No habrá más noche 23
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La voz aflautada terminaba su discurso por encima de los aplausos y los vítores de una multitud entusiasmada:

—¡Arriba España! ¡Viva Franco! ¡Viva!

El generalísimo saludaba con mano temblorosa a un público agolpado en la plaza de Oriente.

Los altavoces grita-ban el Cara al Sol y un mar de brazos alzados despedían al hombrecito, ya frágil, seguido por su mujer, el Príncipe Juan Carlos y su esposa.

Cuando todos desaparecieron del balcón, sus fervientes partidarios seguían enarbolando pancartas y lemas exaltados.

Escritas con mayúsculas, imponentes letras negras bramaban: «Franco, la juventud te aclama».

Un suave empujón despertó a Anxela.

—Vamos, hija. Levántate.

—Hermana… ¿Qué hora es?

—Las cuatro de la mañana. Nos toca guardia, ¿recuerdas?

Anxela asintió mientras frotaba sus ojos enrojecidos por el sueño.

Alrededor, la negrura era absoluta. La bombilla de la luz piloto se había fundido.

Anxela apartó la manta. Un frío intenso la paralizó.

A tientas, buscó su uniforme y se desvistió sin miedo a que nadie pudiera recriminarle su desnudez.

Por fin, introdujo sus pies helados en los zapatos y, cogiendo la mano tendida de la religiosa, se dejó guiar hasta la salida. Recorrieron los pasillos sin hablar.

En la capilla, las monjas de guardia esperaban su relevo de la adoración nocturna .

Antes de entrar, la joven, con un movimiento inesperado, abrazó a su protectora.

Sor Paz no despegó los labios. Acarició el pelo platino y esperó a que Anxela deshiciera el apretón.

Pasaron unos minutos antes de que las dos sombras aparecieran al pie del altar.

La madre Clara y la madre Genoveva dieron la espalda al santísimo sacramento y observaron a sus sustitutas con caras de re-proche.

—Llegáis tarde. La pobre madre Genoveva ya no está para estos trotes.

—La luz del dormitorio no funciona y he tardado más de lo debido en vestirme. La hermana Paz no tiene la culpa.

—Eso lo decidirá la superiora.

La madre Clara ayudó a la anciana a emprender la marcha y la pareja desapareció tras la pesada puerta de la iglesia bajo la mirada rencorosa de Anxela. El sonido de los goznes retumbó en la fría estancia.

—Lo siento, hermana. Va a tener problemas por mi culpa.

—No te preocupes, hija. Hace tiempo que estas dos se han liado, junto a la madre Manuela, para hacerme la vida imposible.

—¿Por qué se queda aquí? Podría ser libre…

—Me quedo por vosotras, cariño. Tampoco es que tenga yo a donde ir... —Sor Paz volvió a acariciar la cabeza de An-xela—. Gracias por acompañarme esta noche.

—Lo haré cada vez que usted tenga guardia, hermana.

Anxela observó la custodia iluminada por la luz temblorosa de las velas. El ostensorio de oro reposaba sobre un delicado mantel de lino. La hostia consagrada flotaba en medio de los rayos de un sol refulgente a la espera de la adoración de sus fieles.

Mientras rezaba, las manos juntas, sor Paz notaba la presencia inquieta de Anxela a su lado.

—¿Qué te pasa, hija?

—Usted tiene una relación estrecha con Soledad.

—Así es.

—¿Conoce su historia?

—¿Por qué lo preguntas?

—Corren muchos rumores sobre ella… Las internas pare-cen estar seguras de que terminará muy mal. Dicen que se la llevarán al manicomio de Ciempozuelos o al reformatorio de Baeza.

—¿Sabes algo de esos lugares?

—La verdad es que no. Las chicas no confían en mí. La ma-yoría del tiempo, ni me hablan. Solo sé que los consideran los peores destinos posibles.

Sor Paz suspiró.

—Tienes que perdonarlas. Estas chicas no han tenido una vida fácil. En San Miguel, la mayoría son delincuentes, vienen de la calle donde…

—Ejercían la prostitución o robaban —terminó Anxela—.

He oído todas estas historias. Pero la mayoría se vieron obli-gadas a sobrevivir de esta forma al escapar de algún centro del Patronato.

Cuando ingresaron por primera vez, ninguna había hecho nada malo.

Antes, eran unas chicas inocentes, como yo.

Ninguna era prostituta ni ladrona. Es esta institución quien hizo de ellas unas delincuentes.

—Lo sé, hija.

—¿Eso fue lo que le pasó a Soledad?

—Su historia es diferente. Ella creció dentro del Patronato. Su madre era una presa republicana. Tuvo a Soledad en la cárcel. Se la quitaron enseguida y el Tribunal de Menores la metió en un orfanato.

—¿Qué pasó con su madre?

—Murió a los pocos meses de una neumonía.

Anxela apretó los labios.

—¿Nadie quiso adoptar a Soledad?

—Era un bebé enfermizo. Al lado de otros recién nacidos sonrosados, Soledad no presentaba el perfil adecuado.

Cuando creció, la cosa no mejoró: era una niña huraña y desobediente.

Cuestionaba y se saltaba todas las órdenes de las monjas.

Cuando cumplió los dieciséis años, abandonó el orfanato para empezar su periplo por decenas de reformatorios como este.

—¿Qué es Baeza?

—El Hogar de Nuestra Señora del Alcázar. Es un lugar triste, oscuro y húmedo. Lo regentan las hermanas Terciarias Capuchinas. Está construido en medio de un páramo estéril a kilómetros de cualquier vivienda. Ni tan siquiera tiene agua corriente. De allí, nadie puede escapar.

Anxela contrajo la boca.

—¿Sabe algo del psiquiátrico de Ciempozuelos? ¿Es ver-dad que existe un pasillo en el manicomio sólo para chicas provenientes de centros como el nuestro?

—Sí, hija. Allá os llaman las Patronatas . Pero tú no tienes nada que temer. A ti, no te mandarán a ese lugar.

—¿Por qué? ¿Porque no soy una desviada, una tarada, una bollera?

—Cálmate, Anxela.

—¿Es cierto que las torturan?

Sor Paz se removió en su asiento.

—Son tratamientos psiquiátricos... —bajó la mirada y añadió con un hilo de voz—: electrochoques, comas insulí-nicos y trepanaciones.

Anxela se levantó de golpe.

—¡La matarán, hermana! Si se llevan a Soledad a ese sitio, ¡la matarán!

La monja tiró con delicadeza del brazo de la joven y la de-volvió a su asiento.

—No dejaré que nada le pase. Te lo prometo. La protegeré de la madre superiora y de la Víbora.

—Pero no puede protegerla de sí misma. Algún día, dirá o hará algo demasiado grave y la enviarán a Ciempozuelos.

Sor Paz espiró todo el aire de sus pulmones.

—El Patronato ha sometido a muchas almas frágiles pero algunas son indomables. Solo puedo rezar por vosotras y esperar que Dios oiga mis plegarias.

—Dios no habita este lugar, hermana.