No habrá más noche 18
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Malén vigilaba la salida de los parroquianos desde el pórtico que flanqueaba la iglesia. Oculta detrás de una columna, buscaba a la niña entre la multitud jovial que ya se dispersaba tras la solemne misa cantada.

La alegría había invadido la pequeña localidad de Oronoz desde la víspera de la festividad de Nuestra Señora de la Asunción.

Los txistularis afinaban sus flautas y los niños saltaban nerviosos a la espera de los temidos gigantes cabe-zudos.

Las mujeres elogiaban la homilía del párroco mientras retenían a sus retoños por el cuello de sus camisas.

Los hombres, ellos, se apartaban en pequeños grupos para hablar de política.

Por fin, la cabecita de pelo rubio emergió entre la muche-dumbre.

Como era su costumbre, observaba con intensidad las idas y venidas de los habitantes del pueblo, afanados en los preparativos del concierto de la banda musical.

Sus ojos claros analizaban cada gesto, cada expresión en busca de respuestas a preguntas que solo ella conocía.

El rostro siempre risueño escondía un mundo interior que Malén percibió desde su primer encuentro en el jardín botánico del parque natural del señorío de Bertiz.

— Egun on!

Sentada a los pies del imponente tejo, Malén levantó la vista hacia la niña. En cuanto sus miradas se cruzaron, un escalofrío la hizo estremecerse.

— Egun on, txiki!

—¿Cómo te llamas?

—Malén. ¿Y tú?

—Sofía.

—¡Qué nombre tan bonito! ¿Sabes lo que significa? —La niña se encogió de hombros—. Significa sabiduría . ¿Sabes lo que es?

—No.

—El sabio es el que posee el máximo grado del saber y usa sus conocimientos con prudencia y sensatez. —Sofía la obser-vaba, perpleja—. Por ejemplo, el sabio tiene la capacidad de discernir entre el bien y el mal. Tú sabes hacer esta diferencia, ¿verdad?

Los ojos de la niña brillaron de inteligencia.

—¡Sí!

—¡Estoy segura de ello! También estoy segura de que tie-nes un secreto bien guardado: el de reconocer a las almas que cuentan con un don especial.

Sofía sonrió.

—Sí. Y tú también.

Malén levantó las cejas y devolvió la sonrisa.

—¿Ves? ¡Me has reconocido! —Miró por encima del hom-bro de la chiquilla. Su madre se acercaba con gesto serio—. ¿Quieres que te enseñe a desarrollar tu don? —preguntó apresuradamente.

Sofía aplaudió de pura felicidad.

—¡Sí, sí, sí!

—Muy bien. Pero tendrá que ser nuestro secreto…

La niña levantó el índice frente a sus labios y susurró:

—Lo sé.

Una mano agarró su brazo y la obligó a girarse.

—¡Sofía! ¿Qué te he dicho acerca de no molestar a la gente?

—No se preocupe, señora. Solo me preguntaba por el árbol de la vida. —La madre interrogó a Malén con la mirada—. Me refiero al árbol. —Señaló el frondoso follaje—: así llaman al tejo.

—Veo que usted conoce este jardín.

—Conozco bien la naturaleza… y a los niños. Soy insti-tutriz.

La señora dibujó un ademán de sorpresa.

—¡Qué oportuno! Mi marido y yo estamos pensando en dar clases particulares a nuestra hija. ¿Cómo se llama?

Malén se levantó de un salto.

—Soy Malén. Sería una gran oportunidad poder enseñarle a Sofía. Gozo de buena reputación en Oronoz. Puede compro-barlo.

—¡Fantástico! Hablaré con mi esposo. Pase a visitarnos en la calle Santa María. Pregunte por la familia Duhalde. Todo el mundo nos conoce… Y traiga sus referencias.

—Así lo haré.

Mientras la señora de Duhalde se alejaba, la niña apro-vechó para echar un último vistazo a su nueva amiga. Malén levantó la mano y le guiñó un ojo. Sofía emitió una risita infantil y siguió a su madre dando saltitos.

Los ojos claros la observaban sin pestañear. Malén sonrió y abandonó el porche de la iglesia. La señora de Duhalde la reconoció y le hizo un gesto para que se acercara.

—Buenos días, señora. Buenos días, Sofía.

La niña saludó con timidez.

—Buenos días, Malén. Mi marido quedó encantado con su entrevista. ¿Cuándo podría empezar a impartir las clases a nuestra hija?

—De inmediato.

—Perfecto. El lunes de la semana que viene, después de las fiestas, venga a las nueve de la mañana.

—¡Qué alegría, señora! Gracias de nuevo por esta opor-tunidad.

La señora de Duhalde inclinó la cabeza y volvió a unirse al grupo de mujeres.

—Hasta pronto, Sofía.

—Hasta pronto, señorita Malén.

Esta vez, fue la niña quien guiñó un ojo de manera torpe.

Malén sonrió.

La búsqueda había terminado.