No habrá más noche 17
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La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vosotros.

Rezar.

Por siempre sea bendito y alabado.

Fregar.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.

Coser.

Dios te salve María.

Rezar.

Yo confieso.

Llorar.

Señor, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Cristo, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Señor, ten piedad.

Y, por fin, dormir.

Anxela pasó la mano por su cabeza. Habría jurado que sus mechones ya eran más largos.

Susana no le había traído el espejo prometido.

La gallega no dudaba de que pudiera conseguirlo con facilidad, sobre todo en el hogar San Miguel, núcleo de los trapicheos de comida robada y todo tipo de objetos prohibidos.

Pero el trío que formaban sus antiguas amigas la tenía apartada.

Por alguna razón, las tres secuaces mantenían una distancia respetuosa.

Anxela lo atribuía a su amistad con la Bicho Raro y a la fama de bruja que, sin pretenderlo, había crecido en torno a su persona como otras tantas leyendas que circulaban por los pasillos de Padre Damián.

Solo Yolanda olvidaba a menudo su estatus de persona non grata y le sonreía con gesto bobo.

Un codazo en las costillas le recordaba las órdenes a seguir.

De momento, la herbolera se conformaba con no ser el blanco de sus burlas y escarnios.

Nadie se metía con ella. Se había ganado, si no el aprecio, sí la consideración de sus compañeras de dormitorio gracias a las curas y tratamientos que les aplicaba de noche sobre sus heridas purulentas y sus cortes.

Cada mañana, Anxela encon-traba bajo su almohada los ingredientes necesarios paras sus ungüentos, tisanas y paños: ajos fritos, hojas de limón, hinojo o borrajas.

En la cocina, sor Paz conseguía burlar la vigilancia de la superiora y de su eterna segundona, la madre Clara, y sustraía los componentes para los remedios de la Hierbas.

«La Jirafa y la Víbora no se enteran de nada», le susurraba sor Paz cada vez que conseguía un nuevo alijo.

Anxela disfrutaba con las pequeñas venganzas personales que se cobraba la religiosa.

No dudaba de que, en otras circunstancias, la hermana Paz hubiera terminado siendo una más de las internas apresadas en alguno de los pabellones de las Adoratrices.

Las peleas en su hogar eran frecuentes. También los intentos de fuga. Algunos fueron tan espectaculares como frustrados. El más sonado fue el de dos compañeras que anudaron varias sábanas, sustraídas con discreción de la lavandería, y que saltaron por una ventana. Nunca más las volvieron a ver.

Soledad, ella, seguía retraída en su burbuja solitaria.

Anxela era la única que intentaba acercarse a ella pero las ocasiones eran contadas: la Bicho Raro estaba bajo la supe-visión obsesiva de las religiosas y pasaba más tiempo en aislamiento que en el hogar.

Anxela estaba convencida de que Soledad provocaba a las monjas con insultos y desobediencia reiterada con el único propósito de conseguir el encierro en uno de esos cuchitriles.

Ansiaba estar sola. Pero la chica era lista y sus desafíos nunca superaban la fina frontera que separaba la reclusión de la expulsión.

Sabía que el siguiente traslado sería el definitivo. «Tiempo al tiempo», profetizaba Susana.

Muchas chicas entraban en el convento. Muy pocas salían.

Las edades se mezclaban y se disolvían con el rápido deterioro de los cuerpos que igualaba a todas las internas.

Resultaba imposible diferenciar a una adolescente de dieciséis años de una mujer de veinticinco.

Tampoco el nivel de estudios ayu-daba a pronosticar la edad de una chica: por las tardes, apenas recibían tres horas de enseñanza que no superaban el graduado escolar.

Hoy era un día especial. Era sábado, día de visitas, y, para algunas internas, el principio de un fin de semana de libertad.

Las chicas que se portaban bien y que contaban con apoyo familiar disfrutaban de ciertos privilegios.

Anxela observaba, el corazón en un puño, cómo sus compañeras corrían por los pasillos hasta las salas de visita.

También oía sus llantos y súplicas a madres, tías o hermanas para que las sacaran de allí.

Explicaban entre lágrimas sus condiciones de vida, sus penu-rias.

Pero nadie las creía. «No exageres, niña. No será para tanto».

La gallega no había recibido ninguna llamada, ninguna carta de parte de su madre.

