el don como todas las mujeres del clan —recitó la alumna.
Una ligera brisa sacudió la cima de las hayas centenarias y propagó un intenso perfume a limón.
Las dos mujeres se alejaron del gigante dormido y retomaron su paseo por el sendero del bosque.
El riachuelo corría alegre entre las piedras pulidas que bordeaban su lecho e invitaba al caminante a refrescarse en estos primeros días de verano.
Sofía ya se acercaba a la orilla cristalina cuando Malén la detuvo con suavidad.
La discípula entonó las consabidas palabras:
—No molestes a los habitantes del bosque.
Sonrió y tomó el brazo de su mentora.
—Faltan pocos meses antes de tu partida —lamentó Malén.
—Eso si consigo superar las pruebas selectivas. Sigo sin entender porqué tengo que tomarte el relevo tan pronto. Acabo de cumplir veintitrés años. No sé si estoy preparada.
Malén acarició el hombro de su acompañante.
—Lo estás. Te enseñé todo lo que sé.
Sofía se detuvo.
—Todo este plan tuyo nunca me ha convencido, ¿sabes?
—¿A qué te refieres?
—¿A qué va a ser? ¡A formarme para ser educadora social y buscar a las hijas de tus amigas por todos los centros del Patronato!
—A mí me parece un plan sin fisuras...
—¿Sin fisuras? ¡Pero si no tienes ni un principio de prueba de que estén presas en ninguno de esos reformatorios!
—Ya te expliqué que...
—¡Lo sé! Sé que muchas hijas de los demás clanes han sido apresadas y enviadas a esos correccionales pero Anxela y Garbiñe no tienen por qué haber corrido la misma suerte.
—Muchas, no. Muchísimas. Van cayendo como moscas y no pararan de caer.
Sabes bien como sois todas las herederas más jóvenes: imprudentes, envalentonadas por vuestro don y, sobre todo, rebeldes.
Sois la presa ideal para las guardianas de la moral .
De estar retenidas en algún sitio, Anxela y Garbiñe lo estarán en unos de los centros del Patronato.
Lo sé. Lo siento. Y tú también lo sabes: confía en tu presentimiento, confía en tu don.
Un temblor recorrió el cuerpo de las dos mujeres.
—Sigo pensando que todo esto es una locura. ¡Buscamos una aguja en un pajar!
—¿Qué otra opción nos queda? He buscado a Maruxa y Leire durante años, en vano. Nunca las encontraremos a no ser que ellas decidan ponerse en contacto conmigo. Saben dónde localizarme. Y eso, no va a pasar.
—Si sus hijas estuvieran en peligro, seguro que lo harían, te buscarían. Si el Patronato se las hubiera quitado, te habrían pedido ayuda.
—No. Nunca amenazarían la seguridad del clan. No hasta que la democracia haya vuelto.
—¡Pero estas dos niñas son el futuro del clan! Si les pasara algo, nuestro grupo estaría condenado a desaparecer.
—Mis amigas saben que si esto llegase a pasar, la matriarca tendría el poder de formar un nuevo clan. Nos guste o no, las matriarcas somos las únicas imprescindibles. Maruxa y Leire lo saben, lo entienden y lo aceptan. Ninguna de nosotras está por encima de la seguridad del clan.
—Yo nunca sería capaz de crear otro grupo que no sea el nuestro. Supondría una traición a sus miembros. Tampoco comprendo cómo tus amigas lo aceptan.
Malén detuvo la marcha y contempló a su alumna con severidad.
—No nos juzgues con tanta dureza. —La maestra endulzó sus rasgos—.
Sofía, eres joven y aún no lo entiendes.
No comprendes lo que realmente simbolizan los clanes.
Éstos no se reducen a mujeres que comparten conocimientos ances-trales.
El clan nunca fuimos únicamente nosotras, las supervi-vientes. Es algo mucho más trascendental.
—Ya que no lo entiendo, ¡explícamelo tú! Si el clan no somos nosotras solas, ¿qué es?
—Esto es lo único que no puedo enseñarte, cariño. Tendrás que aprenderlo por ti misma.
—¿Cómo?
—Con tiempo y experiencia. Algún día alcanzarás la sabiduría que requiere tu cometido. Entonces, y solo entonces, lo entenderás.
Sofía no se rindió y cambió de estrategia.
