21 #2
—Porque los hombres no se tomaban en serio ni a sus madres ni a sus mujeres.
Cuando presenciaban alguna de sus reuniones, solían mofarse y pensar que solo se juntaban para hablar de trapos.
Ya sabes: «cosas de mujeres». —Sofía puso los ojos en blanco—.
La verdad es que durante estos encuen-tros las mujeres compartían opiniones y preocupaciones políticas, sociales y, por encima de todo, los avances en las formaciones de sus respectivas hijas.
En el caso de tu familia, tu abuela solo engendró a un varón: intentó inculcarle a tu padre el respeto por nuestras tradiciones y nuestro don.
Ella era una mujer frágil y temía no llegar a conocer a su heredera, a su nieta...
¡a ti! Le hizo jurar a su hijo que te hablaría de tus orígenes y que, cuando nacieras, buscaría a la nueva matriarca del clan para que te transmitiera sus conocimientos y su sabiduría a fin de prepararte para tu misión. Pero tu padre no cumplió su promesa.
—No me sorprende. Mi padre es demasiado pragmático como para admitir una realidad que no sea la del dinero y de los hechos comprobados. Pero, ¿cómo supo mi abuela que tendría una nieta y no un nieto?
—Porque el don nunca salta más de una generación. Nunca ningún clan tuvo dos generaciones de varones seguidas.
—¡Menos mal! Pero volvamos a «mi misión»... —entre-comilló la joven— ¿Cuál es esa?
—Tú me sucederás. Tú serás la siguiente matriarca de nuestro clan.
Sofía palideció.
—¿Por qué yo? ¡Para eso estás tú!
—Sí, de momento. Tu abuela era mi antecesora. De haberla tenido, su hija hubiera sido la heredera natural del cargo. Pero tuvo un varón. Y lo mismo me sucede a mí.
—El futuro del clan está en riesgo...
—Lo has entendido. Yo no puedo esperar a que Aitor sea padre y tenga una niña a la que yo pueda formar como ma-triarca. Si me pasara algo, el clan quedaría descabezado. Por eso te busqué, te encontré y te formé.
Sofía apartó la sábana de sus hombros y estiró el cuello de su jersey.
—¿No hace mucha calor?
Malén sonrió.
—Cariño, no te asustes. Estarás preparada.
La joven torció la boca.
—Me hablaste sobre cuatro de las seis familias de nuestro clan. Faltan dos: una gallega y otra vasca. ¿Dónde están? ¿Quiénes son? ¿Por qué nunca nos hemos reunido? Sin ellas, tú y yo estamos solas.
Malén inspiró con fuerza.
—Tienes que entender que cuando la Guerra Civil terminó en 1939, las herederas del clan solo éramos unas jóvenes recién formadas en nuestro respectivos dones.
Éramos tres: Maruxa, Leire y yo. Teníamos entre diecinueve y veintitrés años.
Yo era la benjamina y sobre mí pronto recaería la responsabilidad de proteger y asegurar la supervivencia de nuestro grupo.
Como entenderás, si ya en tiempos de paz nuestras madres tuvieron que esconder sus actividades para no ser tachadas de brujas, ¡imagínate durante los primeros años del franquismo!
No es que hoy en día la situación haya mejorado mucho en cuanto a libertad, pero por aquel entonces todo era peor: la población pasaba mucho miedo y, sobre todo, muchísima hambre.
Teníamos que decidir el futuro de nuestras familias.
—¿Qué hicisteis?
Malén desabrochó su chaqueta de lana.
—¡Sí que hace calor!
Se levantó y sofocó las brasas en la estufa de leña. Abanicó su rostro enrojecido con una revista y volvió junto a su alumna.
—¿Estás bien?
—Sí. Supongo que me cuesta hablar del pasado. Perdí a tantos amigos...
—¿A las chicas del clan también?
Malén apretó los labios.
—Antes de la guerra, Leire vivía en Oronoz como tú.
Maruxa, ella, vivía en A Coruña, al norte de Galicia, y siempre venía a pasar el verano aquí, con nosotras.
