No habrá más noche 16
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Garbiñe no había pegado ojo en toda la noche.

Las primeras palmadas de la mañana la sorprendieron sentada en su cama, lista para correr hacia las duchas.

La sonrisa, que lucía desde el día anterior, seguía iluminando su rostro.

Los insultos de las monjas no alcanzaban sus oídos.

El frío del otoño, incapaz de atormentarla, resbalaba sobre su cuerpo sin que lo notara.

Rezó con alegría y tragó el desayuno con entusiasmo. Y con pan. Mucho pan.

Mientras pulía el suelo con cera, vigilaba las idas y venidas de las religiosas. Por fin, sor Misericordia hizo su aparición por el recodo de la elegante galería. Garbiñe se precipitó hacia ella y a punto estuvo de caerse por culpa de las gamuzas atadas a sus pies.

—¡Sor Mise!

La monja detuvo la carrera de la joven. Una sonrisa triste había mutado su habitual semblante risueño.

—Hija…

—¿Qué ocurre? ¿Dónde está Soco? ¿Cómo está la niña?

Sor Misericordia acarició las mejillas de la adolescente.

—Soco está bien. Se está recuperando.

—¿Y el bebé?

La monja negó con la cabeza.

Garbiñe se deshizo del abrazo en el que sor Misericordia la había envuelto.

—¡Mentira! ¡No ha muerto!

Los gritos llamaron la atención de las internas afanadas en sus tareas. Pronto, un corro se formó alrededor de las dos mujeres. Por el pasillo, unos pasos autoritarios se acercaron.

—¿Qué escándalo es este?

La madre superiora observaba la escena con indignación. Tras ella, sor Carmina hacía aspavientos y apartaba a las chicas entre empujones.

Garbiñe, como un animal acorralado, daba vueltas sin pa-rar. Su mirada alocada buscaba algún aliado, alguna amiga en quien apoyarse. Por fin, sus ojos se posaron, desafiantes, sobre la cara afilada de sor María.

—Mentirosas —murmuró con voz gutural.

—¿Qué has dicho? —preguntó la superiora, la boca con-traída.

—Mentirosas —repitió más fuerte Garbiñe.

—¿Cómo te atreves? —exclamó sor Carmina, su entona-ción gangosa más pronunciada que nunca.

—¡Mentirosas, mentirosas, mentirosas!

Garbiñe gritaba. Las venas hinchadas de su cuello parecían a punto de reventar y su tez escarlata desfiguraba su rostro. Sor Misericordia posó su mano sobre el hombro tembloroso:

—Hija…

Garbiñe apartó el contacto con violencia.

—Mentirosas —gruño de nuevo—. Usted —añadió apun-tando hacia sor María—, usted es la peor.

—¡Insolente!

—Le maldigo. ¡Les maldigo a todas!

—No le hables así a la madre superiora.

—¿Madre? ¿Qué sabrán ustedes de ser madre? Solo son hijas… ¡Hijas del mismísimo diablo!

La bofetada arrojó a Garbiñe al suelo. Intentó incorporarse pero una sacudida volvió a precipitarla sobre las baldosas.

Los espasmos zarandeaban su cuerpo mientras la joven protegía su vientre con los brazos.

Las internas se apartaron de un salto a la vista de sus ojos en blanco. Sor Carmina se santiguó con frenesí.

—Santa María, madre de Dios…

Impasible, la madre superiora esperó a que el trance terminara. Cuando por fin Garbiñe quedó inerte, sor María le dio la espalda y ordenó:

—Llevadla a la enfermería. Y que no salga de allí.

El segundo día de noviembre amaneció triste y gris.

Garbiñe llevaba cuatro días en la pequeña estancia que hacía las veces de enfermería.

Había aprendido de memoria cada uno de los pocos medicamentos que reposaban sobre la estantería frente a su camilla.

Cada vez que recuperaba la consciencia, el nivel del frasco de Pentotal disminuía un poco más.

Atenta, escu-chaba cada sonido que le llegaba del exterior: los gritos de las monjas cada mañana al reunir a las chicas para el desayuno, el frotar de los estropajos contra el suelo, el llanto de alguna recién llegada y la habitual réplica: «Llora, llora… así estás más guapa».

La puerta se entreabrió. Por la rendija, la cabeza de sor Misericordia se asomó. Al ver a Garbiñe despierta, entró en el cuartito y cerró con cuidado de no hacer ruido.

—Buenos días, ángel.

Garbiñe respondió con una sonrisa dócil.

—Buenos días, Mise. Quería pedirle perdón por...

—No pidas perdón, cariño. No vuelvas a pedir perdón nunca más. Ninguna de nosotras se merece ningún perdón. Ni el tuyo, ni el de Dios.

Los ojos de la religiosa se empañaron.

—Mise, sé que usted siempre intentó ayudarnos. No la culpo de nada.

—Abandonaré la orden de las Cruzadas. —Ayudó a Gar-biñe a enderezarse sobre la litera—. Pero no te preocupes: no me iré antes de que tú hayas salido de este lugar. —La monja se acercó y acarició la barriga abultada—. Con tu hijo.

Garbiñe posó su mano sobre la de sor Misericordia.

—Entonces, saldremos juntas: usted, Soco y yo, con mi hijo.

Sellaron el pacto con un abrazo.

Esa misma tarde, trasladaron a Garbiñe a su cama.

El dormitorio comunitario estaba vacío. Un eco lejano de voces juveniles anunciaba la hora del recreo.

Garbiñe, vestida con el mismo camisón durante todo su encierro, notó un hormigueo subirle por las piernas.

Tenía los pies helados. Se tumbó sobre el colchón de lana y esperó a que el mareo amainara.

Subió la manta roída hasta cubrir su cabeza y se escondió del mundo.

Un clamor proveniente de las escaleras la despertó. In-trigada, apartó las sábanas y se sentó en el borde del lecho. Frente a ella, la visión de la cama solitaria de Soco le encogió el corazón. El griterío redobló. Juntó las cejas y se dirigió hacia la puerta.

Cuando llegó al epicentro del alboroto, un grupo de chicas le impedía averiguar la razón de tantos gritos. Intentaba ojear por encima de las espaldas de sus compañeras sin éxito. Una interna reparó en su presencia y se precipitó hacia ella.

—¡Puri, haz algo! ¡Dile algo! ¡A ti te escuchará!

El corro abrió paso y Garbiñe avanzó entre las dos filas de rostros espantados. Confusa, notó cómo unas manos la em-pujaban con suavidad para acelerar su progreso. Un intenso espasmo agitó su cuerpo. Por fin, volteó la cabeza.

Frente a ella, Soco estaba sentada en equilibrio sobre la barandilla de la escalera. Cabizbaja, observaba el profundo hueco que se abría bajo sus pies. Ignoraba los gemidos de las internas que seguían rogándole que se detuviera. Ausenta, parecía sonreír a la boca oscura que amenazaba con tragarla.

—¡Soco!

Reconoció la voz de su amiga. Lentamente giró la cara hacia Garbiñe. Sonrió.

—No dejes que te quiten a tu bebé.

Su cuerpo osciló y se precipitó al vacío.