—¡Pero ese trabajo en Madrid va en contra de todo lo que soy! Durante mi formación en la escuela de reeducadoras , tuve que fingir una fe y una obediencia a normas morales con las que no comulgo.
—Como muchas mujeres de este país, cariño. Además, tu madre está encantada con tu decisión.
—¡Y tanto! Quiere que me pase a visitar a su amigo íntimo, el arzobispo de Madrid, en cuanto me instale en la capital. ¡Qué fastidio!
—No falles en presentarte, Sofía. —La joven observó a su maestra con sorpresa—.
El cardenal Vicente Enrique y Tarancón es famoso por sus disputas con Franco y con los círculos integristas de su régimen.
Desde que preside la Conferencia Episcopal Española, ha mantenido un papel conciliador y abierto a los nuevos tiempos.
No podemos des-perdiciar un contacto tan prestigioso y afín a la democracia. Una nunca sabe quién va a necesitar...
—Entiendo... Pero ¡no quiero ser unas de esas malditas guardianas de la decencia ! Además, tendré que ver cómo las monjas mantienen confinadas a unas niñas indefensas.
—Ser visitadora social te permitirá ayudar a esas chicas.
Sofía siguió con su perorata sin escuchar a su amiga.
—Sin hablar de que tendré que responder ante unos tipejos que vigilarán cada uno de mis gestos para asegurarse de que coincido con su modelo de mujer perfecta. ¡Y la ropa, Malén! ¡La ropa! Tendré que llevar esas horribles faldas hasta los tobillos y vestir de negro hasta el cuello.
Exhibió su florido vestido veraniego y retuvo un grito de desesperación. Malén sonrió con tristeza.
—Podrás ayudar a esas chicas —repitió al tiempo que encerraba el rostro lleno de vida de su discípula entre sus manos—. Te necesitan.
—Lo sé.
—Es un gran sacrificio. Lo ha sido desde el principio.
—Y así lo acepté.
—Porque es tu naturaleza. No puedes huir de ella. Y por-que tienes que encontrarlas.
Sofía enfrentó la mirada gris de Malén.
—¿Y si no lo consigo?
—Lo harás. Estás destinada a reunir el clan. Tú serás su guía.
Una bandada de pájaros levantó el vuelo con estruendo.
—Maldito bosque —exclamó Sofía—. ¡Siempre se pone de tu parte!
Malén sonrió y retiró sus manos. Maestra y alumna retomaron el paseo entre el murmullo de seres invisibles.
Acodadas sobre el pretil del puente de Reparacea, Sofía y Malén contemplaban el hipnótico baile de las libélulas por encima de las aguas del río Bidasoa.
El azul metálico de los insectos destellaba a cada aleteo provocando los gritos de admiración de los niños que correteaban sin descanso.
Unas chiquillas jugaban al escondite y se perseguían entre risitas agudas.
Sofía seguía la persecución, perdida en sus cavila-ciones.
—Tú también serás madre —auguró Malén adivinando sus pensamientos.
Sofía suspiró.
—No sé cómo.
—Eres joven.
—En el pueblo, ya me llaman «la solterona».
—Las chicas del pueblo te tienen envidia, nada más.
—No veo por qué.
—¿Por qué va a ser, tontorrona? ¡Porque tienes al chico más guapo de Oronoz loquito por ti!
El rostro de Sofía se ensombreció.
—Pablo…
—¿Cómo se ha tomado la noticia de tu marcha?
—He tenido que romper el noviazgo. ¿Cómo se lo iba a tomar?
—Solo estarás en Madrid unos pocos meses.
Sofía contempló a su vecina con reproche.
—No sabemos cuánto tiempo voy a estar en la capital.
—Seguro que las encuentras enseguida.
—Ni tú puedes saberlo, Malén.
—Pero Pablo conoce tu cometido y tus creencias.
—Sí, pero nunca ha entendido del todo mi don.
—¿No podría él acompañarte a Madrid?
—Sus negocios en Valencia empiezan a dar sus frutos. Está destinado a ser un gran empresario, ¿sabes? No sacrificará su futuro por mí.
Malén resopló.
—El sacrificio es cosa de mujeres. Algún día, los roles cambiarán.
—Ojalá Amari escuche tus palabras.
—Siempre lo hace. Siempre ayuda a sus sorginaks .
Al escucharlas, una mujer que pasaba frente a ellas las observó y se alejó con pasos acelerados. Las dos amigas rieron y retomaron el camino hacia Oronoz.