21
Sofía deambulaba entre los muebles cubiertos por sábanas amarillentas con gesto aburrido. En el piso superior, los pasos de Malén resonaban en un constante ir y venir.
—¿Falta mucho?
Un ruido sordo sobresaltó a la joven. Se precipitó a los pies de las escaleras por las que su mentora ya bajaba con gesto contrariado.
—¡Voy a matar a mi marido!
—¿Qué ha pasado?
—Que Jon le fabrica juguetes de madera al niño y éste me va dejando montañitas de bloques por toda la casa. No pasa un día sin que tropiece con esas trampas mortales.
—Mira el lado positivo: ¡puede que Aitor termine siendo arquitecto!
—No estaría mal... Podría restaurar el caserío familiar: ¡se está cayendo a pedazos!
—¿Por eso os mudáis?
—No nos mudamos. Solo bajamos a Etxalar durante los meses de invierno.
Aquí arriba, hace demasiado frío para un niño de cinco años como Aitor y la casa no está preparada.
No creas que me gusta la idea de dejar atrás mi querido valle: ¡no hay nada como las vistas a las montañas y a nuestro bosque favorito!
Sofía se acercó a la ventana y admiró las copas frondosas de los hayedos del parque natural de Bertiz.
—Pronto, todo estará cubierto por la nieve.
Malén se unió a su discípula.
—Sí... Es un espectáculo sobrecogedor. Una nunca termina de acostumbrarse a tanta belleza. Si quieres, subiremos de vez en cuando para seguir con nuestras lecciones aquí arriba.
—Me gustaría mucho.
—Hablando de tu educación, hoy te tengo preparada una clase muy especial.
Sofía observó con desconfianza a su maestra. Malén tiró de ella hasta un sofá situado frente a una estufa de leña apagada. Retiró la sábana protectora y se acomodaron en silencio. La joven se impacientó.
—Me pone de los nervios cuando te quedas tan callada. ¡Pareces una bruja!
—¡Es que somos brujas! Aunque no como las de los cuen-tos. Precisamente, de eso vamos a hablar. ¿Sabes a qué día esta-mos?
—A siete de noviembre.
—¿Y sabes qué ocurrió tal día como hoy, hace más de tres siglos, cerquita de aquí? —Sofía encogió los hombros—. El siete y el ocho de noviembre de 1610, tuvo lugar el famoso auto de fe de Zugarramurdi.
—¡Cierto! Ya me lo has contado mil veces.
—También te expliqué cómo, a partir del siglo XV, las mujeres consideradas brujas sufrieron una persecución sin pre-cedente.
—Lo recuerdo. En realidad, solo eran mujeres indepen-dientes que habían ido ocupando todos los espacios de la sociedad, del conocimiento humano y de la ciencia.
Por ejemplo, muchas de ellas dominaban el arte de la medicina: tus queridas sanadoras.
Y eso, los hombres no lo podían tole-rar.
No podían admitir que ninguna mujer quedara fuera del control masculino.
Por esta razón y no porque tuvieran ningún poder maléfico, las persiguieron, torturaron y mataron. Por eso y nada más.
Malén sonrió.
—Veo que has estado atenta durante mis clases.
—¿Qué remedio? ¡Te repites más que un disco rayado!
—¡Será impertinente! Está bien. No volveré a darte la lata con esta parte de nuestro pasado.
—¡Gracias!
—Ahora bien... Te he contado la Historia de las mujeres con «H» mayúscula, pero nunca llegué a explicarte nuestra historia en particular.
Sofía buscó una aclaración en los ojos grises de su mentora. Un escalofrío recorrió su espalda. Malén cubrió los hombros de su alumna con la sábana arrugada y se acercó a la estufa. Peleó largos minutos con la leña húmeda hasta conseguir prenderla.
—Enseguida entrarás en calor.
—¡Malén! —se quejó Sofía, impaciente—. Siempre haces lo mismo: empiezas una frase misteriosa y me dejas con la miel en la boca.
—Perdóname, cariño —se disculpó la maestra mientras volvía a sentarse frente a Sofía.
El olor ahumado de la madera invadió la estancia, acompañado por el crepitar de las astillas.
Malén frotó sus manos con satisfacción y siguió con su re-lato—: Como te decía, hasta ahora me he limitado a enseñarte en qué consiste la Historia.
Pero ha llegado la hora de explicarte cuál es tu herencia y tu misión.
—¿Mi misión?
—No eres una simple chica con una sensibilidad especial, Sofía. Tú eres la heredera directa de una familia de sorginaks .
Sofía echó el cuerpo hacia atrás.
—¿Me estás tomando el pelo? Si es una broma, no tiene gracia.
Malén posó una mano sobre la rodilla de su discípula.
—No te asustes. Ya no existe la Inquisición —bromeó sin mucha convicción.
—No estoy tan segura.
—Tienes razón... Los inquisidores solo han mudado de disfraz: han cambiado el capirote por el yugo y las flechas.
—No me estás tranquilizando, Malén. ¿Por qué no me hablaste de mis orígenes hasta ahora?
—Eras demasiado joven. Pero ya tienes diecisiete años y eres toda una mujer inteligente y valiente.
Sofía se ruborizó.
—Que yo sepa, no existe ningún antecedente de mujeres sensible s en mi familia. Mi madre nunca me contó nada al respeto.