Sus visitas a nues-tra comarca eran muy sonadas: poseía una belleza hipnótica y el cabello más deslumbrante que jamás haya visto.
Su melena plateada derritió más de un corazón vasco y todos los chicos del valle lamentaban su partida cuando agosto tocaba a su fin.
Durante el resto del año, Maruxa nos escribía cartas inte-rminables en las que describía la última infusión que su madre le había enseñado y cuáles eran sus propiedades.
También detallaba los conxuros e invocaciones que recitaba los días de luna llena.
Toda una imprudencia. Nuestra adolescencia discu- rrió entre la naturaleza y las leyendas del bosque de Bertiz, nuestro escondite favorito.
Leire era la que más disfrutaba del lugar: ella era la única que poseía el don de sentir el mundo oculto que nos rodea.
Sus gritos de alegría nos sobresaltaban cada vez que conseguía percibir algún habitante del otro lado .
—¿Del otro lado?
—Así lo llamábamos, a falta de una expresión más ade-cuada.
Cada una tenía sus propias habilidades: Maruxa era la sanadora —ella prefería el vocablo gallego, curandeira —, y Leire podía contactar con otros seres: era una guía ...
En cuanto a mí, me había tocado el papel de protectora y matriarca del clan.
—Todo parecía ir bien. ¿Qué pasó?
—Las tres nos creíamos muy listas, muy prudentes.
Nada más lejos de la realidad. Las denuncias entre vecinos estaban a la orden del día.
Cuando los primeros chivatazos empezaron, las malas lenguas pasaron de criticar a nuestras madres a vigilarnos a nosotras, las hijas.
Los años pasaron. Nos hicimos mujeres en medio de la guerra, aprendimos a desconfiar y asumimos el relevo del clan.
Al final de la contienda, nos reunimos por última vez.
Fue cuando decidimos separarnos y dejar de comunicarnos por seguridad hasta que la situación social y política mejorase.
Leire se fue a vivir a Santander y se casó.
Hace siete años, una semana antes de que por fin te encontrara, supe por una vecina que Leire había tenido una niña y que ella y su marido habían decidido cambiar de ciudad.
Nadie supo decirme cuál. Leire no quería ser encon-trada.
—¿Qué fue de Maruxa?
—Un día, me llegó a casa un paquete estampado con lo que parecía el sello de alguna farmacia o botica.
Dentro, escondida entre manojos de hierbas aromáticas y frasquitos diminutos, descubrí una tarjeta con el mismo logotipo impreso en el envoltorio.
En el reverso, unas pocas palabras de Maruxa, escritas a mano, me explicaban que se mudaba sin decirme a dónde, por precaución, y una exclamación: «¡Es niña! ». De eso, hace ya nueve años.
Los ojos de Malén se empañaron.
—¿No has vuelto a saber de ellas?
—Nunca. Ni sé dónde se encuentran.
—Entonces, ¿cuál es el futuro del clan?
—Vosotras, cariño, vosotras tres sois el futuro del clan.
—No te entiendo.
—Tú y estas dos niñas, las hijas de mis amigas, reuniréis al clan.
—Para eso, ¡habría que encontrarlas!
—En efecto... Esa será tu misión como nueva matriarca.
—¿Perdona?
—Tranquila, aún falta tiempo. Primero tendrás que termi-nar tu formación.
—Me quedo mucho más tranquila, ¡dónde va a parar!
Sofía se había levantado y daba vueltas en círculo.
—Las encontrarás.
—¿Cómo? No sabes dónde viven tus amigas. Tampoco conoces a sus maridos. ¿Cómo, entonces, descubriremos los apellidos de las niñas? ¿Sabes siquiera sus nombres? ¿Maruxa te lo mencionó en la dichosa tarjeta? ¿Leire llegó a decírselo a tu vecina?
Sofía estaba fuera de sí. Su maestra se levantó y, con un apretón firme, detuvo sus vaivenes.
—Se llaman Anxela y Garbiñe.