No dudaba de que Maruxa intentara ponerse en contacto con ella pero sabía bien que tanto la correspondencia como el teléfono estaban controlados por la superiora: ella decidía quién era digna de recibir noticias.

Anxela había escrito varias cartas bajo la atenta lectura posterior de las monjas.

Se esforzaba para que sus escritos resultaran inocentes: no relataba el infierno de su día a día, ni describía su aflicción.

Simplemente preguntaba por la salud de su madre y siempre terminaba recordándole cuánto la quería.

Aún así, ninguna misiva obtuvo respuesta.

Algunas chicas aprovechaban sus salidas durante los fines de semana para traer a escondidas todo tipo de suministros, desde los más inocentes como perfumes o ropa interior, hasta los más censurados como alcohol, cigarrillos o prensa prohi-bida.

Esta última era el botín predilecto de Susana que no perdía ocasión de vaticinar la muerte del dictador: escrudiñaba cada página de los periódicos en busca de la tan esperada noticia.

A cada nueva decepción, aprovechaba la soledad de los baños para desmenuzar las hojas de papel y hacerlas desaparecer por el váter.

Sentada sobre la cama, Anxela admiraba la destreza de una interna mientras cortaba el pelo recién teñido de otra com-pañera.

El tinte oscuro, obtenido en el mercado negro del hogar San Miguel, solo había conseguido acentuar la tez macilenta de la muchacha.

Perdida en sus pensamientos, Anxela acariciaba su gatito de trapo cuando un escalofrío erizó su piel.

A su lado, Susana la observó con desconfianza.

—Ángela, ¡acompáñame!

La siempre discreta y pausada sor Paz había irrumpido en el dormitorio como un vendaval. Sin dar explicaciones, tiró de la herbolera y la arrastró al exterior bajo las miradas sorpren-didas de las chicas.

—¿Qué pasa, hermana?

—¡Una llamada!

—¿Para mí?

—Sí, hija. La madre Clara no está para vigilar el teléfono y he contestado yo… ¡Es tu madre!

El corazón de Anxela saltó un latido. Las dos amigas echaron a correr por los pasillos. Cuando por fin llegaron, la sangre de la gallega se heló. Frente a ella, sor Clara sostenía contra su oreja el auricular.

—No, señora Castiñeira, Ángela no puede ponerse.

Su comportamiento no está siendo el adecuado y, por el bien de su reeducación moral y espiritual, es mejor que no vuelva a intentar ponerse en contacto con nuestra interna.

Más adelante y solo si su hija cambia de actitud, valoraremos si es digna de nuestra confianza.

Colgó. Una sonrisa envenenada desfiguró el rostro de la Víbora.

—¿Por qué lo ha hecho?

La voz de Anxela vibró de odio. Una risa siseó entre los dientes de la monja.

—No te debo ninguna explicación.

—He preguntado, ¿por qué lo ha hecho?

Anxela avanzó hacia sor Clara, parapetada detrás del escritorio.

—¿Cómo te atreves a pedirme cuentas?

—¡Responda! ¿Por qué lo ha hecho?

Anxela gritaba.

—¡Porque puedo!

La joven se abalanzó sobre la religiosa. Sor Paz la retuvo abrazando con energía el cuerpo de la herbolera.

—¡Ángela, no lo hagas! ¡Cálmate! ¡Sé lista!

Las últimas palabras de la hermana terminaron de enlo-quecer a Anxela.

—¿Lista? Por ser lista, me he plegado a todas las normas de este antro. ¿Y de qué me ha servido? ¡De nada! No, herma-na… aquí dentro no hay que ser lista. Aquí dentro, solo nos queda rebelarnos o morir en el intento.

Anxela se debatía entre los brazos de su protectora.

En-frente, la madre Clara contemplaba la escena con horror: refugiada contra la pared, se deslizaba para huir del ataque.

Cuando las fuerzas de la interna parecieron agotarse, la monja corrió cojeando hasta la puerta.

Fuera, los gritos habían congregado a un grupo de chicas.

Ya a salvo, la Víbora se recompuso y sentenció:

—Llevadla a la sala de catarsis. —Clavó la mirada en los ojos cansados de Anxela—. Aprenderás a obedecer. ¡A la fuerza, si es necesario!

Anxela escuchaba distraída los sonidos del televisor en el pequeño salón:

Yo no soy esa que tú te imaginas,

Una señorita tranquila y sencilla,

Que un día abandonas

Y siempre perdona,

Esa niña sí, no.

