No habrá más noche 19
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Las contracciones le arrancaron un gemido. Garbiñe cayó de rodillas.

Las internas seguían paralizadas en lo alto de las escaleras.

Contemplaban, boquiabiertas, la barandilla desierta.

El primer grito de dolor les hizo girar la cabeza hacia el cuerpo encogido de Garbiñe sobre el suelo.

Abajo, las voces horrorizadas de las monjas repetían oraciones y órdenes atropelladas.

—¡Apartaos! —Sor Misericordia empujó al grupo de chi-cas, se inclinó y pasó uno de los brazos de Garbiñe por encima de sus hombros—. Vosotras dos, ¡ayudadme!

Dos adolescentes se precipitaron a levantar a su compa-ñera.

Semiinconsciente, Garbiñe apenas percibía las respira-ciones de sus portadoras, entrecortadas por el esfuerzo.

La cabeza le daba vueltas. Su visión enturbiada le impedía reco-nocer las paredes verdes de un pasillo hasta ahora desco-nocido.

Solo conseguía balbucear una y otra vez: «Mi hijo, Ander».

Por fin, la carrera se detuvo. Sonidos distorsionados agredían sus oídos: el golpe de una puerta al abrirse, el chirrido metálico de una camilla al tumbarse, el barullo de unos pasos agitados.

Una nueva contracción la devolvió al mundo real.

Parpadeó hasta fijar la vista sobre una enorme silueta plantada a su lado, los brazos en jarra.

—Habrá que cortar.

Entonces, supo donde se encontraba.

De espaldas, la famosa y temida comadrona, la Bisturí, preparaba su material.

Al pie de la camilla, dos internas tem-blorosas esperaban sus órdenes.

Sor Misericordia había desa-parecido. Presa del pánico, Garbiñe intentó enderezarse pero otra contracción la inmovilizó.

Cuando la matrona se acercó, la hoja de un escalpelo brillaba entre sus dedos.

Garbiñe se removió sobre la litera tambaleante.

—Sujetadla.

Las chicas obedecieron. Garbiñe se debatió e intentó deshacerse del yugo que aprisionaba sus brazos y sus piernas.

—¡Soltadme!

—¡Quédate quieta!

—¡No me toque! ¡No quiero! ¡Me duele! ¡Me duele!

Notó un pinchazo. Los sonidos se apagaron. El olor a desinfectante se desvaneció y la presión sobre sus miembros se relajó. La luz ya se apagaba cuando la Bisturí se inclinó sobre ella y le susurró:

—Te diste el gusto. Ahora aguanta el disgusto.

Lo último que Garbiñe escuchó fue el llanto de un bebé.