22
Al despertarse, lo primero que hizo Garbiñe fue llevarse las manos a la barriga.
El querido bulto había desaparecido. Levantó la manta: una larga cicatriz irregular partía su vientre en dos.
Restos de sangre seca formaban una ristra de puntitos negros adheridos a la piel.
Sus ojos se posaron sobre su pecho. Una gruesa venda oprimía sus senos hinchados.
Tocó el apósito. Un dolor agudo le obligó a cerrar los párpados con fuerza.
Miró a su alrededor. El dormitorio estaba vacío. Contó las camas. Quince. ¿Dónde diablos se encontraba?
A duras penas, se enderezó y se sentó en el borde de la cama. Observó el lecho vecino y las lágrimas ascendieron con violencia. Cruzó las manos y acarició su dedo anular. De repente, se giró y abrió el cajón desvencijado de la mesita de noche. Estaba vacío. Su anillo había desaparecido.
—Bienvenida al hogar de madres .
De espaldas a la voz desconocida, Garbiñe enjugó sus ojos y se dio la vuelta.
—¿Por qué estoy aquí y no en mi pabellón? ¿Dónde está mi hijo? Y tú, ¿quién eres?
—Para el carro, guapa. Las preguntas, pocas y de una en una.
La interna se acercó y se sentó frente a Garbiñe. Su media melena rizada caía en bucles desordenados sobre su frente. Su piel morena parecía ajada por largos años de trabajo a la intemperie.
—¿Qué hago aquí?
—Has dado a luz, pequeña. Ya eres madre. Ahora te toca vivir con nosotras.
—¿Dónde está mi hijo?
—Las monjas no nos cuentan nada, ya lo sabes. Me han dejado contigo para que te haga de niñera hasta nueva orden.
—No pienso quedarme aquí. Cogeré a mi niño y nos iremos.
La interna suspiró.
—¿Cómo te llamas?
—Garbiñe.
—¿Garbiñe? Qué nombre tan extraño. —La vasca cerró los puños, sin contestar—. Yo me llamo Catalina. Llámame Cata .
Garbiñe dominó sus nervios y forzó una sonrisa.
—¿Dónde están las demás chicas?
—Trabajando en los talleres.
—¿No están cuidando de sus hijos?
—Los niños se quedan en la guardería con las monjas. Si sus madres se portan bien y terminan a tiempo sus tareas, les dejan verlos y darles el pecho a mediodía. Si no, los bebés se quedan sin comer.
Garbiñe observó horrorizada el rostro impasible de Catalina.
—¡Esto es inhumano!
—Como todo lo que ocurre en Peña Gorda. —Un nuevo espasmo de dolor contrajo los músculos de la vasca—. Duele, ¿verdad? —preguntó Catalina al tiempo que señalaba la venda que comprimía el pecho de la joven.
—Muchísimo. ¿Por qué llevo este vendaje?
—Para que te suba la leche. Es una verdadera tortura. Otra más.
—Si es para dar de comer a mi hijo, lo soportaré.
—No es para tu niño, cariño. Es para que des tu leche a los otros bebés.
Garbiñe se levantó de golpe. Notó una sensación caliente resbalar por sus muslos. Bajó la mirada: un hilo de sangre de un rojo brillante se deslizaba a lo largo de sus piernas. Entre sus bragas, una enorme compresa ya no conseguía absorber más líquido.
—No te asustes. Todas hemos tenido hemorragias después del parto. Buscaré una nueva compresa para que puedas cambiarte. Espérame aquí.
Catalina salió del dormitorio. Garbiñe aprovechó para dar rienda suelta al llanto.
Garbiñe y Catalina paseaban por un largo corredor, al ritmo lento de la vasca. Cada movimiento le provocaba una mueca de dolor pero la madre primeriza se había empeñado en ir en busca de alguna monja que pudiera revelarle el paradero de su hijo.
—¿Pudiste verlo?
Garbiñe observó a su acompañante con perplejidad.
—¿De quién hablas?
—De tu niño.
—No.
—Entonces, ¿cómo sabes que es un niño?
—Oí su llanto. Es niño. Tiene que serlo —contestó Garbiñe repitiendo las palabras de su amiga Soco.
—¿Cómo se llama?
—Ander.
—Otro nombre raro.
Una puerta se abrió y una fila de internas salió al pasillo. Ignorando a la pareja que se había apartado contra la pared, las chicas se apresuraban, riendo con júbilo. Sin esperar la pre-gunta de Garbiñe, Catalina explicó:
—Son las doce. Corren a dar de comer a sus niños.
—Y tú, ¿no vas? Tu hijo tendrá hambre.
—Hija. Yo tengo una hija. —Catalina bajó la mirada hacia los pechos inflamados de la vasca y suspiró—. No tengo leche que darle.
Garbiñe posó su mano sobre el hombro de Catalina.
—Vayamos de todas formas. Quiero ver la guardería.
Cuando llegaron a la puerta acristalada, unos gritos infan-tiles resonaban tras el vidrio. Catalina empujó el batiente y las risitas agudas doblaron de volumen.
Con cuidado, avanzaron entre los cuerpecitos rechonchos que se arrastraban a cuatro patas o chupaban sus dedos sucios.
Juguetes esparcidos por el suelo llenaban de color la estancia.
Garbiñe, al borde de las lágrimas, cerró los ojos y aspiró con fervor el olor a talco y a leche materna.