Esa no soy yo.

Esa niña sí, no.

Esa no soy yo…

La imagen en blanco y negro de Mari Trini desaparecía ya cuando una discusión llamó la atención de la gallega: en el pasillo, un grupo de internas del hogar Inmaculada, con Marta la Zanahoria a la cabeza, se enfrentaba a Susana y su pandilla.

—Sabemos muy bien lo que hacéis en los baños.

—Ten mucho cuidado, guapita de cara. Como te chives, te hago tragar el agua del váter.

—Sois unas desagradecidas. Con todo lo que hacen las mon-jas por nosotras…

—¿Pero qué dice la ignorante esta? ¿Qué mierda hacen las monjas por nosotras aparte de obligarnos a trabajar como esclavas y, además, gratis?

—¡Habrá que pagar nuestra estancia de algún modo! Es normal que devolvamos sus cuidados con nuestro esfuerzo.

—¡Ni que esto fuera un balneario! Nena, el Gobierno paga a las Adoratrices por tenernos encerradas aquí dentro y fregar sus suelos de mármol.

Sin hablar de los beneficios que sacan con el sudor de nuestras frentes y de las ventas al Corte Inglés y demás compañías para las que cosemos hasta quedarnos ciegas.

—Nos enseñan un oficio para que seamos mujeres de provecho al salir.

—¡Pero si no aprendemos nada! ¿Qué sabes hacer tú aparte de coser etiquetas en una camisa?

—Nos dan una educación.

—¿Te refieres a esas clases con las que apenas aprendes a escribir tu nombre?

La Torre intervino:

—Su, aquí las más pobres tienen un plato en la mesa y una ducha cada día… Aunque la comida sea asquerosa y el agua esté congelada, es más de lo que muchas tienen en sus propias casas. No las vas a convencer.

Soledad apareció como una exhalación. Sus ojos, medio escondidos tras la cortina de su pelo lacio, parecían más hun-didos que nunca. Cruzó el umbral del salón bajo las miradas desconfiadas de las internas.

—La Bicho y la Hierbas han salido de su guarida —exclamó Susana al descubrir a las dos reclusas—. A ver cuando se las llevan por fin a Baeza. —Dio la espalda—. Vámonos, chicas. No quiero perder más tiempo con campesinas ignorantes y locas de remate.

Soledad ignoró la provocación y se sentó al lado de Anxela con cuidado de no tocarla. Ésta la estudió con descaro.

—Tienes mala cara, Soledad.

—¡Anda que tú! ¿Qué te pasa?

—He estado en aislamiento. Una semana.

Soledad enarcó las cejas.

—¡Vaya con el ángel! Ten cuidado, ¡no vayas a pillarle el gusto a la sala de catarsis y quitarme el record de días encerrada! ¿Qué has hecho?

—Atacar a la Víbora. —Soledad aplaudió con discreción—. No me dejó hablar con mi madre por teléfono. Ella intenta sacarme de aquí pero no hay nada que hacer. Ha perdido mi custodia y no le permiten visitarme. No sé cuándo podré salir.

—Ni tú ni nadie.

—No aguantaré encarcelada hasta los veinticinco.

Los ojos de Anxela se empañaron. Soledad se acercó, echó una mirada furtiva a su alrededor y murmuró:

—Tengo algo para ti.

Rebuscó en el bolsillo de su bata. Algo relució entre sus dedos.

—¡Un espejo! ¿Cómo lo has conseguido?

—¡Baja la voz! Yo sé la pinta que tengo y no me importa. Pero tú, ¿estás segura de querer verte?

Sin esperar la respuesta, Soledad tendió el trocito de vidrio. Anxela dudó. Por fin, cogió el espejo y lo sostuvo frente a ella. Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo. Su labio inferior tembló antes de que pudiera morderlo.

—Así que ahora, esa soy yo —consiguió articular antes de que las lágrimas corrieran sin trabas.

—No. Esto es lo que quieren que seamos: un rostro sumiso e idéntico a todas las demás. Una más del rebaño. Pero esa no eres tú. Nunca lo será.

Anxela notó el apretón sobre su mano. Cuando levantó la mirada, Soledad apartó con rapidez su mano y se sonrojó.

Unas palmadas quebraron el silencio.

—Se acabó la hora de televisión. Todas a vuestros dormi-torios.