No habrá más noche 15
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Anxela se apoyó contra la pared con cuidado de no tocar a la figura encorvada a su lado. Sin mirarla, la interna le preguntó:

—¿Qué quieres?

—Nada. Darte las gracias.

—¿Por qué?

—Por haberme ayudado en el taller de costura.

La Bicho Raro se encogió de hombros. Enmudecieron hasta que sor Paz se acercó e introdujo con discreción un ob-jeto entre las manos de la joven de pelo oscuro. Sonrió a las dos chicas y se alejó a paso lento. Anxela, perpleja, observó la generosa espalda de la monja.

—¿Cómo te llamas?

Anxela se giró hacia su vecina.

—Ángela. ¿Y tú?

—Soledad.

Soledad se deslizó hasta quedar en cuclillas. Anxela la emuló.

—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—Tus amigas ya te lo habrán contado todo sobre mí. No te conviene acercarte demasiado.

—Yo decido lo que me conviene o no.

Soledad escondió una sonrisa detrás de su media melena.

—¿Qué te ha dado la madre?

—Un paquete de chicles. Sabe que me gustan. Y no la llames así.

—¿Perdona?

—Que no la llames madre . La llamamos hermana .

—¿Qué diferencia hay?

—¿No te has fijado en su anillo?

—Sí. Un anillo de plata. ¿Qué pasa con eso?

—Algunas monjas llevan ese mismo anillo. Las otras, lo llevan de oro. Lo hacen para marcar la diferencia entre las monjas que entran con dote de las demás… de las pobres.

Anxela levantó las cejas.

—¿Las Trinitarias se clasifican por ricas y pobres?

—Eso es. Las que entran con dote mandan y se hacen llamar madre . Las pobres son sus esclavas. A ellas, las llaman hermanas .

—No me parece un sistema muy piadoso para ser una orden religiosa.

—¿Es que alguna monja te ha parecido misericordiosa has-ta ahora?

Anxela señaló a lo lejos.

—La hermana Paz lo es.

Soledad asintió con una sonrisa y preguntó:

—¿Por qué estás aquí?

—¡Por bruja!

Anxela agitó los dedos delante de su rostro. Las dos inter-nas rieron.

—Si tú eres una bruja, yo soy el diablo.

Unas palmadas retumbaron en el patio. Soledad se levantó y se alejó sin despedirse. A sus pies, la gallega descubrió el paquete de chicles.

Anxela cayó rendida sobre el colchón. El ambiente durante la cena había sido más tenso de lo habitual: Susana y Sandra la habían observado con gesto de reproche por encima de un potaje en el que flotaban unos pocos garbanzos medio crudos.

Yolanda, ella, se divertía intentando atrapar las legumbres resbaladizas con la punta de su tenedor.

En la oscuridad del dormitorio, con la ayuda de la luz piloto que nunca dejaba de brillar, Anxela intentaba comprobar las heridas en sus manos.

El trabajo durante el oficio, así como en el taller, le había provocado un par de ampollas dolorosas.

Recordó con preocupación las llagas que presentaban todas sus compañeras en dedos, brazos y rodillas.

Un gimoteo la distrajo de su examen. En el fondo de la habitación, una cortina se deslizó con cautela.

Sor Paz salió de su camarilla y avanzó a tientas hasta el origen del llanto.

Anxela escuchó cómo sus palabras calmaban a una interna.

De vuelta a su lecho, la religiosa paró a los pies de su cama.

—Hija, ¿necesitas algo?

—La verdad es que sí, hermana. —Anxela se enderezó y tendió sus manos hacia la monja—. Me han salido ampollas. Se me han reventado.

—Mañana te daré una pomada para calmar el escozor.

—Mejor tráigame toronjil.

—¿Toronjil?

Anxela ladeó la boca.

—Hum… ¿Manzanilla?

—Eso sí, te lo puedo conseguir. Pero ¿para qué la quieres?

—Es un cicatrizante y un antiinflamatorio natural. En com-presa, me aliviará la irritación.

Anxela no podía advertir la expresión sorprendida de la monja.

—Mañana te traeré manzanilla y algún paño que te sirva de compresa. Ahora, ¡a dormir!

—Gracias, hermana.