Catalina la cogió de la mano y, con la cara iluminada, la arrastró hasta el fondo de la habitación.
—Mira. ¡Esta es mi hija!
Una niña de unos pocos meses levantaba los brazos hacia Catalina. Cuando la tuvo en brazos, la madre la estrechó para luego comerla a besos. Garbiñe se acercó y detuvo el gesto de su mano.
—Esta es Carmen. Puedes tocarla.
Garbiñe sonrió agradecida y acarició la mejilla de la niña. El contacto con la piel aterciopelada la hizo estremecerse.
Mientras Catalina jugaba con su hija, Garbiñe aprovechó su soledad para observar cómo las internas amamantaban a sus bebés.
Anheló poder experimentar esa nueva sensación en su propio cuerpo, descubrir la certeza de saberse madre.
Buena madre. En un rincón, una niña de unos doce años jugaba con una muñeca.
Garbiñe se sorprendió al verla abandonar su Nancy para coger en brazos a un recién nacido y darle el pecho.
Una monja apareció. Echó una mirada fría a las criaturas y, enseguida, dirigió sus pasos hacia un niño apartado.
El crío se balanceaba sobre un asiento bajo, los brazos cruzados y las piernas colgando.
El pequeño rostro enfadado lanzaba ojeadas furtivas a los otros niños abrazados a sus madres.
La religiosa forzó su barbilla con los dedos y pellizcó con fuerza el moflete sonrojado.
Garbiñe se preparaba para intervenir cuando la reacción del párvulo la detuvo: sin protestar, el niño congeló una sonrisa forzada en su cara hasta ver cómo se alejaba la monja.
—¿Quién eres tú y qué haces aquí?
Garbiñe tardó unos segundos en percatarse de la presencia de la religiosa a su lado. Percibió la misma mirada de despre-cio con la que siempre la examinaban desde su llegada a Peña-grande. Sin inmutarse, enfrentó el semblante altanero de la hermana y contestó:
—Me llamo Garbiñe. Vengo del hogar de gestantes. Ayer di a luz. Quiero saber dónde está mi hijo.
Sonrió al constatar el efecto de sus palabras sobre su adver-saria. Detrás, Catalina y las demás madres observaban la esce-na con preocupación.
—No puedes estar aquí.
—No pienso moverme.
—Llamaré a la madre superiora.
—Eso espero.
Cruzó los brazos y apoyó firmemente los pies sobre el suelo. Unas risitas se extendieron a su espalda. La religiosa, sofocada, giró los talones y salió a la carrera. Cuando la puerta se cerró, Garbiñe expulsó todo el aire de sus pulmones y dejó caer su cuerpo sobre una silla.
—Sabes que esto tendrá consecuencias, ¿verdad?
—Lo sé, Cata . Pero ya no tengo nada que perder.
Los escasos minutos de paz finalizaron con la entrada atrona-dora de la madre superiora y de su escolta, sor Carmina. De un salto, Garbiñe se puso en pie y esperó sin moverse a que las religiosas llegaran a su altura. Sor María solo se detuvo cuan-do su nariz casi rozaba la frente de la joven.
—¡Sígueme!
—No.
La monja quedó atónita. Reculó un paso y desafió el rostro tranquilo de Garbiñe. A su lado, sor Carmina estaba a punto de ahogarse, el cuello hinchado de indignación.
—¿Cómo te atreves, deslenguada?
—¿Dónde está mi hijo?
Las facciones de la superiora se relajaron y adoptaron un aire satisfecho. Garbiñe vaciló.
—Esa cosa ha muerto.
La joven palideció y apoyó sus manos contra el respaldo de la silla.
La sala empezaba a girar a su alrededor cuando notó una presión sobre su brazo: Catalina le ayudaba a mantener el equilibrio.
Una mirada gélida de sor María fue suficiente para hacer retroceder a la rescatadora y obligarla a abandonar a Garbiñe a su suerte. Ésta había recuperado su aplomo.
—Mentirosa.
—Tu bebé llevaba muerto en tu tripa más de seis días.
—Mentirosa.
—Una malformación del corazón y otros órganos.
—Mentirosa.
—Cuando salió no respiraba.
—¡Mentirosa, mentirosa, mentirosa! —La vasca gritaba—. ¡Lo oí!
La pesadilla se repetía pero, esta vez, Garbiñe no pensaba derrumbarse.
—Purificación, te aconsejo que calles esa sucia boca tuya y vuelvas a tu dormitorio ahora mismo.
—Garbiñe.
—¿Perdona?
—¡Garbiñe! ¡Me llamo Garbiñe! —chilló con todas sus fuerzas al tiempo que unas internas, respondiendo a la orden de sor Carmina, la inmovilizaban y la sacaban de la guardería a la fuerza.
Cuando ya salvaban el umbral de la puerta, sor María de-tuvo al grupo:
—Purificación, prepara tus cosas y vístete. Hoy mismo te despedirás de Nuestra Señora de la Almudena.
—¡No pueden separarme de mi hijo!
—Tú no tienes hijo.
—¿A dónde me llevan?
— Al lugar donde acaban las pecadoras como tú.
Aprovechando el amparo de la noche, una sombra escapó del despacho de la madre superiora. Bajo el hábito, sor Miseri-cordia abrazaba unos pocos documentos con todas las fuerzas que el miedo aún no le había arrebatado.