No habrá más noche 20
33%

20

Afanada en la cocina, Anxela preparaba los poleos para combatir la resaca del fin de semana de sus compañeras.

Escondidas en el baño, las chicas del hogar San Miguel habían esperado a que la monja sorda, sor Genoveva, se dur-miera para destapar la primera botella de ginebra clandestina.

Anxela se había mantenido apartada y había compartido la tranquilidad del dormitorio con Soledad y sor Paz.

Tras la puerta de los aseos, se oían las risas ahogadas de las internas.

—Huele a tabaco, hermana.

—Abusan de mi complicidad, lo sé. Pero dejo que se des-melenen de vez en cuando. Si no lo hiciera, San Miguel termi-naría siendo un campo de batalla.

—Pronto, usted me hará compañía en la sala de catarsis, hermana.

Las tres mujeres rieron al unísono.

— Sala de catarsis ... ¡Qué nombre tan irónico para lo que de toda la vida se ha llamado celda!

—Allí dentro no sucede ninguna purificación interior. Simplemente, una se pudre en silencio.

—Pues a mí, me gusta. —Soledad alzó los hombros—. Confinada y sola, me siento libre de pensar.

—Confinadas lo estamos todas… Y yo no me siento libre para nada.

—Pero en esas salas, ninguna monja vigila cada uno de tus gestos ni te obliga a obedecer como una esclava. Y sobre todo, ¡una no tiene que rezar!

Sor Paz reflexionó unos segundos.

—Tampoco es la vía más rápida para llegar al hogar de transición .

Soledad sonrió.

—Todas sabemos que yo nunca saldré de aquí si no es para ir a un sitio peor.

—Vosotras dos podríais mejorar vuestra actitud y conse-guir salir a trabajar o a estudiar.

—No es algo que se pueda elegir —contestó Soledad—. No puedo cambiar mi naturaleza. No lo olvide, hermana: yo soy el diablo.

—No te pido cambiar quien eres. Te pido que seas inteligente. Te pido fingir.

—¿Eso hace usted?

Soledad señaló el alijo de productos robados de la cocina. Anxela intervino:

—Mi madre me hizo prometer ser lista. Lo intenté: cumplí con mis tareas, no contesté a las monjas y hasta recé durante las misas. No sirvió de nada. Pero por lo menos, nunca olvidé quien era por mucho que esta maldita institución lo intentase.

—Pues ten cuidado con no perderte por el camino.

—Me temo que todas terminaremos definitivamente per-didas.

Las risas en el baño redoblaron de intensidad. Sor Paz se levantó y se dirigió hacia el grupo de festeras. Los golpes en la puerta acallaron el barullo. Cuando volvió a la litera, aconsejó a las dos amigas:

—Será mejor que os vayáis a la cama. De esta forma, si la madre Clara descubre el guateque que han montado las chicas, no podrá recriminaros nada a vosotras.

Anxela y Soledad asintieron y se refugiaron bajo las mantas.

Anxela terminó de repartir las bebidas calientes entre sus compañeras y se acercó a Susana con la última taza entre las manos. Ésta aceptó la ofrenda con gesto serio. A su lado, Yolanda soplaba su poleo con los mofletes hinchados. Sandra bebió el remedio de un trago.

—Hoy vendrá el doctor Vela a impartir sus clases de auxi-liar de clínica.

Hierbas, deberías pedirle a la Jirafa que te apunte.

Se te da bien cuidar de las demás. —Susana levantó su taza humeante—.

Mejor aún; pide asistir a la escuela de pueri-cultoras, así podrás salir de este infierno durante unas horas al día.

Sorprendidas, todas las internas escuchaban las palabras de Susana. Anxela tardó en contestar al consejo inesperado:

—Gracias, Su. Dudo que la superiora lo apruebe pero no pierdo nada por intentarlo.

Susana aceptó el agradecimiento con un leve gesto de cabeza y se alejó, seguida de sus inseparables cómplices.

Cuando Anxela terminó su oficio , recorrió los pasillos hasta encontrar a la superiora despachando algún asunto con la madre Clara.

La religiosa levantó la barbilla con gesto de desprecio al ver el aspecto desaliñado de la gallega: Anxela llevaba un mes en cocina y no conseguía eliminar las manchas de potaje que dibujaban constelaciones pardas sobre su bata. Sor Clara dio un paso atrás.

—Buenos días, madre.

—¿Qué quieres?

—Me preguntaba si podría apuntarme a las clases del doc-tor Vela.

Las dos monjas cruzaron una mirada irónica. La Víbora, envalentonada, dio un paso hacia delante.

—¿Para que puedas poner en práctica tus remedios diabó-licos?

—Solo preparo alguna infusión natural para dolores de tripa o de cabeza…

—¡Para esto tenemos la enfermería!

La madre superiora levantó una mano. Sor Clara reculó sin objetar.

—¿Cuánto tiempo llevas con nosotras, Ángela?

—No sabría decirle, madre. Aquí dentro, una pierde la no-ción del tiempo.

—Te lo diré: llevas mes y medio… ¿y ya pretendes tener privilegios? Sin hablar de tu ataque a la pobre madre Clara.

—No la toqué —respondió Anxela con aspereza—. Solo quiero estudiar…

—Ya tienes las clases de iniciación.

—Con todo mi respeto, esas clases son para las analfabetas. Yo ya sé…

La Víbora silbó de puro odio:

—¡Insolente! ¿Cómo te atreves a poner en duda la calidad de la enseñanza que impartimos entre estos muros?

La superiora acalló de nuevo a su vecina con un chasquido de lengua. Estiró su largo cuello y se inclinó hasta rozar el rostro de Anxela.

—No saldrás ni un minuto de aquí. Te estaré vigilando.