—Eso es porque tu don no parte de tu familia materna. Lo heredaste de tu padre.
Sofía frunció el ceño.
—¿Cómo puede ser? Siempre me explicaste que el don se transmite de madre a hija.
—Las mujeres son las guardianas de nuestros conoci-mientos ancestrales y, en efecto, los transmiten a sus hijas y las instruyen en su dominio. Los hijos varones, ellos, si bien no tienen la capacidad de desarrollar el don, sí pueden traspa-sarlo a su descendencia.
—¿Papá, un brujo? —Sofía soltó una risita—. ¡Esto es ridí-culo!
—Me alegro que te haga gracia pero así es: no es que él sea ningún brujo pero sí proviene de un linaje prestigioso de matriarcas. Como yo. —Malén marcó una pausa—. Sofía, tú y yo descendemos de las familias más poderosas que forman los clanes navarros.
—¡Para el carro! ¿Matriarcas? ¿Clanes? ¿De qué puñetas me estás hablando?
Malén regañó a Sofía con la mirada y le pidió paciencia con un gesto de la mano.
—Nuestro encuentro, hace siete años, no fue ninguna casualidad. Nuestro clan se había separado por seguridad. Su supervivencia estaba en riesgo. Por eso, te busqué durante mucho tiempo. No fue fácil localizarte hasta que tus padres se instalaron en Oronoz.
—¿Es que nuestras familias estuvieron en peligro?
—Antes que nada, déjame que te explique que es un clan y porque el nuestro tuvo que disgregarse.
—Malén carraspeó—. Bien. Hoy en día, quedan muy pocas referencias y documentos que atestigüen la existencia de una red de comunicación entre las mujeres desde una época tan alejada como fue el Medievo.
Pero créeme, esta red existió y fue mucho más importante de lo que los historiadores puedan hasta ahora certificar.
—Y eso, ¿por qué?
—Porque los historiadores, en su mayoría, son hombres y no les interesan las vivencias de las mujeres.
En la Historia, el Arte, la Filosofía, la Ciencia...
seguimos siendo invisibles, seres etéreos que no parecen haber participado nunca de los avances de la humanidad.
Nada más lejos de la realidad. Muchas de nosotras fuimos imprescindibles y decisivas pero nos acallaron.
La élite masculina siempre minimizó nuestros aportes cuando no se atribuyó directamente nuestros logros.
En fin... Las mujeres tejieron una amplia red de comunicación a lo largo y ancho del territorio, red que se manifestó tanto en la vida cotidiana como en la cultura escrita o la actividad económica y religiosa del país.
—¿Cómo lo consiguieron si la mayoría de ellas eran analfabetas y no tuvieron acceso a la educación?
—Puede parecer complicado, por no decir imposible, pero la verdad es que los vínculos entre las mujeres eran variados y, sobre todo, eficaces: redes familiares, domésticas, religiosas, culturales y por supuesto comerciales.
Resumiendo, a pesar de sus limitaciones sociales, económicas y políticas, las mujeres siempre encontraron la forma de comunicarse entre ellas por mucho que la distancia las separara.
—¿Por qué me cuentas todo esto?
—Porque gracias a estos vínculos, las mujeres de nuestras familias consiguieron mantener unos lazos indestructibles durante generaciones...
hasta hace poco. Sofía, nosotras dos provenimos de familias de artesanas y de comerciantes: nuestras antepasadas fueron tenderas, panaderas o curtidoras.
El intercambio entre sus negocios era la excusa perfecta para facilitar sus reuniones.
Pero el lazo más fuerte siempre fue otro: el don.
Todas nosotras, desde el Medievo hasta nuestros días, hemos desarrollado y protegido esta sensibilidad especial, bien sea a través del dominio de las plantas y la medicina o de la habilidad para comunicarnos con otra realidad.
—Entiendo. Pero, ¿qué son exactamente los clanes ?
—Para mantener estos conocimientos y preservarlos, nues-tras familias decidieron unirse en clanes, en estructuras más pequeñas, para que resultara más fácil apoyarse o socorrerse en caso de necesidad.
—¿Cómo lo hicieron?
—Lógicamente, la forma más sencilla para asegurar la transmisión de nuestro saber era la cercanía y la discreción.
Por esta razón, los clanes estaban formados por unas pocas unidades familiares, cinco o seis como mucho, que solían vivir cerca las unas de las otras aunque no siempre, como en nuestro caso.
—¿Cuál era nuestro clan?
—Querrás decir «cuál es ». Sigue existiendo. Hasta hace poco, estaba formado por seis familias.
—¿Quiénes son? ¡Quiero conocerlas!
Una sombra cubrió el rostro de Malén.
—De momento, sólo quedamos tú y yo.
El semblante de Sofía mutó. Dejó caer sus hombros bajo un peso invisible y preguntó:
—¿Han muerto?
—Nuestro clan estaba formado por cuatro familias vascas y dos gallegas.
Ya sabes quienes son dos de los cuatro compo-nentes vascos: tu familia, las Duhalde, y la mía, las Arizkun.
Los miembros de la tercera, las Iribarne, fueron fusilados du-rante la Guerra Civil.
Una de las dos familias gallegas también pereció al completo en el Ferrol durante las manifestaciones populares masacradas por el bando sublevado.
Sofía bajó la cabeza.
—¿Por qué no he sabido nada de esto antes? ¿Por qué mi padre nunca me lo contó?